Ir al contenido principal

Destacados

El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

Kilómetros de Desenfreno - Parte 3

 


El sueño de Karol fue profundo y sin sueños, un pozo negro de agotamiento físico y mental del que emergió lentamente, como ascendiendo desde las profundidades de un océano tranquilo. Los primeros rayos del sol de la mañana se filtraban por la ventana, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Se estiró entre las sábanas, y la primera sensación que la invadió fue una extraña y perturbadora calma. Su cuerpo, que la noche anterior había sido un campo de batalla de tensiones y dolores, ahora se sentía relajado, casi pesado, como si alguien hubiera desatornillado cada uno de sus músculos. No había rastro inmediato del horror o la confusión; solo una placidez adormecida que le nublaba el juicio. "Dormí... dormí bien". Era un pensamiento simple, casi infantil, que flotaba sobre la compleja y sórdida realidad de cómo había conseguido ese descanso. 


Se incorporó en la cama. El espacio a su lado estaba vacío, las sábanas frías donde había estado el cuerpo de Rubén. Una parte de ella, la que aún se aferraba a la normalidad, sintió alivio. La otra, una parte más nueva y oscura que comenzaba a despertar sintió una punzada de... ¿curiosidad? Se levantó y se dirigió al baño, sus pies descalzos sobre el piso frío de cerámica. Al lavarse la cara con agua fría, el reflejo en el espejo le devolvió la imagen de la joven de ojos verdes, pero había algo diferente. Una sombra en la profundidad de su mirada, un conocimiento que no estaba allí antes. Luego, miró hacia abajo, hacia la larga camisa a cuadros que seguía siendo su única prenda. La tela áspera le rozaba los muslos, un recordatorio constante de su dependencia. 


Al salir del baño, se encaminó hacia el comedor. Rubén estaba allí, de espaldas a ella, preparando algo en la pequeña cocina. Al escuchar sus pasos, se dio vuelta. Su rostro, surcado de arrugas, esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos de obsidiana. 


—Buen día, chiquita —dijo, y antes de que Karol pudiera reaccionar, se acercó y le plantó un beso seco en la mejilla. 


Ella se quedó rígida por un instante. El beso en la mejilla, un saludo común, casi obligatorio en la cultura argentina, se sintió como una marca de propiedad en su piel. Pero ¿qué podía hacer? Negarse habría sido extraño, habría delatado la tensión subyacente. Así que forzó una pequeña sonrisa. 


—Buen día —murmuró, desviando la mirada. 


—¿Viste? —comentó Rubén, volviendo a la cocina para servir el café—. Te dije que dormirías bien. Una noche de sueño reparador cambia todo. Y más después de un buen... relax. 


Karol sintió un calor subirle por el cuello. Él no lo decía con soberbia, sino con la satisfacción tranquila de un técnico que ha solucionado un problema. Hablaban de lo ocurrido como si hubiera sido una terapia, no una violación calculada. Se sentó a la mesa, sintiendo la silla fría a través de la delgada tela de la camisa. 


—Sí —admitió, jugueteando con una cuchara—. Dormí profundamente. 


—Bien —asintió él, sirviéndole leche caliente en un tazón—. Porque hoy tenés cosas que hacer. A la tarde va a venir una amiga, vende ropa. Te va a traer algunas cosas. 


La noticia le produjo a Karol un alivio genuino. La perspectiva de tener algo propio que ponerse, de dejar atrás la camisa que olía a él, era como un faro de esperanza. —¡Gracias! —exclamó, y esta vez su sonrisa fue un poco más real. 


—De nada, nena. Después del desayuno, si querés y podés, me harías un favor. Podrías limpiar un poco el dormitorio, ¿viste? Arreglar la cama, pasar un trapo. A mi vieja espalda ya no le gustan esas tareas. 


—Sí, claro —aceptó Karol de inmediato. Era una forma de pagar su estadía, de sentirse menos una carga, de reconstruir un poco su dignidad a través del trabajo doméstico. "Es lo mínimo que puedo hacer", pensó. 


Terminaron el desayuno en un silencio relativamente cómodo. Luego, Karol se dirigió de nuevo a la habitación. La luz del día la hacía ver diferente. Menos siniestra, más mundana. Se acercó a la cama y comenzó a tenderla, estirando la sábana inferior con cuidado. Al agacharse para acomodar una esquina, la camisa se le subió, exponiendo por completo la curva pálida y firme de sus nalgas al aire fresco de la mañana. Y fue en ese momento, con su cuerpo en esa posición vulnerable, cuando el recuerdo le golpeó con una intensidad sorprendentemente vívida. 


No fue el recuerdo del miedo, ni de la repulsión. Fue el recuerdo físico, sensorial, del placer. La mano de Rubén, sus dedos expertos, la oleada catártica que la había barrido y la había llevado a ese sueño profundo. Un calor que no era de vergüenza, sino de excitación reprimida, le recorrió el vientre. "¿Por qué lo recuerdo así?", se preguntó, confundida. Su cuerpo, traicionero, parecía haber archivado la experiencia no como una agresión, sino como un episodio de intenso placer. Algo dentro de ella, algo que empezaba a despertar y que no entendía, lo evocaba con una curiosidad malsana. 


La mañana transcurrió con normalidad. Almorzaron, y Karol se puso a lavar los platos en la cocina, sintiendo una falsa sensación de rutina. El sonido del agua corriendo le impedía oír cualquier otro ruido, por lo que no se percató del golpe suave en la puerta principal, ni de los murmullos que siguieron. Solo cuando la puerta se cerró de nuevo y Rubén gritó desde el living, se sobresaltó. 


—¡Chiquita! ¡Ya llegó tu ropa! ¡Vení a probártela! 


La emoción fue instantánea. Dejó el plato que estaba enjuagando y salió de la cocina, casi corriendo, con una sonrisa amplia en el rostro. ¡Por fin! Dejaría la camisa, tendría algo suyo, algo que la hiciera sentir de nuevo una persona. Sobre la mesa del comedor había dos cajas grandes de cartón, sin marca alguna. 


—Bueno, andando —dijo Rubén, que estaba de pie, con las manos en los bolsillos—. Probártela, vamos a ver qué tal te queda. 


Karol, inocente, con la mente puesta en los jeans y las remeras que imaginaba dentro de las cajas, agarró la más grande y se giró para llevársela al dormitorio y cambiarse en privado. 


—Eh, eh, no, chiquita —la detuvo la voz de Rubén, firme y con un deje de diversión—. Acá mismo. Quiero ver cómo te queda. 


Karol se detuvo en seco, la caja pesando de pronto como una losa en sus brazos. Lo miró. Él se había sentado en una de las sillas de la cocina, reclinándose hacia atrás, con una expresión de expectación tranquila en su rostro. No era la mirada de un benefactor, sino la de un espectador que ha pagado por su entrada. Y en ese instante, la ingenuidad de Karol se hizo añicos. Comprendió, con una claridad brutal, que la ropa no era un regalo. Era un pago. O peor, un accesorio para un juego del que ella era la pieza central. 


Se quedó quieta, paralizada, la caja aún en sus manos. La batalla interna fue breve. Por un lado, el orgullo, el instinto de decirle que se fuera al diablo. Por el otro, la cruda realidad: no tenía nada. Ni ropa, ni dinero, ni un lugar adónde ir. Y, alimentando esa rendición, estaba esa nueva y oscura chispa que había despertado en ella, la misma que había disfrutado del placer en medio de la violación de su voluntad. Le gustaba sentirse deseada, incluso por este hombre viejo y repulsivo. Era un poder retorcido, el único que parecía tener. 


Con un movimiento deliberadamente lento, colocó la caja de vuelta sobre la mesa. Sus ojos verdes, ahora cargados de una determinación resignada y un atisbo de provocación, se clavaron en los de Rubén. Sus dedos, que temblaban levemente, se elevaron hacia el primer botón de la camisa. 


—Como quieras —dijo, su voz un susurro ronco. 


Comenzó a desabrochar los botones, uno por uno. No con la torpeza de la vergüenza, sino con una lentitud calculada, erótica. Cada botón que cedía revelaba un centímetro más de su piel: la suave hendidura entre sus clavículas, la curva superior de sus senos, la piel pálida y lisa de su estómago. La camisa, al final, se abrió como un telón y ella la dejó resbalar de sus hombros para caer al suelo, formando un montón a cuadros a sus pies. Quedó completamente desnuda bajo la luz del día, su cuerpo joven y esbelto expuesto ante la mirada hambrienta del hombre. 


Rubén la recorrió de arriba a abajo, sus ojos parecían querer memorizar cada centímetro. Un gruñido de aprobación salió de su garganta. 


—Buenísimo —murmuró—. Ahora, regálame una vueltita. Quiero ver el paquete completo. 


Karol, sintiendo una extraña calma mezclada con una excitación creciente, obedeció. Giró sobre sus talones con una sensualidad que ni ella misma sabía que poseía, moviendo las caderas con languidez, permitiéndole admirar la curva de su espalda, la redondez de sus nalgas, la larga línea de sus piernas. Sabía que su poder en ese momento residía en ese cuerpo, en la lujuria que podía despertar. 


Cuando completó el giro y volvió a enfrentarlo, vio que Rubén ya se había desabrochado el pantalón. Su miembro, erecto y de un color oscuro, contrastaba brutalmente con la piel pálida y arrugada de su vientre. Era la realidad física de su deseo, cruda y sin adornos. 


—Vení —ordenó, su voz más áspera ahora—. Vení y chúpame la verga. 


Karol se paralizó por un instante, el mandato era tan directo, tan soez, que atravesó toda su preparación mental. Pero esa parte nueva de ella, la que anhelaba la validación en el deseo que provocaba, tomó el control. Caminó hacia él, sus pasos silenciosos sobre el piso. Se arrodilló entre sus piernas, sintiendo el áspero tejido de su pantalón contra sus rodillas desnudas. El miembro de Rubén estaba a centímetros de su rostro. Olía a jabón y a piel vieja. 


Con una timidez que era mitad real y mitad actuación, pasó la punta de su lengua por la punta del glande. Era salado, una textura extraña y fascinante. Luego, alzó la mirada y lo encaró, sus ojos verdes serios y directos. 


—Nunca he mamado una verga —declaró, con una franqueza que sorprendió incluso a ella misma. 


Rubén no se rio. No se burló. Su expresión se suavizó en una máscara de paternalismo perverso. —Tranquila, chiquita —dijo, acariciándole el cabello con una mano que pretendía ser calmante—. Yo te guío. Vos déjate llevar. Es como chupar un caramelo, pero con más ganas. 


Y Karol, arrodillada en el suelo de la cocina, con el sabor de un hombre viejo en su boca y la confusión reinando en su mente, abrió los labios y se inclinó hacia adelante, dispuesta a aprender la lección que este nuevo y cruel mundo le estaba enseñando. El camino de desenfreno y autodestrucción había comenzado oficialmente, y ella, por primera vez, estaba tomando un control activo en su propio hundimiento. 


La orden de Rubén resonó en el silencio cargado de la habitación, una directiva cruda que cortaba cualquier posible retirada. Pero para Karol, arrodillada en el frío piso de la cocina, ya no había lugar para la retirada. Había cruzado un umbral, no solo físico, sino psicológico. El miedo y la repulsión se habían transformado en una curiosidad oscura y vibrante, en una necesidad desesperada de aprobación y de sentir que, incluso en esta situación de total sumisión, ella tenía algún tipo de poder: el poder de provocar, de excitar, de ser deseada hasta el punto de la animalidad. 


—Abrí bien la boca, nena —instruyó Rubén, su voz un rumor grave y paternal que contrastaba grotescamente con la obscenidad del acto—. No te ahogues. Respira por la nariz. La lengua, novela alrededor de la cabeza, ahí es donde más me gusta. 


Karol, con los ojos fijos en los de él, obedeció. Sus labios, suaves y jóvenes, se cerraron alrededor del glande. El sabor era salado, terroso, un sabor a hombre maduro que le llenó las papilas. Era extraño, pero no desagradable. Siguió sus instrucciones al pie de la letra, moviendo la lengua en círculos, sintiendo la textura de la piel bajo su punta. 


—Eso, así —gruñó él, con una mano en su nuca, no presionando, sino guiando—. Ahora bajá un poco más. Despacito. Relaja la garganta. 


Ella lo intentó. La sensación de tener aquel miembro penetrando su boca, rozando el paladar blando, le provocó un reflejo nauseoso que contuvo con un esfuerzo. Sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias, pero no de tristeza. Eran lágrimas de esfuerzo físico, de entrega. Y, para su propia sorpresa, de placer. Había una extraña satisfacción en hacerlo bien, en escuchar los jadeos roncos de Rubén, en sentir cómo su cuerpo respondía a sus movimientos. Disfrutaba de estar de rodillas, en una posición de total subyugación, sintiendo que con su boca podía dominar al hombre que supuestamente la dominaba a ella. 


—Más —jadeó Rubén, sus dedos enredándose con más fuerza en su cabello oscuro—. Trágatela toda. Hasta donde puedas. 


Karol, impulsada por un nuevo ardor, se inclinó más hacia adelante, tomando más longitud dentro de su boca, hasta que la punta rozó la entrada de su garganta. Contuvo la respiración, mirándolo a los ojos, desafiante a través de las lágrimas. Lo hacía una y otra vez, estableciendo un ritmo que era a la vez sumiso y dominante. Era su primera vez, pero su cuerpo parecía recordar un instinto ancestral. 


Después de unos minutos de este ritual, Rubén, con un movimiento brusco que no era violento, pero sí cargado de urgencia, la agarró del pelo y tiró de ella hacia atrás, separándola de su miembro con un sonido húmedo. 


—Bastante bien —resolló, con una sonrisa torcida de aprobación—. Bastante bien para ser tu primera vez, chiquita. Tenes boca de putita nata. Pero ahora —continuó, su mirada bajando hacia su entrepierna— quiero probar eso otro. Ese lugarcito que tenés ahí, que por lo mojado que está, me está pidiendo a gritos que le haga un lugar. 


Antes de que Karol pudiera reaccionar, con una fuerza sorprendente para su edad, la volteó. Sus manos empujaron sus hombros hacia abajo, colocándola en cuatro patas sobre el duro piso de la cocina. La posición era aún más vulnerable, más primitiva. Su espalda arqueada, sus nalgas levantadas, todo su ser expuesto y ofrecido. Rubén se arrodilló detrás de ella. Karol sintió el roce de su miembro, duro y caliente, deslizándose por la humedad que ya empapaba sus labios internos y sus muslos. El contacto le arrancó un gemido. 


—Sí —susurró ella, su voz entrecortada, sorprendida por su propia franqueza—. La quiero adentro. 


Esa fue la invitación que Rubén estaba esperando. No perdió más tiempo en preliminares. Con un empuje firme y decidido, la penetró por completo. Karol gritó, pero no fue un grito de dolor. La segunda vez era diferente. El cuerpo de Horacio había sido una invasión brusca y dolorosa. El de Rubén, aunque el acto en sí fuera igual de posesivo, encontraba un camino allanado por la excitación y por una lubricación natural que brotaba de lo más profundo de su ser. Era una sensación de plenitud, de ser ocupada, de ser usada para el propósito para el que estaba siendo moldeada. 


Rubén no fue gentil. La sacó casi por completo para volver a clavársela con fuerza, estableciendo un ritmo brutal y monótono que resonaba en el pequeño espacio de la cocina. Los golpes de sus caderas contra sus nalgas eran un tamborileo sordo y húmedo. 


—¡Así! —rugía él, sus manos agarrando sus caderas con fuerza, marcándole la piel con sus dedos—. ¡Mira ese cuerpito de diosa que tenés, temblando para un viejo como yo! ¡Esta conchita perfecta era para esto, nena, para que un hombre te la llene bien! 


Karol, lejos de ofenderse, se alimentaba de sus palabras vulgares. Cada insulto, cada comentario soez, era un ladrillo más en la demolición de su antigua identidad y la construcción de esta nueva. —¡Sí! —gritaba ella, su voz ahogada por los embates—. ¡Es tuya! ¡Úsala! ¡Me encanta cómo me hablas! 


La escena era de una brutalidad y una belleza perversas. Vistos desde fuera, habría sido un cuadro chocante: un hombre de sesenta años, su cuerpo flaco y arrugado brillando con un sudor anciano, su espalda encorvada por el esfuerzo; y debajo de él, una joven de dieciocho años, su piel de porcelana, sus curvas firmes y esculpidas por la juventud, su rostro contraído en una mueca de éxtasis. Era la unión de dos polos opuestos, lo marchito y lo lozano, lo experimentado y lo novato, en un acto tan primitivo y esencial que parecía trascender la moral, la razón, incluso el buen gusto. Parecía, en ese momento distorsionado por la lujuria, que el destino más retorcido los había unido, no para un romance, sino para esta simbiosis de necesidad y desenfreno. Él necesitaba su juventud para sentirse vivo; ella necesitaba su experiencia y su crudeza para sentirse real, para sentir algo, cualquier cosa, que no fuera el dolor de la traición. 


El acto sexual era una descarga eléctrica, una tormenta que los envolvía a ambos. Karol no aguantó más. La presión que se había estado acumulando en su bajo vientre desde que comenzó a chuparlo estalló en un orgasmo de una intensidad que no conocía. Un grito desgarrado le salió del pecho, y su cuerpo se convulsionó, agarrotándose alrededor del de Rubén, sus uñas clavándose en el piso frío. 


—¡Eso! ¡Grita, putita! —rugió él, sintiendo sus contracciones internas. 


Y entonces, con dos nalgadas fuertes y secas que le dejaron las marcas de sus manos en la piel blanca, Rubén se hundió en lo más profundo de ella y se quedó quieto, un gruñido largo y gutural escapando de sus labios mientras su semilla caliente la llenaba. 


Se derrumbaron juntos en el suelo, jadeantes, sudorosos, entrelazados en un montón de miembros exhaustos. La respiración de ambos era lo único que se escuchaba, un dueto de fatiga y satisfacción. Y entonces, algo inesperado sucedió. Rubén, con una lentitud que no tenía nada que ver con la brutalidad de momentos antes, giró el rostro de Karol hacia el suyo y la besó. No fue un beso lascivo o dominante. Fue un beso lento, profundo, casi tierno. Un beso que hablaba de una intimidad que había trascendido lo meramente físico para adentrarse en un territorio emocionalmente ambiguo y peligroso. 


Karol respondió al beso, sus labios jóvenes moviéndose contra los viejos y agrietados de él. Y en ese momento, recostada en el duro piso, sintiendo el peso de Rubén sobre ella y el sabor de ambos en su boca, lo supo con una certeza absoluta que la aterró y la exaltó al mismo tiempo: era la primera vez que disfrutaba de verdad tener sexo con un hombre. El acto con Horacio había sido una transacción violenta. El placer con Rubén, nacido de la manipulación y la sumisión, había sido auténtico, visceral, liberador. Y en ese instante, mirando a los ojos cansados y satisfechos del hombre que podría ser su abuelo, a Karol poco le importó. La edad, la moral, el futuro, todo se había desdibujado en el torbellino de una pasión oscura que, por primera vez desde que asomó la cabeza por aquella ventana, le hacía sentir que estaba exactamente donde debía estar. 



Continuara... 

Comentarios

Pub.