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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

Kilómetros de Desenfreno - Parte 4

 


Los días en la casa de Rubén se sucedieron con una monotonía hipnótica, un ciclo constante que marcaba el ritmo de la nueva vida de Karol. Siete amaneceres, siete anocheceres. La rutina era tan clara como extrañamente pacífica. Las mañanas comenzaban con el desayuno silencioso, seguido de lo que Rubén, con un guiño cómplice, llamaba "la práctica". Karol se arrodillaba en la alfombra del living, a veces frente a él mientras él veía la televisión, otras veces con una concentración más intensa en la intimidad del dormitorio. Ya no era la chica torpe y asustada del primer día. Había desarrollado una técnica, una comprensión intuitiva de los ritmos y las presiones que hacían que Rubén cerrara los ojos y emitiera gruñidos de profunda satisfacción. Sus labios, su lengua, su garganta, se habían convertido en instrumentos de un placer que ella administraba con una destreza creciente. No lo hacía por obligación ahora, sino por una especie de devoción aprendida, por el placer de dominar un arte perverso y sentir la recompensa inmediata en los gemidos de su mentor. 


Luego venía la limpieza de la casa. Fregar los platos, tender la cama, pasar el trapo por los muebles. Era un acto casi doméstico, que le daba una falsa sensación de normalidad. Y por las noches, después de la cena, llegaba el verdadero ritual. La entrega completa. Ya no en el frío suelo de la cocina, sino en la cama de dos plazas que ahora compartían con una familiaridad conyugal. Allí, bajo la tenue luz de la lámpara, Karol exploraba los límites de su propio cuerpo y del de Rubén. Aprendió qué movimientos lo volvían loco, qué susurros en su oído, cargados de una vulgaridad que ya no la escandalizaba sino que la excitaba, hacían que su respiración se acelerara. Disfrutaba del sexo con una intensidad que nunca creyó posible. El placer era real, físico, abrumador. Pero en los momentos de quietud, recostada junto a su cuerpo anciano, escuchando su respiración ronca, Karol miraba al techo y lo sabía con una claridad cristalina: no estaba enamorada. 


El amor era lo que había sentido por Lucas, ese sentimiento puro y ardiente que se había quebrado en mil pedazos frente a la ventana. Lo que sentía por Rubén era algo diferente, más complejo y menos noble. Era gratitud por el techo y la comida, una lujuria visceral por el placer que le proporcionaba, y una extraña dependencia emocional de ser deseada y cuidada, incluso en estas circunstancias retorcidas. "El placer y el amor no son lo mismo", pensaba, mientras sus dedos trazaban círculos en el pecho velludo y sudoroso de Rubén. "Uno te calma el cuerpo. El otro te parte el alma. Y a mi alma ya no le queda nada que partir". 


Fue durante esa semana de clausura voluntaria que su teléfono, que había permanecido en silencio como un objeto ajeno, comenzó a vibrar con insistencia. Mensajes de sus amigos del pueblo, preguntándole dónde estaba, que su madre estaba desesperada. Un mensaje de su padrastro, un hombre siempre distante, diciéndole que volviera, que "estas cosas se arreglan en familia". Karol los leyó con una frialdad que la sorprendió a ella misma. No había rabia, ni siquiera tristeza. Solo un vacío resignado. A todos, sin distinción, les respondió lo mismo, un mensaje frío y cortante: 


—Me fui de casa por esto. 


Y adjuntaba la foto. La prueba nuclear. La imagen granosa, tomada con el celular tembloroso, de su madre y Lucas desnudos y abrazados en la cama, en la intimidad profanada que había marcado el fin de su mundo. No añadía más explicaciones. Esa imagen era su declaración de independencia, su grito de guerra silencioso. Luego, apagaba el teléfono. No le interesaban sus respuestas. Era un capítulo cerrado. 


Al octavo día, después del almuerzo, mientras Rubén se reclinaba en su sillón con un suspiro de satisfacción, Karol se quedó de pie frente a él, con las manos enlazadas delante de su cuerpo. Llevaba puesta una de las nuevas remeras que la "amiga" de Rubén le había traído, ajustada y negra, y unos jeans que ceñían sus caderas a la perfección. Respiró hondo, reuniendo el coraje que había forjado en el fuego de esa semana. 


—Rubén —dijo, su voz firme, aunque con un leve temblor—. Creo que ya es hora de que continúe mi viaje. 


Él la miró desde su sillón, sus ojos antiguos no mostraron sorpresa, ni enojo, ni siquiera decepción. Era como si hubiera estado esperando este momento desde el instante en que ella se subió a su auto. Asintió lentamente, con una sabiduría práctica y un poco cínica. 


—Sí —respondió, su voz grave—. Lo sabía. Una piba como vos no está hecha para quedarse encerrada en la casa de un viejo como yo. El mundo te espera. 


—No es por vos —se apresuró a decir Karol, sintiendo la necesidad de ser amable—. Me cuidaste, me… enseñaste mucho. Pero tengo que seguir. 


—No hace falta que lo expliques, chiquita —dijo él, levantándose con un quejido—. Acá no sos mi prisionera. Siempre supuse que te irías. ¿Adónde pensás ir? 


—No sé —admitió ella, con una honestidad que la liberaba—. Pero quiero seguir haciendo dedo, como empecé. Quiero ver a dónde me lleva el camino. 


Rubén asintió de nuevo. —Está bien. Te llevo a la ruta, a la salida de Tejedor. Es un mejor lugar que la rotonda. 


Karol fue al dormitorio y agarró el bolso deportivo que él le había dado. Era pequeño, pero dentro estaba todo su mundo actual: la ropa nueva, unas pocas prendas íntimas, y un sobre discreto que Rubén había dejado sobre la cama con algo de dinero. No era una fortuna, pero era suficiente para unos días. No dijo nada sobre el dinero. Era parte del trato no dicho, el pago final por sus servicios, o quizás, en el extraño código de Rubén, un regalo de despedida. 


Subieron al auto en silencio. El trayecto hasta la ruta fue corto. Él detuvo el vehículo en un ensanche de la banquina, un lugar donde los camiones solían detenerse para revisar la carga. El sol de la tarde bañaba todo de una luz dorada y melancólica. Karol bajó del auto y se puso el bolso al hombro. Se miraron por un momento, el hombre viejo y curtido y la joven que había sido su efímera musa. 


Fue Karol quien, movida por un impulso de genuino afecto y agradecimiento, se acercó. Se levantó de puntillas, rodeó su cuello con los brazos y lo besó en la boca. No fue un beso de lujuria, sino uno tierno, profundo, cargado de la extraña intimidad que habían compartido. 


—Gracias, Rubén —susurró contra sus labios—. Por todo. Por cuidarme esta semana. 


Él le acarició la mejilla con sus dedos ásperos, una caricia inusualmente suave. —Cuídate, Karol. El mundo está lleno de tipos como yo. Y peores. 


Ella asintió, con una sonrisa triste. —Lo sé. 


Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el borde del asfalto. No miró atrás. Alzó el brazo con determinación, el pulgar apuntando con confianza hacia la nada. Solo cinco minutos después, el rugido de un motor diésel se hizo más fuerte. Un camión grande, con el remolque cargado de bolsas de algún cereal, se detuvo pesadamente frente a ella. La ventanilla del conductor se bajó y un hombre de unos cuarenta años, de piel morena y una barba negra de varios días que enmarcaba una sonrisa fácil, la miró con curiosidad. Sus ojos eran oscuros, vivaces, y recorrieron su figura con una admiración que no intentó disimular. 


—¿Dónde vas, flaca? —preguntó, su voz era ronca por el cigarrillo y el camino. 


Karol no titubeó. Su sonrisa fue amplia, segura, cargada de un nuevo entendimiento. Ya no era la niña asustada que había subido al auto de Horacio. Había aprendido las reglas del juego. Los hombres querían su cuerpo, su juventud, su belleza. Estaba bien. Pero ella ya no lo daría gratis. Ahora, ese cuerpo era su mercancía, su boleto de viaje, su herramienta para escapar cada vez más lejos. 


—Donde vos vayas —respondió, su voz era un hilo seductor y desafiante. 


El camionero, llamado Luis, la estudió por un segundo más, esa respuesta directa y cargada de intención clarísima. Una sonrisa más amplia se dibujó bajo su barba. 


—Voy para la ciudad de General Villegas —dijo—. Subí. 


Karol abrió la portezuela pesada y se encaramó a la cabina alta. El interior olía a café fuerte, a tabaco y a hombre. Casi al instante, antes de que ella pudiera acomodar el bolso, Luis puso su mano grande y callosa sobre su muslo, sobre la tela ajustada del jean. El contacto fue posesivo, inmediato, estableciendo los términos del viaje desde el primer segundo. 


—Un placer —dijo él, apretándole el muslo suavemente—. Soy Luis. 


Karol no se inmutó. No apartó su pierna. En lugar de eso, le devolvió la sonrisa, una sonrisa que ya no era ingenua, sino cómplice, consciente del poder y del precio de su propia belleza. 


—Karol —se presentó. 


Y mientras el camión arrancaba, embutiéndose en la ruta que se perdía en el horizonte, Karol supo que un nuevo capítulo, tan incierto y potencialmente peligroso como el anterior, acababa de comenzar. Pero ya no tenía miedo. Solo tenía una determinación fría y una curiosidad insaciable por descubrir hasta dónde podía llegar en este nuevo mundo que había elegido, o que el destino, retorcido y caprichoso, había elegido para ella. 


La cabina del camión se convirtió en un mundo flotante, una burbuja de metal y vidrio que se movía a través de la llanura bonaerense. El rugido constante del motor diésel era la banda sonora de un viaje que era tanto físico como una inmersión más profunda en la psique transformada de Karol. Luis, el camionero, resultó ser un tipo hablador, de esos que el camino ha vuelto filosóficos a su manera, mezclando comentarios sobre el precio de la soja con observaciones crudas sobre la vida. Y mientras hablaba, sus manos nunca estaban quietas. Un brazo sobre el respaldo del asiento, rozando su hombro; una mano que se posaba en su muslo para enfatizar un punto, la palma caliente a través de la tela de sus jeans nuevos. Karol no se inmutaba. Recibía esos toques con una sonrisa tranquila, casi de complicidad. Era el lenguaje de este nuevo mundo, y ella estaba aprendiendo a hablarlo con fluidez. 


—Che, ¿un mate? —preguntó en un momento, buscando algo de normalidad en la rutina. 


—Dale, flaca, un matecito viene bien —asintió Luis, con una sonrisa que dejaba ver sus dientes manchados de tabaco. 


Ella preparó el mate con los movimientos aprendidos de su vida anterior, una coreografía doméstica que ahora servía en la cabina de un camión. Mientras cebaba, Luis le contó sus planes. 


—Hoy paro en General Villegas —explicó, tomando el mate con una mano mientras con la otra seguía en el volante—. Descargo estas bolsas, duermo un poco, y a primera hora cargo de nuevo. Esta vez me mandan para San Luis. Un viaje largo, ese. 


Karol, pasándole el mate renovado, no dejó que la oportunidad pasara. Lo miró con sus grandes ojos verdes, ahora armados con una chispa de cálculo que no tenían antes. 


—San Luis… —dijo, como pensando en voz alta—. No conozco. ¿Me llevas? 


Luis la miró de reojo, una sonrisa lenta y cargada de intención extendiéndose bajo su barba de varios días. La propuesta estaba hecha, y la respuesta era obvia. 


—Es un viaje largo, nena —dijo, su voz bajando un tono, volviéndose más íntima, más negociadora—. Muy largo. Vas a tener que ser muy, pero muy agradecida. ¿Me entendés? 


Karol no necesitó más explicaciones. La transacción era clara como el agua. Con un movimiento fluido, como si fuera la cosa más natural del mundo, dejó la matera en el piso de la cabina. Sin una palabra, se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó sobre la consola central que los separaba. Sus dedos, ahora diestros en este tipo de maniobras, encontraron el cierre de su pantalón y lo bajaron. Luis levantó ligeramente las caderas para ayudarla, un gruñido de anticipación escapando de sus labios. Cuando su miembro, erecto y de un color oscuro, quedó al descubierto, un olor intenso, una mezcla de sudor viejo, tela y pura masculinidad sin lavar, invadió el espacio entre ellos. Era un olor fuerte, primitivo. La Karol de hacía una semana se habría echado para atrás, náusea. La Karol de ahora apenas lo registró. Era el precio de admisión, un detalle sin importancia en el camino hacia su objetivo. 


Inspirada por las lecciones de Rubén, no dudó. Pasó la punta de su lengua por la longitud del glande, saboreando la salinidad acre, familiarizándose con el territorio. Luego, abrió bien la boca y se lo llevó dentro. Comenzó a cabecear con un ritmo que ya no era el de una novata. Era el movimiento de una aprendiz avanzada. Usaba la lengua con precisión, enrollándola alrededor de la cabeza en los momentos de retroceso, aplicando una succión firme y constante al avanzar. Sus manos, mientras tanto, no estaban ociosas; una acariciaba sus bolas con una presión suave, la otra se apoyaba en su muslo muscular, sintiendo la tensión que se acumulaba en su cuerpo. Sabía, por la respiración entrecortada de Luis y por los gruñidos que ya no podía contener, que su técnica era efectiva. 


—Ah, sí, putita —jadeó Luis, su mano derecha abandonando el volante por un momento para enredarse en su cabello oscuro, no con violencia, pero sí con una firmeza dominante—. Así, así me gusta. Con esa boquita de ángel que tenés, tragándote toda mi porquería. 


Karol, en lugar de sentirse humillada, sintió una oleada de poder. Su boca, su habilidad, tenían a este hombre rudo y experimentado completamente a su merced. Miró hacia arriba, encontrando sus ojos oscuros brillando con lujuria, y sostuvo su mirada mientras se lo tragaba más profundamente, hasta que las lágrimas asomaron nuevamente en sus ojos, esta vez no por el esfuerzo, sino por la intensidad del acto mismo. 


—¿Te gusta, camionero? —logró murmurar con la boca medio llena, su voz distorsionada, juguetona—. ¿Te gusta cómo te chupa esta zorrita de ruta? 


—¡Carajo! —rugió él, su cadera empujando hacia arriba involuntariamente—. Sos una perrita nata, ¿sabés? Una nena bien como vos, hecha para mamar verga. ¡Más! ¡Más rápido! 


Ella obedeció, acelerando el ritmo, la cabeza moviéndose con una energía frenética. La cabina se llenó del sonido húmedo y obsceno del sexo oral, mezclado con los jadeos de Luis y el rugido constante del motor. Él, para su crédito, mantenía un control admirable sobre el vehículo, sus reflejos de años en la ruta permitiéndole dividir su atención entre la carretera y el paraíso que le proporcionaba la joven arrodillada a su lado. 


Después de varios kilómetros de esta danza, Luis no pudo aguantar más. Con un gruñido que era casi un aullido, presionó su cabeza contra su pubis y se liberó en su boca en una serie de espasmos potentes. —¡Toma! ¡Toda, putita! ¡Trágatela! —ordenó, mientras Karol, con los ojos cerrados, se aseguraba de tragar cada última gota, aceptando el sabor salado y amargo como un sacramento de su nueva vida. 


Llegaron a General Villegas con la tarde cayendo. Karol lo acompañó en silencio mientras descargaba el camión en un galpón y luego cargaban uno nuevo con mercadería para San Luis. La rutina del trabajo era un paréntesis de normalidad. Pero cuando estuvieron listos para partir, de vuelta en la cabina y con la noche cerrándose sobre ellos, Luis la miró con una intensidad renovada. 


—Bueno, nena —dijo, su voz era ahora un rumor grave en la penumbra—. Es hora de que te desnudes. Un viaje tan largo… hay que ir más cómodos. 


Karol sintió un pequeño vuelco en el estómago. Sabía que esto llegaría. Pero recordó el consejo de Rubén, dado con la sabiduría práctica de un viejo zorro: "No des todo de una vez, chiquita. Si les das el postre el primer día, se aburren y te dejan tirada en la próxima curva. Hace esperar. Que la concha sea el premio final". 


Se mordió el labio, haciendo un esfuerzo por poner una expresión de genuina contrariedad. Bajó la mirada, jugueteando con el borde de su remera. 


—Ay, Luis… no puedo —dijo, con una voz que pretendía ser llena de pesar—. Es que… estoy en mis días. Recién me vino. Una lástima. 


Mentira. Era una mentira calculada, una táctica de supervivencia. Luis la miró fijamente por un momento, sus ojos oscuros escudriñando su rostro en busca de un indicio de engaño. Pero la actuación de Karol fue lo suficientemente convincente. Él arrugó el ceño, frustrado, pero no sospechó. 


—¡Bah! —resopló, decepcionado—. La puta madre… bueno, no queda otra. —Su mirada se posó a su boca, y una sonrisa lasciva volvió a sus labios—. Entonces, flaca, esa boquita milagrosa va a tener que trabajar el doble. Porque este viaje a San Luis lo vamos a hacer muy, pero muy entretenido. 


Karol, sintiendo una mezcla de alivio y de una resignación anticipada, asintió. No había vuelta atrás. Sin decir una palabra, se inclinó de nuevo sobre la consola. Luis ya se había desabrochado, listo. Y así, mientras el camión se internaba en la oscuridad de la ruta hacia San Luis, Karol comenzó su nueva tarea. Una tarea que, lo presentía en el fondo de su alma, no tendría descanso. Era el precio del viaje, un viaje que, según el presentimiento que le helaba la sangre a pesar del calor en la cabina, la llevaría a enfrentar no solo la lujuria, sino la verdadera y despiadada crueldad de los hombres. Y ella, con la cabeza moviéndose en un ritmo mecánico y los labios adormecidos, se preparó para lo que fuera que estuviera por venir. 



Continuara... 

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