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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

Kilómetros de Desenfreno - Parte 2

 


El rugido del motor de Horacio se fue apagando en la distancia, absorbido por la noche húmeda y el susurro constante de la lluvia que ahora amainaba. Karol se quedó de pie en el arcén, junto a la rotonda que marcaba la entrada a Carlos Tejedor. Las luces amarillas de los faroles se reflejaban en los charcos, creando un mundo invertido y borroso. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, no por el frío, sino por la brusquedad con la que todo había terminado. Horacio ni siquiera había esperado a que ella se bajara completamente; el portazo y el bocinazo fueron el punto final de un capítulo sórdido y acelerado. Se sintió exactamente como lo que era: un objeto usado y desechable. Un pañuelo de papel manchado que se tira a la basura después de limpiar un derrame. 


Un vacío profundo, más oscuro y frío que cualquier noche de invierno, se abrió en su pecho. No era el dolor agudo de la traición de su madre y Lucas, ese era un fuego que la consumía por dentro. Este era lo contrario: la ausencia total de todo. No tenía lágrimas, no tenía rabia, solo un enorme, resonante vacío. Miró a su alrededor. La rotonda, las luces de las primeras casas, la silueta de un galpón contra el cielo. Estaba en un lugar que no conocía, sin un peso en el bolsillo, con la ropa empapada y pegada al cuerpo, y con el recuerdo físico de Horacio, un escozor y un dolor sordo entre sus piernas, como un sello de su nueva realidad. "No vuelvo. Allá se pudran los dos. Prefiero morirme acá antes que volver a esa casa". 


Comenzó a caminar, sus tacones haciendo un sonido cloqueante y solitario en el asfalto mojado. No tenía destino. Su mente, anestesiada por el shock y el agotamiento, era una pizarra en blanco. Solo ponía un pie delante del otro, alejándose de la rotonda, adentrándose en lo que parecía ser la periferia de la ciudad. Las casas eran bajas, con pequeños jardines, algunas con luz en las ventanas, otras sumidas en la oscuridad. Cada una representaba una vida normal, una rutina que a ella se le había escapado de las manos para siempre. 


Fue entonces cuando las luces de un auto se reflejaron en la mojada calle detrás de ella. El vehículo redujo la velocidad y se detuvo a unos metros. Por un instante, un absurdo destello de esperanza cruzó por su mente. "¿Horacio? ¿Se arrepintió?". Pero al darse vuelta, vio que era un auto diferente, más viejo, un sedán de color claro, desconocido. La ventanilla del conductor se bajó y tras el volante había un hombre de edad avanzada, quizás alrededor de los sesenta años. Tenía el cabello canoso y ralo, una cara surcada de arrugas y unos ojos pequeños y astutos que la recorrían de arriba abajo con una calma perturbadora. 


—Nena, ¿cuánto cobrás? —preguntó, sin preámbulos, con una voz ronca por el tabaco y los años. 


Karol parpadeó, confundida. Las palabras no encajaron de inmediato en su cabeza, todavía nublada por el caos. —¿Disculpe? 


—El servicio —insistió el hombre, haciendo un gesto vago con la mano—. ¿Cuánto cobrás por el servicio? 


Ella entonces lo entendió. La sangre le subió a las mejillas, una mezcla de vergüenza y de ira. —No… no soy una prostituta —logró decir, con una voz que intentó ser firme pero que le salió temblorosa. 


El hombre, que se llamaba Rubén, no se inmutó. No pareció ofenderse ni enojarse. Su expresión permaneció impasible, como si estuviera discutiendo el precio de la verdura en la feria. 


—Lo que pasa —explicó, con una paciencia casi paternal— es que, por esta zona, a esta hora, y con esa pinta… —su mirada bajó otra vez, escrutando sus tacones, sus piernas desnudas bajo el short corto, la remera blanca aún transparente en algunas partes—, suelen caminar las chicas de la profesión más antigua del mundo. Pero si no lo sos, ¿qué haces acá, sola y con esta pinta? 


Karol se miró a sí misma, siguiendo su mirada. Y por primera vez, lo vio. No se veía a la chica de buena familia, a la novia del chico lindo. Se vio a través de sus ojos: una muchacha joven, semidesnuda y empapada, caminando sola de noche por un lugar desolado. Era la imagen misma de la vulnerabilidad, una presa fácil. La ira se disipó, reemplazada por una lúcida y aterradora comprensión. Este hombre, Rubén, no era un monstruo como Horacio; era algo quizás más peligroso: un oportunista frío y calculador. 


Intentó no sonar desafiante. —Por… vueltas de la vida —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—, terminé en esta ciudad. Solo con lo puesto. Literalmente. 


Rubén asintió lentamente, como si esa explicación fuera la más lógica del mundo. Sus ojos, esos ojos viejos y cansados que habían visto de todo, se clavaron en los suyos, en ese verde intenso que aún brillaba con un destello de fiereza a pesar de todo. 


—Mira —dijo, alargando las palabras—. Yo te podría dar un techo. Unos días, hasta que te repongas y veas qué hacés. Tengo una casita no muy lejos de acá. 


Karol lo observó. No le gustaba. Sentía un cosquilleo de alarma en la nuca. Pero las opciones eran claras: pasar la noche a la intemperie, con frío y riesgo mayor, o aceptar la oferta de este extraño. Su cuerpo, dolorido y exhausto, tomó la decisión por ella. La promesa de un techo, de un baño caliente, era un imán demasiado poderoso. 


—Está bien —aceptó, con un hilo de voz—. Le agradezco. 


Se subió al auto. El interior olía a naftalina y a un viejo perfume barato. Rubén arrancó y condujo en silencio. No intentó conversar. Durante el trayecto, que se le hizo eterno, Karol solo atinó a mirar por la ventana las calles oscuras de Tejedor. Pasaron por el centro, con sus negocios cerrados con rejas, y luego se adentraron en un barrio de casas más bajas y dispersas. Finalmente, tras unos treinta minutos de manejo, torcieron por un camino de tierra y se detuvieron frente a una casa pequeña, pero bien cuidada, con un pequeño jardín adelante y una luz encendida en la puerta. 


—Acá es —anunció Rubén, apagando el motor. 


La casa por dentro era austera, pero limpia. Muebles de madera oscura, un sillón desgastado, cortinas de tela floreada. No había fotos de familia, ni ningún adorno personal que delatara una vida compartida. 


—El baño está al fondo —dijo él, señalando un pasillo—. Andá, dale, dale un baño caliente que te va a hacer bien. Yo te preparo algo de comer. 


Karol, por primera vez en horas, sintió un atisbo de gratitud. "Tal vez me equivoqué. Tal vez es solo un viejo solitario y amable. Un buen hombre". La ingenuidad, aunque magullada, no había muerto del todo. Le sonrió débilmente y se dirigió al baño. 


Una vez dentro, cerró la puerta con pestillo y por fin se despojó de la ropa húmeda y sucia. La dejó caer al suelo en un montón empapado. Frente al espejo empañado, contempló su cuerpo desnudo. No era el cuerpo de una niña, pero tampoco el de una mujer completamente formada. Era una amalgama fascinante de juventud y promesa. Sus hombros eran delgados, los huesos de las clavículas marcaban una elegante línea bajo la piel pálida. Sus senos, sin embargo, eran más grandes que el promedio para su contextura esbelta, redondos y firmes, con pezones pequeños y rosados que se endurecían con el frío del cuarto de baño. Su cintura se estrechaba antes de curvarse en unas caderas suaves. Y sus piernas, largas y esbeltas, estaban perfectamente tonificadas, no por el gimnasio, sino por las caminatas interminables por su pueblo y ahora, por el vagar forzado de esta noche. Era el cuerpo que había querido ofrecer a Lucas en un acto de amor, y que había sido tomado por Horacio en un acto de puro instinto. Ahora estaba allí, vulnerable y hermoso, bajo la luz fría del baño. 


Abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre su piel, cerrando los ojos. El vapor comenzó a llenar el pequeño recinto, envolviéndola en una nube cálida y reconfortante que le hacía olvidar, por unos minutos, la pesadilla de las últimas horas. Se enjabonó, lavándose no solo la suciedad de la ruta, sino la sensación de las manos de Horacio, el olor a tabaco de su auto. Se aclaró el cabello oscuro, dejando que el agua corriera por su espalda. 


Fue entonces, con el sonido del agua tapando cualquier otro ruido, cuando la puerta del baño se abrió con suavidad. Karol se quedó paralizada detrás de la cortina de plástico opaca, el jabón resbalándole entre los senos. No gritó. Contuvo la respiración, esperando lo peor, imaginando que Rubén correría la cortina para reclamar su pago por la hospitalidad. 


Pero no lo hizo. Escuchó pasos, el crujido del plástico de su ropa al ser recogida del suelo. Luego, la puerta se volvió a cerrar. Un suspiro de alivio, mezclado con confusión, le escapó de los labios. "¿Qué hizo? ¿Solo entró a recoger la ropa para lavarla? ¿Es un caballero?". La gratitud volvió a florecer, ingenua y débil. 


Lo que Karol no podía ver era la escena en la cocina. Rubén, con una calma metódica, no se dirigió a la lavadora. En su lugar, abrió la tapa de una vieja estufa a kerosene que tenía en un rincón. Con un gesto decisivo, arrojó todo el montón de ropa empapada en su interior: el short de mezclilla claro, la remera blanca, la ropa interior. Las llamas lamieron la tela húmeda con avidez, chisporroteando, consumiendo la última conexión material de Karol con su vida anterior. El olor a algodón y mezclilla quemada llenó la cocina. 


Rubén observó las llamas con una sonrisa sutil y satisfecha en sus labios delgados. Su plan no era violento, no era impulsivo. Era frío y premeditado. Sin su ropa, sin siquiera una tanga, esa jovencita dependía absolutamente de él para todo. Necesitaría que le diera algo para ponerse, que la alimentara, que la albergara. Sabía, con la sabiduría cínica de sus sesenta años, que no podría retenerla para siempre. Una chica como esa llamaría la atención tarde o temprano. Pero el tiempo que estuviera con él, un día, dos, una semana, sería suyo por completo. La disfrutaría a su modo, lento y posesivo, como un coleccionista que por fin tiene en sus manos una pieza rara y codiciada. Y todo había empezado con un simple acto de "caridad" y un fuego purificador que, en realidad, era la cadena más efectiva que podía haber forjado. Karol, bajo el agua caliente y creyendo haber encontrado un refugio, era ahora más prisionera que nunca. 


La toalla áspera recorría su piel, absorbiendo las últimas gotas de la ducha que habían lavado, al menos superficialmente, las huellas de Horacio y del camino. Karol se sentía extrañamente limpia por fuera, pero por dentro el caos seguía bullendo. Una pregunta insistente martillaba su mente mientras se secaba los mechones oscuros de su cabello: "¿Y ahora qué? ¿Quiere que salga desnuda del baño? ¿Es eso parte del trato?". La vulnerabilidad de su situación se le aparecía en toda su crudeza. Estaba encerrada en el baño de un desconocido, sin una sola prenda que ponerse, completamente a su merced. 


Sus dudas, sin embargo, fueron abruptamente despejadas. La puerta del baño se abrió de par en par sin previo aviso, sin un golpe siquiera. Karol lanzó un grito ahogado y se cubrió instintivamente con la toalla, cruzando los brazos sobre sus pechos y llevando una mano al pubis, como si esas frágiles barreras de algodón pudieran protegerla. Su corazón se aceleró, preparándose para lo peor. 


Pero Rubén ni siquiera la miró. Sus ojos, esos ojos viejos y calculadores, no se posaron en su cuerpo desnudo y vaporoso. Se limitó a colgar una prenda en el gancho de la puerta y a hablar con una voz plana, carente de cualquier emoción que no fuera la práctica. 


—Te dejé una camisa —dijo—. Tu ropa la quemé en la estufa. Estaba hecha un asco, llena de barro y no sé qué más. Era imposible limpiarla. 


La declaración fue tan seca, tan brutalmente lógica, que a Karol le costó procesarla. No fue un gesto de dominación sexual, sino de control absoluto. Al quemar su ropa, no solo la despojaba de sus últimas posesiones, sino que cortaba todo vínculo tangible con su identidad anterior. La Karol de la remera blanca y el short de mezclilla ya no existía. Había sido reducida a cenizas en una estufa a kerosene. 


Antes de que pudiera articular una palabra de protesta o de incredulidad, Rubén se dio media vuelta y salió, cerrando la puerta detrás de él con el mismo sigilo con que había entrado. Karol se quedó temblando, no tanto por el frío, sino por la fría eficacia del acto. Se vistió con la camisa a cuadros, larga y holgada, que olía a naftalina y a hombre viejo. Al abrocharse el último botón, se miró en el espejo aún empañado. La imagen que devolvía era profundamente vulnerable. La camisa, de una tela áspera, le llegaba justo por debajo de las nalgas, dejando sus largas piernas completamente al descubierto. Cada movimiento, por pequeño que fuera, era un recordatorio de su desnudez subyacente, de su total dependencia. Se sentía expuesta, como un animalito asustado al que habían despellejado. 


La cena transcurrió con una normalidad que resultaba casi surrealista. Rubén había preparado un guiso caliente, simple pero reconfortante. Comieron en silencio la mayor parte del tiempo, solo interrumpido por algún comentario trivial de él sobre el tiempo o la ciudad. Karol, aún aturdida, respondía con monosílabos. Observaba sus manos nudosas, las venas marcadas en el dorso, y trataba de reconciliar la imagen de este hombre que le ofrecía comida caliente con el mismo que había quemado su ropa sin pestañear. "Tal vez… tal vez solo es raro. Solitario. Y no supo cómo decírmelo de otra manera". La necesidad de creer en un refugio, por precario que fuera, era más fuerte que su instinto de supervivencia, que le gritaba que huyera. 


Pero la verdadera prueba llegó a la hora de acostarse. Rubén la guio a la única habitación de la casa. Y allí, bajo la luz tenue de una lámpara de mesa, estaba la evidencia irrefutable de sus intenciones: una sola cama de dos plazas. El corazón de Karol comenzó a latir con una fuerza descomunal, un tambor de guerra que resonaba en sus oídos. Se quedó paralizada en el umbral, mirando ese mueble que parecía tan inocente y que era, en realidad, la ratificación de su trampa. 


—Anda, acóstate —dijo Rubén con una voz que pretendía ser paternal—. Tenés cara de cansada, nena. Debes estar hecha polvo. 


Ella no se movió. Sus pies parecían clavados en el suelo. Rubén, sin esperar una respuesta, comenzó a desvestirse con una naturalidad pasmosa. Se quitó la camisa, revelando un torso flaco y arrugado, la piel surcada por los años y el trabajo, salpicada de manchas y de un vello blanco y ralo. Luego se bajó el pantalón, quedando en bóxer, unas prendas interiores gastadas y holgadas que no lograban ocultar del todo la flacidez de su cuerpo envejecido. Karol desvió la mirada, sintiendo un nudo de repulsión y de miedo en la garganta. 


—Vamos, no tengas miedo —insistió él, metiéndose bajo las sábanas. 


Karol, con la sensación de estar caminando hacia su propio cadalso, se acercó a la cama y se deslizó bajo las cobijas por el otro lado. Se acostó de lado, de espaldas a él, rígida como un palo, sin sacarse la camisa. Era su única armadura. Si se la quitaba, quedaría completamente desnuda ante él, y eso era una línea cuya psique, ya tan dañada, no estaba dispuesta a cruzar. 


La habitación quedó sumida en la oscuridad, solo rota por los tenues haces de luz de luna que se filtraban por la ventana. El silencio era pesado, cargado de una tensión eléctrica. Karol podía sentir el calor del cuerpo de Rubén a solo centímetros de ella, podía oler su olor a jabón común y a edad. Intentó controlar su respiración, fingir que dormía, pero cada fibra de su ser estaba en alerta máxima. 


—¿Podés dormir? —preguntó la voz de Rubén, suave, en la oscuridad. 


Karol, tomada por sorpresa, respondió con la verdad, su voz un susurro quebrado. —No. Tuve… un día muy difícil. 


—Sí, me lo imagino —dijo él, y antes de que ella pudiera reaccionar, un brazo se posó sobre su cintura, tirando de ella hacia atrás, hacia su cuerpo. 


Karol se puso tensa como un resorte. —¡No! Por favor, déjeme… déjeme dormir —suplicó, pero su cuerpo, extrañamente, no se resistió. Era una sumisión nacida del agotamiento extremo, de la confusión y de esa extraña parálisis que produce el miedo mezclado con una perversa curiosidad. 


—Shhh, tranquila, nena —murmuró Rubén, su boca cerca de su oído, su aliento caliente en su nuca—. No te voy a hacer nada. Déjame a mí. Yo conozco la forma perfecta para que te duermas. Una vieja técnica. Te va a relajar toda. 


—Quédese quieto, por favor —volvió a suplicar ella, pero su voz carecía de fuerza, era la queja débil de alguien que ya ha sido vencido. 


—Confía en mí —insistió él, con esa voz calmada, casi hipnótica, que hablaba de una experiencia de vida que ella no podía ni imaginar—. A las mujeres… las tensiones se les acumulan acá abajo. En ese lugarcito escondido. Si lo sabré yo. Una vez que se libera, el sueño llega solo, pesado y reparador. Es lo mejor para vos. Para que descanses de verdad. 


Mientras hablaba, su mano, que reposaba en su cintura, comenzó a bajar con una lentitud exasperante. Karol contuvo la respiración. Sus dedos, ásperos y nudosos, encontraron el borde inferior de la camisa y se deslizaron por debajo. Recorrieron la piel suave de su vientre, y luego, sin prisa, pero sin pausa, bajaron más, hasta encontrarse con el suave vello de su pubis. 


Karol emitió un jadeo. —Por favor… no… 


—Shhh, solo relájate —susurró él, y al mismo tiempo, comenzó a depositar pequeños besos secos y húmedos en la nuca y los hombros de Karol—. Dejá que tu cuerpo sienta. Es natural. 


Sus dedos exploraron con una precisión aterradora, encontrando el pequeño botón de nervios sensibles que era su clítoris. —Ah, acá está —murmuró, como si hablara para sí mismo—. Este botoncito es el que te tiene tan tensa. Él te va a ayudar a dormir. 


Al primer contacto directo, Karol se estremeció violentamente. Era el segundo hombre que la tocaba allí en pocas horas. Pero la mano de Rubén no era la de Horacio. No era brusca, ni posesiva en el mismo sentido animal. Era metódica, experta, como si estuviera manipulando un mecanismo delicado que conocía al dedillo. La repulsión inicial comenzó a mezclarse con una sensación traicionera. El agotamiento, la confusión emocional, la extraña seguridad de estar en una cama tibia después de tanto caos… todo se conjuró en su contra. 


—No… debería… —logró decir entre jadeos entrecortados, pero su cuerpo comenzaba a traicionarla. Una calidez, familiar y al mismo tiempo nueva, empezó a extenderse desde su centro. 


—Calladita —dijo Rubén, su voz un rumor en su oído—. Solo sentí. Deja que pase. Es por tu bien. 


Su mano no se detenía. Masajeaba, acariciaba, presionaba con una ritmo constante y sabio. Karol sintió cómo sus caderas comenzaban a moverse por voluntad propia, buscando inconscientemente esa fricción, esa promesa de liberación. Y entonces, lo notó. Presionando contra sus nalgas, a través de la tela del bóxer de Rubén, sentía la firme y dura erección del hombre viejo. Era repulsivo y, de un modo que no lograba entender, excitante. Era la prueba física de su poder sobre él, incluso en su estado decrépito. Era una posesión diferente, más sutil pero no menos absoluta. 


El placer fue creciendo, una marea que anegaba todos sus sentidos, ahogando los últimos vestigios de resistencia. Sus gemidos ya no podía contenerlos. Se llevó su propia mano a la boca, mordiéndose el puño para ahogar los sonidos que querían escapar. Rubén no decía nada ahora, solo respiraba pesadamente contra su cuello, su mano trabajando con una eficiencia implacable. 


—¡Voy a…! —gritó sofocada contra su propia piel, y el orgasmo la alcanzó con una fuerza inesperada, un espasmo potente y catártico que le arqueó la espalda y le nubló la vista. Su cuerpo se convulsionó, agarrado del brazo de Rubén como si se estuviera ahogando. 


Cuando los últimos ecos del placer se apagaron, quedó tendida, jadeante, consumida por una oleada de agotamiento absoluto. Rubén retiró su mano lentamente, con un gesto de tarea cumplida. 


—Ahora —dijo, limpiándose los dedos húmedos en la camisa que ella llevaba puesta, un acto de posesión final y soez—, ahora vas a dormir bien. 


Y entonces se dio la vuelta, dándole la espalda, como si nada hubiera pasado. 


Karol se quedó inmóvil, mirando su espalda huesuda a través de la penumbra. Su mente era un torbellino de confusión. El placer había sido real, intenso, innegable. Pero había llegado de la mano de la manipulación, de la violación de su voluntad, de los dedos de un hombre que podría ser su abuelo. "¿Por qué? ¿Por qué mi cuerpo responde así? ¿Qué me está pasando?". No había respuestas, solo el vacío que dejaba la fatiga extrema y el colapso emocional. Sus párpados, pesados como plomo, comenzaron a cerrarse. La confusión y el agotamiento fueron más fuertes que el horror. Y así, con el olor a Rubén en la camisa que llevaba puesta y el recuerdo de su tacto aun vibrando en su piel, Karol Smith, la joven que había empezado el día decidiendo perder su virginidad con su novio, se durmió, habiéndola perdido en la ruta y habiendo encontrado un placer perverso en la cama de un anciano extraño, sin saber qué nuevo abismo le esperaría al despertar.

 


Continuara... 

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