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Kilómetros de Desenfreno - Parte 5
El viaje a San Luis se desarrolló como una letanía de kilómetros y de sexo oral. La cabina, que al principio había sido un espacio de conversación y de mates compartidos, se transformó en el escenario de una exigencia constante. Karol apenas tuvo tiempo de vislumbrar el cambio de paisaje, las sierras que comenzaban a dentar el horizonte, el cielo más despejado. Su mundo se redujo al espacio entre las piernas de Luis, al ritmo monótono de su cabeza moviéndose de arriba abajo, a la textura y el sabor de su miembro, que se volvía una presencia familiar y agotadora. Luis, por su parte, era un jefe exigente. La manoseaba, le apretaba la nuca, la humillaba con palabras soeces que ella ya había aprendido a recibir con una sonrisa cansada, como parte del trato.
—Qué boquita de oro tenés, nena —gruñía él, mientras sus dedos se enredaban en su cabello—. Parece que naciste para esto, para chupar vergas de camioneros en la ruta. ¿Tu viejo te enseñó?
Ella no respondía. Solo se concentraba en la tarea, en tragar cuando era necesario, en respirar por la nariz, en evitar el reflejo nauseoso cuando la empujaba con demasiada fuerza. Era un trabajo, y ella era, a su manera, una profesional en ciernes.
Menos de veinticuatro horas después, con los primeros rayos del sol iluminando las estribaciones de las sierras, llegaron a las afueras de San Luis. Luis detuvo el camión en una estación de servicio grande, un hervidero de camiones, ruido de motores y hombres con overoles.
—Bueno, acá termina nuestro viajecito —anunció, estirándose—. Una lástima que no pude probar esa conchita que debes tener escondida, pero… fue divertido, ¿no?
Karol, masajeándose la mandíbula adolorida, le dedicó una sonrisa que pretendía ser pícara. —Yo también me divertí —mintió, con una naturalidad que la alarmó un poco.
—Bien —asintió Luis, sin mucho interés en la veracidad de su afirmación—. Acá nos despedimos, entonces. —Hizo un gesto vago con la mano hacia el patio lleno de camiones y camioneros—. Desde acá vas a encontrar a cualquiera que te quiera llevar a donde sea que siga tu viaje. Suerte, flaca.
Y sin más, sin un beso, sin un apretón de manos, puso el camión en marcha y se alejó, mezclándose con el tráfico y dejándola allí, en la orilla de asfalto de otro lugar desconocido. Karol se quedó un momento quieta, sintiendo el sol cálido en su rostro y una extraña sensación de vacío. No era tristeza por la partida de Luis, sino más bien el agotamiento de una etapa.
Tenía algo de dinero, el que Rubén le había dado. Decidió usarlo para sentirse humana otra vez. Entró en el restaurante de la estación de servicio, un lugar de mesas de formica y olor a fritura, y se permitió un plato caliente. Luego, con un impulso que provenía de su antigua vida, decidió que quería ver algo de la ciudad. Tomó un colectivo local y se dejó llevar hasta el centro de San Luis. Caminó por las calles limpias, miró la catedral, las plazas. Era bonito, tranquilo. Un mundo aparte del de las cabinas de camiones y los cuerpos sudorosos. Se sacó varias fotos con su teléfono, sonriendo ante la cámara, posando con una sensualidad que ya era instintiva. Una con la catedral de fondo, otra en una plaza, una tercera subiéndose un poco la remera para mostrar un poco de su abdomen plano. Las subió a sus redes sociales, sin pies de foto, solo los lugares. Era su manera de gritarle al mundo, y sobre todo a los de su pueblo, que estaba viva, que estaba en otro lado, que era libre. O eso pretendía.
Al caer la tarde, regresó a la estación de servicio. El ambiente había cambiado. La luz diurna se iba, reemplazada por las luces amarillentas de los faroles y los focos de los camiones. Los hombres que pululaban por allí parecían diferentes, más sombríos, sus miradas más penetrantes. Se sentó en un bordillo, observando, esperando. No tardó en sentirse observada. Un camionero de contextura obesa, con una camisa a cuadros desabrochada sobre una panza prominente y una barba desaliñada, la miró fijamente desde la puerta de la cantina. Sus ojos eran pequeños, como dos pasas de uva incrustadas en su rostro carnoso, y no se apartaban de ella.
—Eh, nena —le gritó, con una voz áspera—. ¿Te perdiste?
Karol lo miró de reojo y desvió inmediatamente la mirada. No dijo una palabra. Su instinto, ahora afinado por la experiencia, le lanzó una alarma estridente. Ese hombre era peligroso. Podía sentirlo en el aire, una vibración de amenaza que emanaba de él. Se levantó y se alejó un poco, fingiendo interesarse por otro camión.
Pasó la siguiente hora hablando con varios camioneros. La mayoría eran tipos normales, cansados del camino, algunos amables, otros indiferentes. Le ofrecían viajes a Mendoza, a La Rioja, a pueblos de la zona. Pero a ninguno le interesaba ir hacia Córdoba, la dirección que, en su mente, significaba alejarse definitivamente, perderse en lo profundo del país. La frustración comenzaba a apoderarse de ella cuando un hombre joven se le acercó. No tendría más de veinticinco años, era atractivo, con el pelo oscuro peinado con cuidado, una sonrisa fácil y unos ojos claros que parecían honestos. Llevaba un overol azul limpio, desabrochado en la cintura.
—Hola —dijo, su voz era joven, sin la aspereza del camino—. Te vi ahí parada. ¿Buscas un viaje?
Karol, aliviada por ver un rostro que no parecía salido de una pesadilla, asintió. —Sí. Necesito irme de acá.
—Yo voy a Córdoba capital —dijo él—. Es un viaje largo, pero en mi camión vas cómoda. ¿Querés que te lleve?
Córdoba. La capital. Una ciudad grande, donde podría desaparecer, empezar de cero. La oferta era perfecta. —¡Sí! —respondió, casi sin pensarlo, una sonrisa genuina de alivio iluminando su rostro.
El joven camionero, que se llamaba, según dijo, Martín, esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos claros. —Bueno, bárbaro —dijo—. Pero hay una condición. Tenés que pagar el viaje por adelantado.
Karol asintió. Lo esperaba. Después de todo, así funcionaban las cosas. —Está bien —aceptó—. ¿Cuánto?
—Eso lo arreglamos —dijo él con evasiva—. Vení, el camión no está acá, lo dejé un poco más lejos, en un lugar tranquilo para cargar.
La confianza de Karol no decayó de inmediato. Martín parecía tan normal, tan amable. Lo siguió mientras él se alejaba de la zona iluminada de la estación de servicio, doblando por una calle lateral de tierra, luego por otra. Las luces se fueron espaciando, la oscuridad se hizo más densa. Llegaron frente a un terreno baldío, donde se erguía la estructura de hormigón de una obra en construcción abandonada, un esqueleto fantasma contra el cielo estrellado.
—Acá es —dijo Martín, deteniéndose frente a una abertura donde debería haber una puerta.
Karol sintió el primer escalofrío de miedo real. —¿Acá? ¿Tu camión está acá adentro?
—Al fondo —dijo él, y su voz ya no sonaba tan amable. Había un deje de impaciencia.
Dudó, pero la perspectiva de perder el viaje a Córdoba era peor. Con el corazón latiendo con fuerza, lo siguió al interior de la obra. El lugar estaba en penumbras, olía a orina, a cemento y a abandono. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse. Y entonces, lo vio. Sentado en un bloque de hormigón, con una botella de cerveza en la mano, estaba el camionero obeso de la estación de servicio. Su sonrisa era ahora una mueca grotesca y triunfal.
—Bien, bien —roncó el hombre—. Ahí está la putita con cara de ángel. Me dijeron que tenías ganas de viajar.
Karol se quedó paralizada. —¿Qué… qué pasa? —logró balbucear, girándose hacia Martín, pero el joven ya no la miraba a ella. Miraba al hombre obeso con una sonrisa de complicidad.
—Te presento —dijo Martín, con una voz que ahora sonaba burlona—. Él es Carlos. Y nosotros somos sus amigos.
De entre las sombras, detrás de pilares de cemento, aparecieron tres hombres más. Eran tipos duros, con miradas vacías, overoles sucios. Rodeaban a Karol, cerrándole cualquier posible escape. El pánico, un pánico visceral y cegador, la inundó por primera vez desde que comenzó esta odisea. Este no era el juego de la lujuria negociada. Esto era otra cosa.
—Por favor —suplicó, su voz un hilo tembloroso—. No. Déjenme ir. Les doy el dinero, tengo dinero.
Carlos se rio, un sonido profundo y desagradable. —¿Dinero? —escupió—. Nosotros queremos otra cosa, nena.
—¡No! —gritó Karol, retrocediendo, pero chocó contra el pecho duro de uno de los hombres—. ¡Por favor, soy solo una chica!
—Una chica muy linda —dijo otro, acercándose y pasando una mano áspera por su cabello—. Y muy puta, por lo que cuentan.
—¡Suéltenme! —aulló, luchando ahora, pero era inútil. Dos de los hombres le agarraron los brazos con fuerza, inmovilizándola. Un tercero le tapó la boca con una mano sucia. —¡Mmmph! ¡No!
Se reían de ella. Sus súplicas solo parecían excitarlos más. —¡Mirá cómo patalea la nena! —se burló uno.
—¡Quiere que juguemos! —agregó otro.
Con movimientos brutales y eficientes, comenzaron a quitarle la ropa. Le arrancaron la remera, los botones de sus jeans saltaron al ser forzados. —¡Por favor, no hagan esto! —gritaba entre lágrimas, pero su voz era ahogada por las risas y los comentarios soeces.
—¡Qué lindo culito! ——Mirá esas tetas, hermano ——
En menos de un minuto, estaba completamente desnuda en medio de las ruinas, su cuerpo joven y pálido brillando débilmente en la oscuridad, vulnerable y aterrado. La llevaron a rastras hacia un colchón viejo y sucio que estaba tirado en un rincón. El olor a moho y a vómito seco le llegó a la nariz, mezclado con el terror. Los dos hombres que la sujetaban la tiraron boca arriba sobre el colchón, inmovilizando sus brazos a los costados. Ella forcejeaba, pataleaba, pero era como luchar contra máquinas.
Carlos, el obeso, se acercó pesadamente, desabrochándose su propio overol. Su panza colgaba sobre su miembro, que ya estaba erecto. Se arrodilló entre sus piernas, que otro de los hombres le abrió de golpe, exponiéndola por completo.
—Ahora sí, putita —gruñó Carlos, su aliento a alcohol y tabaco llegándole a la cara—. Vas a ver lo que es bueno.
Y con un empuje brutal que le arrancó un grito desgarrado, la penetró. El dolor fue insoportable, un desgarro que iba más allá de lo físico. Karol cerró los ojos, y el mundo, el viaje, la supuesta libertad, se redujeron a esta pesadilla en la oscuridad, a la sensación de estar siendo destrozada desde el interior, mientras las risas y los jadeos de los hombres resonaban a su alrededor, sellando su ingreso forzado al pozo más profundo y cruel de su viaje.
El mundo de Karol se había reducido a un círculo de dolor y humillación en el corazón de esas ruinas oscuras. Carlos, con su peso y su fuerza brutales, era un ariete que destrozaba su interior con cada embestida. Sus caderas golpeaban contra sus muslos con un sonido sordo y húmedo, un ritmo monstruoso que parecía no tener fin. Mientras él violaba su cuerpo, los otros hombres no se mantenían al margen. Sus manos, ásperas y sucias, recorrían su piel, pellizcando con saña sus pezones erectos por una mezcla de frío, miedo y una respuesta nerviosa traicionera, tirando de ellos hasta hacerla gritar.
—¡Por favor, basta! —suplicaba Karol, luchando aún, arqueando la espalda para intentar zafarse, pero los brazos que la inmovilizaban eran como tenazas de acero.
—¡Mira cómo se queja la putita! —se reía uno de ellos, acercando su rostro al de ella—. ¡Pero el cuerpo no miente!
Fue entonces cuando el joven, Martín, el de la sonrisa fácil que la había engañado con tanta eficacia, se arrodilló a su lado. Mientras Carlos continuaba su asalto, Martín deslizó sus dedos entre sus piernas, encontrando su clítoris con una precisión cruel. Karol gritó, pero no solo de dolor. Era una sensación demasiado familiar, el mismo camino hacia el éxtasis que Rubén le había enseñado, pero ahora pervertido, convertido en un instrumento de tortura. Su cuerpo, traicionero y condicionado, respondió. A pesar del horror, a pesar del miedo y la repulsión, una oleada de placer involuntario, eléctrico y abrumador comenzó a crecer desde su centro, una reacción biológica incontrolable que se imponía a su voluntad.
—No… no… —gemía, negándose a sí misma, pero su pelvis comenzó a moverse, buscando inconscientemente esa fricción.
—¡Ja! ¡Mira, mira! —gritó Carlos, sintiendo cómo su cuerpo se contraía—. ¡A la zorra le encanta!
El orgasmo la alcanzó con una violencia que la hizo estremecerse de la cabeza a los pies, un espasmo de placer profano en medio de la violación. Un grito agónico, cargado de vergüenza y de una culpa paralizante, se le escapó de los labios. Los hombres estallaron en carcajadas, un coro de burlas que le taladraban el alma.
—¡Se vino! ¡La muy puta se vino mientras se la daban! —rugió uno.
—¡Es una adicta al garche! —añadió otro—. ¡Le encanta que la monten como a una yegua!
Esa reacción de su cuerpo, lejos de generar compasión, los excitó aún más. Para ellos, era la confirmación final de que ella era exactamente lo que decían: una puta que disfrutaba de su propia degradación. Carlos, con un último y profundo empujón, se hundió en ella y se quedó quieto, un gruñido gutural anunciando que vaciaba su semilla en su interior. Karol, en ese momento, sintió cómo algo se rompía dentro de ella, no físicamente, sino en su espíritu. Las fuerzas la abandonaron. La lucha cesó. Sus brazos cayeron flácidos, sus piernas se abrieron sin resistencia. Ya no tenía fuerzas. El agotamiento, el dolor y la culpa por haber sentido placer la habían dejado vacía, una cáscara rota.
Carlos se retiró de encima de ella con un resoplido de satisfacción, y casi de inmediato, otro de los hombres, uno alto y flaco con una cicatriz en la mejilla, tomó su lugar. No hubo pausa. La penetración fue igual de brutal, pero Karol ya no se movía. Yacía allí, con los ojos abiertos mirando las vigas de hormigón del techo, llenas de telarañas, mientras su cuerpo era sacudido por los embates. Era un saco de carne, un objeto inanimado.
—Anda, dale, que se la ponga toda —alentaba otro, y entonces, uno de ellos, el que había estado pellizcándole los pechos, se acercó a su cabeza y le presionó su miembro contra los labios.
—Abrí la boca, nena. Vas a tener que trabajar también —ordenó.
Karol, en un último y patético intento de que todo terminara más rápido, de apaciguar a las bestias, obedeció mecánicamente. Abrió la boca y comenzó a chupar. Lo hacía sin pasión, sin técnica, solo el movimiento automático de supervivencia. Pero para los hombres, su sumisión, el hecho de que aceptara el miembro en su boca después de lo sucedido, era otra prueba de su lascivia.
—¡Mira eso! —dijo el de la cicatriz, embistiéndola con más fuerza—. ¡Le chupa la pija a uno mientras el otro se la coge! ¡Es una perra en celo!
Era la primera vez que Karol experimentaba una violación doble, una en cada extremo de su cuerpo. La sensación de ser usada por dos agresores a la vez, de sentir el sabor a sudor y piel en su boca mientras su vagina era destrozada, la sumió en un estado de disociación. Su mente se separó de su cuerpo. Flotaba por encima, observando la escena como si le estuviera sucediendo a otra persona. Una chica pálida y desmadejada en un colchón sucio, rodeada de sombras que se movían sobre ella, emitiendo gruñidos y risas.
Uno a uno, los hombres se turnaron. Cuando todos habían pasado una vez, y Karol yacía bañada en el sudor de ellos y el suyo propio, manchada con sus fluidos, pensó que quizás había terminado. Pero no. La habían apenas empezado.
—Dale, dale, ponela en cuatro —ordenó Carlos, que observaba, ya vestido, con los brazos cruzados.
La agarraron de los hombros y las caderas y la voltearon como si fuera un fardo. La pusieron en posición de cuatro patas sobre el colchón mugriento. Su espalda arqueada, sus nalgas expuestas, era la postura más vulnerable, la más animal.
—¡Así me gusta, mostrando el culo como la perra que sos! —gritó uno, y una mano abierta se estrelló contra una de sus nalgas con un chasquido seco que resonó en el silencio de la obra. El dolor fue agudo, dejando una marca roja en su piel blanca.
Comenzaron de nuevo. Uno tras otro, tomaban su turno, penetrándola por detrás con una saña renovada. Ya no era solo violación; era un espectáculo de dominación.
—¡Gritá, puta! ¡Pedinos más! —le escupía uno al oído mientras la agarraba de las caderas.
—¡Esta conchita ya es de todos! —agregaba otro, escupiendo en su espalda. La saliva fría le resbaló por la columna.
Karol ya no emitía sonidos. Las lágrimas corrían silenciosas por su rostro, mezclándose con el sudor y la suciedad. Su cuerpo era un campo de perdición magullado, su mente un páramo blanco. Solo un pensamiento, una brasa de odio puro, permanecía encendido en las cenizas de su ser: "Ella. Esto es por ella. Si no fuera por mi madre, yo no estaría aquí. Ella hizo esto".
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, los hombres comenzaron a cansarse. Uno a uno, se retiraron, se vistieron, con la satisfacción brutal del deber cumplido. Karol se derrumbó sobre el colchón, un montón de miembros doloridos y piel fría. Respiraba con dificultad, cada inhalación le recordaba el dolor en sus costillas.
Pensó que era el final. Pero Carlos, con su risa gruesa, se acercó de nuevo.
—Un momento, muchachos —dijo—. A esta cerdita le falta su baño. No puede andar tan sucia por la vida.
Karol, a través de la neblina de su agotamiento, lo miró sin comprender. Vio cómo Carlos desabrochaba de nuevo su overol y sacaba su miembro, ya flácido. Pero no se acercó para penetrarla otra vez. En su lugar, con una sonrisa de pura maldad, comenzó a orinar sobre ella.
Un chorro caliente y acre la golpeó en el hombro, luego en el pecho, salpicándole la cara. Karol cerró los ojos con fuerza, un nuevo nivel de vergüenza y degradación envolviéndola. El olor a amoníaco era sofocante.
—¡Ja! ¡Mirá! ¡Le está dando su marca! —río otro de los hombres, y de inmediato, siguiendo el ejemplo, los otros también se acercaron y comenzaron a orinarla. Rieron y bromearon mientras lo hacían, como si fuera un juego, un rito de iniciación final.
Cuando terminaron, se fueron, sus risas y sus pasos alejándose en la oscuridad, dejando un silencio pesado y culpable.
Karol yacía en el colchón, empapada en orina, semen y sudor, tiritando de frío y de shock. Su cuerpo era un mapa de moretones y marcas rojas. Su mente, sin embargo, estaba en blanco, anestesiada. No pensaba en los hombres, no pensaba en el dolor. Solo una imagen se repetía, nítida y ardiente, detrás de sus párpados cerrados: el rostro de su madre, disfrutando del cuerpo de Lucas. Ese era el origen de todo. Ese era el pecado original que había desatado esta cadena de horrores. Toda la crueldad que acababa de experimentar, toda la pérdida de su inocencia y su dignidad era, en su mente devastada, un regalo envenenado de la mujer que la había traído al mundo. Y en ese colchón sucio, abandonada como un pedazo de carne desechable, el odio se solidificó en su corazón, un diamante negro e indestructible que prometía, algún día, una venganza que aún no podía vislumbrar, pero que sería el único faro en la oscuridad total que ahora era su vida
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