El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO
El tiempo, ese escultor silencioso que todo lo transforma, pasó sobre la casa de Eber Rivas como un río manso que ensancha sus orillas sin prisa.
Las seis mujeres se mudaron a la mansión una semana después de aquella noche en que compartieron la cama por primera vez. Cada una eligió su habitación —Felicity la más cercana al jardín, porque le gustaba despertarse con el sol; Renata la del ventanal, porque necesitaba luz; Morena la más pequeña y acogedora; Valentina la del fondo, donde podía escuchar música sin molestar; Camila la que tenía un espejo gigante, para practicar sus posturas; Antonella la que daba a la pileta, porque el agua le recordaba a sus ancestros—. Y todas, sin excepción, colgaron su collar de cuero en un lugar visible. El dije con la inscripción "Propiedad de Eber Rivas" brillaba en cada cuello, en cada desayuno compartido, en cada noche de sexo grupal donde los cuerpos se entrelazaban y los gemidos se confundían hasta formar una sola voz.
A los pocos meses, Joaquín y Davinia se casaron. Fue una ceremonia íntima en el jardín de la casa, con la pileta climatizada de fondo y un altar improvisado bajo el tilo. Ella llevaba un vestido blanco, sencillo, que se ceñía a su cuerpo como un guante de seda y dejaba su espalda completamente al descubierto. El cabello rubio con raíces oscuras estaba recogido en un rodete despeinado del que escapaban mechones rebeldes, y sus ojos verdes, esos que nunca mentían, brillaban con una felicidad que no necesitaba palabras. Él, enfundado en un traje azul que le marcaba los hombros —el gimnasio ya no era un hobby, era un estilo de vida—, la miraba como quien mira un milagro. Eber fue el padrino. Y cuando el cura preguntó quién entregaba a esa mujer, él dio un paso al frente, tomó la mano de su hija, y se la entregó a su mejor amigo. Las seis mujeres de Eber, sentadas en primera fila con sus collares brillando al sol, aplaudieron hasta que les dolieron las palmas. Joaquín se mudó a la mansión esa misma noche. Ahora no solo era el mejor amigo de Eber: era su yerno. Y la casa, que antes parecía enorme, empezó a llenarse de vida.
La primera buena noticia llegó una mañana de primavera. Felicity estaba en el baño, desnuda frente al espejo, cuando vio las dos rayitas rosadas en el test de embarazo. Salió corriendo por el pasillo, los pechos enormes rebotando, los rizos rojos al viento, y se tiró sobre Eber que estaba desayunando en la cocina.
— ¡Voy a ser mamá! —gritó, y su voz se escuchó en cada rincón de la mansión.
Eber la abrazó, la levantó en el aire, y la besó como si fuera la primera vez. Las otras cinco mujeres salieron de sus habitaciones, se amontonaron alrededor de Felicity, y entre risas y lágrimas celebraron la noticia. Esa noche, Eber hizo un asado para todos, y el brindis fue con champagne francés. Nueve meses después, nació una nena pelirroja, de ojos verdes y pulmones poderosos, a la que llamaron Aurora. Eber la cargó en brazos, sintió su peso mínimo, su calor, su respiración, y lloró. Lloró como no había llorado cuando su mujer lo abandonó, como no había llorado cuando crió a Davinia solo, como no había llorado nunca. Eran lágrimas de una felicidad tan grande que le desbordaba el pecho.
La segunda en quedar embarazada fue Antonella. Su piel trigueña se volvió más luminosa, sus caderas se ensancharon, sus pechos generosos se hincharon aún más. Cuando el test dio positivo, fue a la habitación de Eber, se arrodilló frente a él —ese gesto que tanto le gustaba a ambos—, y le dijo: "Nunca me abandonaste. Ahora te voy a dar un hijo." Eber la levantó, la besó, y le prometió que jamás la abandonaría. Nueve meses después nació un varón, de piel canela y ojos negros como los de su madre, al que llamaron Ezequiel.
Luego fue el turno de Renata. Después, de Valentina. Más tarde, de Camila. Finalmente, de Morena, que había fortalecido su cuerpo lo suficiente como para llevar un embarazo sano. La mansión se llenó de cunas, de juguetes, de llantos nocturnos, de nanas que recorrían los pasillos. Eber iba de habitación en habitación, atendiendo a cada una de sus mujeres, cargando a cada uno de sus hijos, y se preguntaba cómo había hecho para sobrevivir tantos años sin ese caos hermoso.
Davinia también quedó embarazada. Pero ella, fiel a su naturaleza, nunca dejó de trabajar. Se la veía en la oficina de Palermo con la panza de ocho meses, el teléfono en una mano y la computadora en la otra, cerrando contratos, diseñando campañas, manejando las redes sociales de las mujeres más famosas del país. Actrices de telenovelas, cantantes pop, deportistas olímpicas, modelos internacionales: todas querían ser representadas por Davinia Rivas, la community manager más exitosa y más joven del mercado. Y ella, que nunca se conformaba con lo que tenía, siempre encontraba entre sus clientas alguna belleza nueva para presentarle a su padre.
— Papá, te presento a Micaela. Veintidós años, campeona de natación. Su debilidad es que nunca tuvo una figura paterna. Tratala como a una nena que necesita protección, y es tuya.
— Papá, ella es Lourdes. Veinte años, cantante de rock. Se escapó de una familia violenta. Busca un hombre que la cuide de verdad.
— Papá, esta es Julieta. Diecinueve años, modelo de lencería. Es tímida, no te lo va a decir, pero quiere que la dominen.
Eber escuchaba, asentía, y seguía expandiendo su harén. Porque Davinia creía —y le había enseñado a creer— que un hombre fuerte podía tener todas las mujeres que quisiera. Y él, que ya no era el remisero solitario de cara fea, sino un empresario dueño de una red de remiserías que abarcaba todo el país, un hombre de cuerpo esculpido y miembro legendario, un patriarca con una mansión llena de hijos y mujeres hermosas, estaba a la altura de esa creencia.
Los años pasaron. Las habitaciones de la casa, que al principio parecían demasiadas, se fueron llenando. Las seis mujeres originales seguían ahí, más unidas que nunca, compartiendo la crianza de sus hijos, las tareas de la casa, las noches de placer. Pero también llegaron otras. Micaela, la nadadora, se mudó un verano. Lourdes, la cantante, ocupó la habitación del fondo. Julieta, la modelo tímida, se convirtió en la preferida de las noches de dominación. Y así, una tras otra, las mujeres bellas iban llegando a la mansión de Eber Rivas, atraídas por su fama, por su dinero, por su miembro, pero sobre todo por esa seguridad que emanaba, esa certeza de que él no abandonaba, de que él se quedaba.
Davinia tuvo tres hijos varones. Tres varones fuertes, de ojos verdes como los de ella y mandíbula firme como la de Joaquín. Les pusieron nombres de guerreros: Máximo, León y Dante. Y cada noche, cuando los acostaba y les leía un cuento, Davinia les susurraba al oído un deseo que era también una oración:
— Que sean fuertes como su abuelo. Que nunca abandonen. Que se queden.
Joaquín, mientras tanto, se convirtió en el padre que nunca imaginó ser. Cambiaba pañales, preparaba mamaderas, se despertaba a las tres de la mañana para calmar un llanto. Y cuando Eber le preguntaba, con esa sonrisa torcida, si extrañaba la vida de mujeriego soltero, él respondía sin dudar:
— Ni en pedo. Esto es lo mejor que me pasó.
Eber lo miraba, le palmeaba el hombro —ese gesto que ya era una marca registrada—, y se iba a su habitación, donde sus mujeres lo esperaban. La mansión vibraba con el sonido de los niños jugando en la pileta, con el aroma de los asados del domingo, con las risas de las mujeres que compartían secretos en la cocina. Era una casa viva. Una casa llena. Una casa donde el amor, en sus múltiples formas, había encontrado un hogar.
Y así, entre pañales y contratos, entre noches de sexo y desayunos multitudinarios, entre nuevas mujeres que llegaban y nuevos hijos que nacían, Eber y Davinia construyeron el imperio que siempre habían soñado. Ella, la reina de las redes sociales, la mujer que manejaba los hilos digitales de las famosas, la que nunca dejaba de trabajar ni de presentarle bellezas a su padre. Él, el patriarca, el hombre fuerte que había criado a su hija solo, que había convertido una remisería de barrio en una flota nacional, que había llenado su mansión de mujeres que lo amaban y de hijos que llevaban su apellido.
Los dos, sentados en el quincho una noche de verano, rodeados de toda esa gente que habían reunido, se miraron. Davinia, con sus cuarenta años recién cumplidos que no aparentaba, el cabello rubio con raíces oscuras recogido en un rodete, los ojos verdes brillando a la luz de las estrellas. Eber, con sus sesenta y cinco, el cuerpo todavía fuerte, las canas que empezaban a asomar en sus sienes, la sonrisa de quien ha vivido exactamente como quiso.
— ¿Somos felices, papá? —preguntó ella.
— Somos felices, nena —respondió él.
Y brindaron. Con vino tinto, como en los viejos tiempos. Mientras a su alrededor, la vida seguía su curso: los hijos jugando, las mujeres riendo, la pileta brillando bajo la luna. La casa de Eber Rivas era, por fin, lo que siempre debió ser.
Un hogar.
FIN
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