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Pareja Swinger: El despertar de una hotwife — Parte 2
El sol de la mañana siguiente se colaba por la rendija de la cortina, dibujando una línea dorada sobre la cama deshecha. Serena abrió los ojos lentamente, y antes de que su cerebro terminara de despertar, la vergüenza le cayó encima como un balde de agua fría. Recordó todo: la mesa del comedor, la mano de Francisco en su nalga, el beso con Alicia, su grito cuando ese miembro enorme la penetró por primera vez, y después... después su boca llena, ahogándose, los ojos llorosos, y la puerta cerrándose con un clic que sonó a despedida definitiva.
Se llevó las manos a la cara y gimió contra la almohada. "Dios mío, qué hicimos", pensó. Pero al mismo tiempo, un calor recorrió su vientre, porque la vergüenza iba de la mano con la excitación, como dos amantes que no pueden separarse. Se dio vuelta en la cama para buscar a Valentín, pero su lugar estaba vacío y frío. Ya se había ido al trabajo. Miró el reloj: las nueve de la mañana.
Serena se levantó con las piernas temblorosas, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando el comedor. La mesa seguía puesta, con la lasaña fría y las velas consumidas. El olor a sexo ya se había disipado, pero en su cabeza seguía fresco, intenso, imposible de ignorar. Sin pensarlo dos veces, agarró el teléfono.
Buscó el contacto de Alicia. Sus dedos dudaron un instante sobre el teclado, pero la necesidad pudo más. Escribió: —Perdón si anoche no cumplimos sus expectativas, pero queremos más.
El mensaje se fue con un suspiro y ella se quedó mirando la pantalla, mordiéndose el labio inferior. La respuesta llegó casi al instante, como si Alicia hubiera estado esperando ese mensaje.
—Nena, vos estuviste increíble. Pero tu marido no había dicho que era bueno en la cama y no se le paró. O sea, no me molesta, lo que me molesta es que haya mentido. Tendría que haber dicho que es un sumiso que se excita viendo a su mujer con otros, y podríamos haber organizado otra cosa.
Serena leyó el mensaje una vez, dos veces, tres veces. "¿Mi marido sumiso?", pensó, con el ceño fruncido. "¿Valentín? ¿El que siempre tomaba la iniciativa en la cama, el que la agarraba de la cintura cuando quería algo, el que la había llevado de la mano desde los catorce años? ¿Ese era un sumiso?" No podía creerlo. Pero algo en el fondo de su vientre se removió, porque si Alicia tenía razón, entonces muchas cosas de los últimos años empezaban a tener sentido. Las miradas de Valentín cuando ella se vestía provocativa, la forma en que él la alentaba a usar polleras más cortas, los comentarios en voz baja sobre cómo la miraban otros hombres. Siempre lo había interpretado como orgullo, como posesión. ¿Y si era otra cosa?
Sus dedos temblaron mientras escribía la siguiente pregunta: —¿Entonces no nos vamos a ver más?
El teléfono vibró al toque. —Al mediodía ven a mi negocio y lo hablamos personalmente.
Junto al mensaje, una dirección. Una distribuidora en la zona industrial. Serena sintió un nudo en la garganta. "¿Iré?", se preguntó. Pero ya estaba levantándose, ya estaba yendo a la ducha, ya estaba eligiendo la ropa como si su vida dependiera de ello.
Se puso un vestido azul claro, suelto, que se caía de los hombros dejando al descubierto sus clavículas y parte de sus hombros morenos. La abertura era amplia, demasiado amplia, y cada vez que daba un paso, la tela se abría mostrando una franja de su muslo, a veces casi hasta la cadera. Se calzó unas sandalias bajas, se cepilló el pelo ondulado hasta que brilló, y se puso una flor roja en el cabello, justo detrás de la oreja. Esa flor, intensa como un beso, resaltaba contra su piel morena y su pelo oscuro. Se miró al espejo y supo que no iba para hablar. Iba para que la vieran.
El colectivo la dejó a unas cuadras de la distribuidora, y desde lejos ya se escuchaba el ruido de los camiones, los motores encendidos, los gritos de los obreros cargando mercadería. Cuando entró al predio, todas las miradas se clavaron en ella. Eran hombres, casi todos, con overoles sucios, cascos, barbas de varios días. Camioneros que venían de la ruta, muchachos jóvenes que descargaban bolsas de alimento, tipos grandotes con los brazos marcados por el sol. Todos la miraban con un descaro que a Serena le encendió las mejillas.
—Disculpá, ¿dónde está Alicia?—preguntó, dirigiéndose al hombre más cercano, un tipo gordito, con barba desprolija y ojos pequeños que la recorrieron de pies a cabeza como si estuviera tasando un animal.
El hombre se limpió la boca con el dorso de la mano, sonrió mostrando los dientes amarillos, y dijo, sin dejar de mirarle la abertura del vestido: —La oficina de ella está al fondo. Todo recto, doblás a la izquierda y ves una puerta de madera.
—Gracias—respondió Serena, sintiendo la baba de aquel tipo en la nuca mientras se alejaba.
Caminó entre los galpones, esquivando montacargas y pallets, sintiendo en la piel el peso de todas esas miradas. El ruido la envolvía, pero en su cabeza solo había un latido: "Alicia, Alicia, Alicia". Dobló en un pasillo angosto, y ahí estaba Francisco.
Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, vestido con una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos y pantalón de vestir oscuro. Su figura imponente llenaba el espacio, y sonrió al verla, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que ya ha olido la presa.
—Hola, nena—dijo, y se despegó de la pared—. Mi mujer dijo que vendrías.
Serena quiso responder algo, algún saludo cortés, alguna explicación sobre por qué estaba ahí. Pero Francisco no le dio tiempo. Se acercó, la tomó del mentón con una mano áspera, y la besó. No fue un beso en la mejilla, cálido y educativo. Fue un beso en la boca, directo, con lengua desde el primer segundo. La mano de él le sujetó la nuca, apretando, mientras su lengua exploraba, dominaba, reclamaba. Serena sintió que las rodillas se le aflojaban, pero no se apartó. En algún rincón de su conciencia, una vocecita le decía "¿qué hacés?", pero otra voz, más fuerte y más húmeda, le respondía: "Callate y dejate llevar".
Cuando finalmente separaron sus bocas, la respiración de ella era un pulso irregular. Sus labios estaban hinchados, brillantes de saliva compartida. Quiso protestar, quiso decir algo como "esto no es lo que vine a hacer", pero las palabras se le murieron en la lengua. "Qué le vas a decir", se reprochó a sí misma. "Que sos una mujer casada y que tu marido está en una oficina a tres kilómetros de acá sin saber que te estás besando con otro tipo en un pasillo lleno de obreros". Se quedó callada.
—Ven, pasa—dijo Francisco, guiándola hacia una puerta de madera al fondo. La abrió y la hizo pasar a una oficina pequeña, con un escritorio desordenado, papeles por todos lados, una computadora vieja y un ventilador de pie que giraba lentamente.
Serena miró a su alrededor, buscando a Alicia. No la vio.
—¿Dónde está Alicia?—preguntó, con la voz todavía temblorosa.
Francisco se rió, un sonido grave y pausado, mientras se sentaba en el borde del escritorio, con las piernas abiertas, ocupando todo el espacio.
—No sé—dijo, encogiéndose de hombros—. Tal vez chupándosela a algunos de los empleados. Le gusta hacer eso cuando yo le doy permiso.
Serena se quedó muda. La imagen de Alicia, esa mujer elegante y segura de la noche anterior, arrodillada entre los camiones, con su vestido rojo subido hasta la cintura... la sacudió.
—¿Qué?—atinó a decir.
Francisco la miró fijo, con esos ojos oscuros que lo veían todo. No perdió el tiempo en rodeos. Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y soltó:
—Sin vueltas, nena. Tu marido es un sumiso. Igual que vos. No sé cómo aguantaron tanto tiempo juntos. Los dos sumisos, los dos esperando que alguien les diga lo que tienen que hacer. Lo mejor para un sumiso es obedecer. Por eso viniste acá hoy. Porque necesitás que te digan qué hacer.
Serena sintió que el piso se abría bajo sus pies. Quiso negarlo, quiso decir "no, yo no soy sumisa, yo soy una mujer independiente, tomo mis propias decisiones". Pero la verdad era que había viajado cuarenta minutos en colectivo para ver a Alicia, para mendigar otro encuentro, para... "Para esto", pensó, mientras sus ojos se clavaban en la mano de Francisco bajando lentamente la cremallera de su pantalón.
Él no dijo más. Se reclinó hacia atrás, sacó su miembro del pantalón, y ahí estaba otra vez. Ese animal enorme, semiduro todavía, que ya había estado dentro de ella la noche anterior y ahora la miraba como un ojo único, violeta, exigente.
—Ponete de rodillas—dijo.
Y Serena obedeció. Sin preguntar, sin pensar, sin una sola palabra de resistencia. Sus rodillas tocaron el piso frío de cemento y ella ya estaba frente a él, las manos temblorosas apoyadas en sus muslos, la respiración entrecortada. Al mismo tiempo, Francisco sacó el celular del bolsillo de la camisa, lo desbloqueó, sus dedos se movieron rápidos sobre la pantalla. Serena no le prestó atención. Estaba demasiado concentrada en el miembro que tenía a centímetros de su cara, en el olor a jabón y a hombre, en la forma en que la cabeza ya empezaba a humedecerse.
Lo tomó con la mano, sintiendo el peso, la temperatura. Al principio fue tímida. Pasó la lengua por la punta, apenas, un lametón corto como un beso vergonzante. El sabor era salado, intenso, y algo en su cerebro se desconectó. Volvió a lamer, esta vez más firme, recorriendo toda la longitud desde la base hasta el glande. Y mientras lamía, sintió cómo aquello se contraía, se estiraba, comenzaba a crecer bajo su lengua. Era fascinante verlo. Como si su saliva fuera un hechizo que despertaba a la bestia.
El miembro de Francisco se fue poniendo más grande, y más grande, y más grande, llenando la boca de Serena que apenas podía abarcar la cabeza. Ella gemía alrededor de él, un sonido ahogado, mientras sus labios se estiraban para contener aquel monstruo. Metió más en su boca, y más, sintiendo que las comisuras de sus labios le dolían, que la mandíbula le empezaba a cansar, pero no quería parar. "¿Por qué disfruto tanto de chupársela a otro que no sea Valentín?", se preguntó, mientras su lengua hacía círculos concéntricos alrededor del glande. "¿Por qué esto me parece más rico, más prohibido, más... todo?"
Francisco, arriba, tenía la respiración controlada, como un atleta. Sus dedos se enredaron en el pelo de Serena, en la flor roja que cayó al piso, y apretaron. No la forzó, solo guió. Y Serena, abajo, seguía chupando con más seguridad ahora, con más hambre. Pasaba la lengua por las venas que recorrían aquel tronco, lamía los testículos, los metía en su boca uno por uno mientras su mano seguía masturbando el miembro. Se sentía sucia. Se sentía puta. Y le encantaba.
Lo que Serena no sabía era que Francisco no estaba grabando. No estaba filmando un video para guardar en su teléfono. Había iniciado una videollamada. Del otro lado, Valentín estaba sentado en su oficina, con los codos apoyados en el escritorio, la boca abierta, los ojos clavados en la pantalla de su celular. Había atendido sin saber, y lo que vio lo dejó sin aire. Su mujer. Su Serena. Arrodillada en un piso de cemento, con la boca llena del miembro de otro hombre, los labios hinchados, la lengua trabajando como si fuera una profesión. Y esta vez era diferente, porque no le había pedido permiso. No lo habían hablado. No había reglas.
"Es una puta", pensó Valentín, y el pensamiento le recorrió la espina dorsal como un relámpago, erizándole los vellos de los brazos. Pero no era un insulto. Era una constatación. Y en lugar de enojarse, sintió que se le endurecía el miembro entre las piernas, algo que no había logrado la noche anterior. "Es mi puta", corrigió, y el orgullo y la humillación se mezclaron en un cóctel que le nubló el juicio.
Allá, en la distribuidora, Serena seguía en su tarea. Había perdido la noción del tiempo. Solo existía la boca, la lengua, las manos, y aquel miembro enorme que se movía dentro de ella con un ritmo cada vez más acelerado. Francisco la agarró de los pelos con fuerza ahora, ya sin sutilezas, y comenzó a empujar su cabeza hacia abajo, más adentro, hasta que Serena sintió que la punta le tocaba la garganta. Se ahogó, tosió, pero él no la soltó. Siguió empujando, una y otra vez, hasta que Serena sintió que las lágrimas le brotaban de los ojos por la arcada, hasta que sintió que ya no podía respirar, hasta que...
Francisco se vino. Un chorro caliente, espeso, directo a su garganta. Ella tragó por instinto, ahogándose un poco, tosiendo, pero tragó. El miembro seguía en su boca, palpitando, escupiendo los últimos restos de aquel líquido amargo que a ella le sabía a cielo.
Y entonces Francisco, sin siquiera sacárselo de la boca, giró la cabeza hacia la puerta y gritó:
—¡Carlos, te necesito ahora!
Serena no tuvo tiempo de reaccionar. La puerta se abrió y entró un hombre. Era el mismo que le había indicado la oficina hacía unos minutos. El gordito, de barba descuidada, los ojos pequeños y brillantes. Tendría sesenta años, tal vez más. La piel curtida por el sol, las manos grandes y ásperas, una barriga que asomaba por debajo de la remera manchada de grasa. El anciano, conociendo bien a su patrón, se bajó el cierre del pantalón sin mediar palabra, y sacó un miembro corto pero grueso, ya erecto, con la cabeza morada y un olor fuerte a hombre que no se bañaba todos los días.
—Esta putita casada es muy linda—dijo Carlos, con una voz ronca y gastada, mientras se acercaba.
El miembro de Francisco salió de la boca de Serena con un sonido húmedo, dejando un rastro de saliva que le bajó por el mentón hasta el cuello. Y antes de que pudiera pensar, el miembro de Carlos ya estaba entrando. Ella no lo empujó. No intentó escapar. Todo lo contrario, abrió la boca más, acomodó la lengua, y comenzó a succionar con fuerza, con una desesperación que la sorprendió a ella misma.
"Ese hombre es mayor que mi padre", pensó, mientras su lengua recorría aquella carne arrugada, mientras sentía la barba rasposa de Carlos rozarle la mejilla, mientras escuchaba los gemidos roncos del viejo. "Tiene la edad suficiente para ser mi abuelo". Y ese pensamiento, en lugar de repugnarla, la excitó más que nunca. Era lo prohibido llevado al extremo. Era la transgresión total. Era bajar al infierno y descubrir que en el infierno también se bailaba.
Serena, mientras chupaba a Carlos, llevó una mano a su propio sexo. Por debajo del vestido azul, sus dedos encontraron el clítoris húmedo, hinchado, listo para estallar. Comenzó a masajearse con frenesí, con movimientos circulares que acompañaban el ritmo de su boca. Carlos no duró mucho. Era un hombre viejo, acostumbrado a un tipo de sexo rápido y brusco, sin contemplaciones. Su respiración se hizo más agitada, sus manos se aferraron a la cabeza de Serena, y se vino. Directo a la garganta otra vez. Un chorro caliente, menos abundante que el de Francisco, pero igual de intenso. Serena tragó sintiendo el líquido resbalar por su garganta, y ese contacto caliente, esa invasión final, la empujó al borde.
Su orgasmo llegó como un huracán. Todo su cuerpo se sacudió desde el vientre hacia afuera, las piernas le temblaron, los dedos se le clavaron en su propio sexo, y gimió con la boca llena, un sonido ahogado y obsceno que resonó en la pequeña oficina. Se vino mientras se la chupaba a un anciano que podría ser su padre, y no podía recordar haberse sentido tan viva.
Cuando Carlos salió de su boca, se limpió con el dorso de la mano, se subió el cierre sin mirarla, y salió de la oficina como si nada hubiera pasado. Serena quedó en el piso, de rodillas, con los ojos llorosos, la barbilla brillante de saliva, la cara roja como un tomate, el vestido subido hasta la cintura, y sus propios dedos todavía entre las piernas.
Francisco se arrodilló frente a ella, la levantó del mentón y le mostró el celular. —Mándale un saludo a Valentín—dijo.
Serena giró la cabeza lentamente hacia la pantalla. Y ahí estaba. Su marido. Su Valentín. Con los ojos abiertos como platos, la boca entreabierta, el rostro encendido. La había visto todo. Todo. La videollamada había estado activa desde antes de que ella se arrodillara. Desde el primer lametón. Desde el primer gemido. Desde la entrada de Carlos y su orgasmo final.
Los ojos de Serena se salieron de sus cuencas. El horror y la excitación se enfrentaron en su pecho como dos boxeadores. Quiso taparse, quiso explicarse, quiso decir "yo no sabía". Pero las palabras no salían. Solo acertó a decir, con la voz rota y apenas un hilo:
—Te amo, Valentín.
Y esas palabras, que deberían haber sido un consuelo, una disculpa, un ancla, tuvieron el efecto contrario. Valentín, del otro lado de la pantalla, sintió que se le desarmaba el mundo y se le construía otro nuevo en el mismo instante. Vio a su mujer con la boca llena de otro, con los ojos llorosos, el mentón sucio, el vestido desordenado, y ella le decía "te amo". Y esa contradicción, esa mezcla de sumisión y amor, de entrega total y ternura, lo hizo eyacular sin necesidad de tocarse. Sintió el chorro caliente manchando la tela de su pantalón de vestir, en su oficina, frente a la computadora del trabajo, con los compañeros de al lado sin saber nada.
"Esto no es normal", pensó, mientras el placer lo recorría. "Pero no quiero que sea normal".
—Estás hermosa como siempre—respondió Valentín, con una voz que no parecía suya, una voz grave y ronca—. Te amo.
Y la videollamada se cortó. Francisco apagó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo, y se incorporó con una sonrisa de suficiencia.
—Ahora ándate, nena, que tenemos que trabajar. Pero pronto les haremos una visita. Vos y ese marido sumiso tuyo.
Serena se puso de pie con las piernas aún temblorosas. Se acomodó el vestido, se secó la cara con el dorso de la mano, se pasó los dedos por el pelo enmarañado. Obedeció como una buena perra. Salió de la oficina sin mirar atrás, caminó por el pasillo, pasó entre los galpones, sintió otra vez las miradas de todos los hombres sobre su cuerpo. Pero esta vez era diferente. Ahora sabía que ellos sabían. Alguien debía haber visto a Carlos entrar y salir, o que escucharon los gemidos, o que ya estaban acostumbrados a que las mujeres entraban a esa oficina y salían con el maquillaje corrido. "Todos saben", pensó. "Y a mí me gusta que sepan".
Salió a la calle, el sol le pegó en la cara, y caminó hacia la parada del colectivo con el corazón latiendo con fuerza, con una sola pregunta girándole en la cabeza como un mantra:
"¿Cuándo me vendrán a visitar?"
Porque no era un "si" volvían. Era un "cuándo". Y ella estaría esperando, con la boca abierta y las piernas temblorosas, lista para obedecer.
Continuara...
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