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Pareja Swinger: El despertar de una hotwife — Parte 3
El colectivo la dejó en la esquina de su casa y Serena caminó las dos cuadras finales con una mezcla de agotamiento y electricidad recorriéndole el cuerpo. El vestido azul claro ya no lucía igual que cuando salió; estaba arrugado, ligeramente subido de un lado, y la flor roja había desaparecido para siempre en el piso de esa oficina. Sus piernas aún temblaban y sentía el sabor salado de los dos hombres en la garganta, un recordatorio constante de lo que había hecho. Subió los escalones de su casa, abrió la puerta y se encontró con la penumbra del living. De la habitación llegaba el ruido de la ducha.
Valentín ya había llegado. Se había ido del trabajo antes, había manchado el pantalón como un adolescente, había inventado una excusa cualquier para salir de la oficina y ahora estaba ahí, enjabonándose el cuerpo como si pudiera borrar lo que había visto. Serena se sentó en el sillón, justo en el mismo lugar donde la noche anterior Valentín había eyaculado sin tocarse mirándola a ella. El sillón aún conservaba una mancha apenas visible. Pasaron los minutos y el agua dejó de correr. Valentín salió del baño envuelto en una toalla, el pelo todavía mojado, y al verla se quedó quieto en el marco de la puerta.
Se miraron en silencio. La vergüenza y la excitación bailaban entre ellos como dos serpientes enroscadas.
—Llegaste—dijo él, con una voz que no era acusatoria ni cálida, solo neutra.
—Sí—respondió ella, bajando la mirada.
Valentín caminó hacia el sillón, se sentó a su lado, y por un largo rato ninguno habló. Solo se escuchaba el tictac del reloj de la cocina y la respiración agitada de ambos. Fue él quien rompió el silencio, pero no con un reproche, sino con una confesión.
—Te vi—dijo, girando la cabeza hacia ella—. Te vi todo el tiempo. Cuando se la chupabas a Francisco. Cuando entró ese viejo. Cuando te hiciste acabar con la mano mientras lo tenías en la boca. Vi todo, Serena.
Ella sintió que las mejillas le ardían. Quiso explicarse, quiso decir que no sabía que él estaba mirando, que fue sin querer, que ella solo había ido a hablar. Pero las palabras se atascaron en su garganta porque sabía que no era verdad. Había ido a buscarlo. Había ido deseando que pasara algo. Y pasó.
—Sos una puta—dijo Valentín, y la palabra cayó entre ellos como un ladrillazo. Pero antes de que Serena pudiera sentirse ofendida, él continuó, con los ojos brillantes—. Una puta hermosa. Y me encanta que seas así. Me encanta haberte visto ahí, arrodillada, con la boca llena. Me encanta que hayas venido antes de que se te secara la saliva.
Serena abrió la boca, sorprendida. "¿No está enojado?", pensó. "¿No me va a reclamar?".
—Valen, yo... yo no quería que te enteraras así. No sabía que estaba en videollamada. Fue sin querer—dijo ella, con la voz quebrada.
—¿Sin querer te pusiste de rodillas? ¿Sin querer se la chupaste a Francisco? ¿Sin querer te viniste con la boca llena de un viejo que podría ser tu abuelo? —la interrumpió él, pero sin crueldad, con una sonrisa apenas dibujada en los labios.
Ella negó con la cabeza, y entonces soltó la verdad:
—No, no fue sin querer. Lo hice porque quise. Porque me encanta. Porque no puedo dejar de pensar en esa noche y en esa oficina y en cómo me sentí viva como no me sentía hace años. Lo hice porque soy una puta, Valen. Tu puta. Y me encanta serlo.
El silencio que siguió fue de esos que pesan toneladas. Pero Valentín no se levantó ni la insultó. Al contrario, se acercó a ella, le tomó la cara entre las manos, y la besó. No fue un beso salvaje ni desesperado. Fue un beso tierno, lento, casi infantil. Un beso de esos que se daban cuando tenían quince años y se escondían detrás del gimnasio del colegio. Sus lenguas se encontraron con suavidad, sin urgencia, y las manos de Valentín acariciaron la nuca de Serena con una ternura que la hizo lagrimear.
Se separaron apenas, las frentes apoyadas una contra la otra. Las manos de Valentín bajaron por el cuerpo de Serena, deslizándose por el vestido arrugado, encontraron sus pechos, los apretaron suavemente. Las manos de ella buscaron entre las piernas de él, encontraron su miembro, lo acariciaron, sintieron cómo se endurecía bajo sus dedos. Pero ninguno fue más allá. Sabían que esa noche no era para eso. Sabían que necesitaban otras cosas, otras personas, otras dinámicas para poder pasarla mejor. Se quedaron ahí, acariciándose, besándose, disfrutando del contacto sin llegar a la penetración, como dos amantes que están redescubriéndose después de una larga ausencia.
Pasaron los días. Tres días largos, interminables, en los que cada minuto era una pregunta sin respuesta. ¿Volverían a llamarlos? ¿Había sido solo una prueba? ¿Los habían descartado? Serena revisaba el teléfono a cada rato, y Valentín fingía no notarlo, pero él también miraba el suyo cada vez que ella se daba vuelta. La rutina volvió, esa rutina que tanto odiaban, pero ahora había una diferencia: en la cama se tocaban con una nueva intimidad, se susurraban al oído lo que querían hacer y que les hicieran, y se dormían abrazados, con los cuerpos calientes y las mentes llenas de imágenes que aún no habían sucedido.
Fue la tarde del tercer día cuando el teléfono de Serena vibró. Era un mensaje de Alicia.
—Esta noche vamos a cenar a su casa. Cocinen algo rico. Pero no se esfuercen demasiado, la cena es lo de menos.
A Serena le pareció raro que Alicia le dijera qué hacer en su propia casa, que le ordenara cocinar como si fuera una empleada. Pero algo en esa orden le gustó. "Odio pensar que debo cocinar", pensó, mientras se paraba frente a la heladera mirando los ingredientes sin verlos. "Pero me encanta que me lo ordenen". Decidió hacer una pasta, algo sencillo, porque sabía que la comida no iba a ser lo importante esa noche.
Se pasó la tarde preparándose. Se bañó con esmero, se depiló cada centímetro de piel, se perfumó en los lugares que solo ella conocía. Eligió el atuendo con cuidado, probándose tres vestidos diferentes antes de decidirse por uno negro, corto, de un género tan fino que parecía una segunda piel. Era escotado, sí, pero no vulgar: dejaba ver apenas el inicio de sus pechos, insinuaba más de lo que mostraba. Se puso tacos altos, se recogió el pelo en un moño desprolijo del que escapaban algunos mechones ondulados, y se pintó los labios de un rojo oscuro, casi vino. Cuando Valentín llegó del trabajo y la vio, se quedó mudo en la puerta de la habitación.
—Estás...—intentó decir, pero las palabras no le salían.
—¿Estoy qué? —preguntó ella con una sonrisa pícara.
—Estás peligrosa—respondió él, y fue a cambiarse.
Valentín, por su parte, eligió un pantalón de vestir negro y una camisa blanca, sencilla, sin corbata. No quería competir con nadie, no quería llamar la atención. Sabía que esa noche él no era el protagonista. Y algo en esa certeza lo tranquilizaba más de lo que hubiera imaginado.
El timbre sonó a las nueve en punto. Puntuales como un reloj suizo. Serena abrió la puerta y ahí estaban. Francisco, con una camisa negra de seda, los primeros tres botones desabrochados dejando ver un pecho ancho y canoso, pantalón de cuero, botas. Su presencia era un imán, y su mirada se clavó en Serena como un cuchillo. Alicia, a su lado, llevaba un vestido verde esmeralda, largo hasta los pies, con una abertura que comenzaba en la cadera y terminaba en el tobillo, mostrando una pierna larga y torneada cada vez que daba un paso. El pelo lacio y negro le caía sobre los hombros, y sus labios brillaban con un gloss incoloro que los hacía parecer húmedos todo el tiempo. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrían el cuerpo de Serena con una familiaridad que rozaba lo obsceno. Las dos mujeres se miraron y hubo un momento, apenas un segundo, en el que el mundo se detuvo.
—Pasá—dijo Serena, y su voz sonó más grave de lo habitual.
La cena empezó como cualquier cena. Sentados alrededor de la mesa del comedor, la misma donde cuatro noches atrás Serena había sido penetrada por primera vez por Francisco. La pasta humeaba en los platos, el vino tinto brillaba en las copas. Pero la normalidad duró poco. Apenas terminaron de servir, Francisco alzó la mirada hacia Serena y dijo, sin darle opción:
—Vení, nena. Sentate acá.
Y señaló sus piernas. Serena obedeció. Se levantó de su silla, caminó alrededor de la mesa, y se sentó en la falda de Francisco, de costado, con las piernas colgando. Él la rodeó con un brazo, y su mano grande se posó sobre su muslo desnudo, acariciando con lentitud, subiendo apenas por debajo del borde del vestido.
Valentín, que seguía en su silla, recibió la siguiente orden de Alicia:
—Vos, sirvi la cena. La ensalada está vacía.
—¿Perdón? —preguntó Valentín, sin entender.
—¿No escuchaste bien? —intervino Francisco, con una voz que no admitía réplica—. Serví la cena. Sos el mozo esta noche.
Valentín miró a Serena, buscando alguna señal, alguna complicidad. Ella lo miró también, y en sus ojos había una mezcla de vergüenza y excitación. El asintió casi imperceptiblemente. Valentín se levantó, tomó la fuente de ensalada vacía, fue a la cocina, la llenó, y volvió a servirles a todos como un simple empleado. Cuando terminó, se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que Alicia señaló el suelo junto a sus pies.
—Ahí. Arrodíllate ahí y espera.
Valentín se arrodilló. En el piso de su propio comedor, frente a su propia mujer sentada en las piernas de otro hombre. Y en lugar de sentirse humillado, sintió que algo en su pecho se aflojaba, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida sin saberlo.
La cena transcurrió así. Francisco comía con una mano y con la otra acariciaba a Serena, subiendo y bajando por su muslo, apretando su nalga, dibujando círculos en su cadera. De vez en cuando, se inclinaba y besaba su cuello, largamente, mordisqueando la piel, dejando marcas que Valentín podía ver desde el suelo. Serena cerraba los ojos y dejaba que su cuerpo se abandonara. No tenía que hacer nada. Solo dejarse tocar, dejarse besar, dejarse poseer. Alicia conversaba con normalidad, como si nada de eso estuviera pasando. Hablaba del clima, de las vacaciones que habían planeado para el verano, de una amiga en común. Y mientras hablaba, observaba a su marido jugar con Serena como un gato juega con un ratón, y observaba a Valentín arrodillado, con la mirada fija en el muslo de su mujer bajo la mano de otro.
Los cuatro disfrutaban de sus roles. Serena, de ser deseada y usada. Francisco, de tener el poder. Alicia, de controlar la escena desde la distancia. Y Valentín, de mirar.
Cuando la cena terminó, Alicia dejó los cubiertos sobre el plato vacío, se limpió la boca con la servilleta, y clavó sus ojos en Valentín. Él, todavía arrodillado, sintió el peso de esa mirada como una mano invisible que le apretaba la garganta.
—Desnúdate—ordenó Alicia.
Valentín dudó un segundo. Miró a Serena, que desde las piernas de Francisco le devolvió una mirada suave, alentadora. "Hacelo", decían sus ojos. Y él lo hizo. Se puso de pie, se sacó la camisa, doblándola con cuidado sobre el respaldo de una silla. Se bajó el pantalón, lo dejó caer al suelo. Se sacó los zapatos, las medias. Finalmente, el calzoncillo. Quedó desnudo frente a los cuatro, con su miembro pequeño y blando, pegadito a su vientre, como un caracol asustado.
Alicia se rió. No fue una risa cruel, sino una risa divertida, casi maternal, como si estuviera viendo a un niño hacer una travesura.
—Ay, chico—dijo, señalando su entrepierna con un dedo largo y uñas pintadas de rojo—. Mirá lo que tenés ahí. Parece un dedo meñique. ¿Con eso le das felicidad a tu mujer?
Valentín sintió que las mejillas se le encendían, pero no respondió. Sabía que no tenía que responder. Alicia se inclinó hacia adelante en su silla, con el vestido verde abriéndose un poco más, mostrando el inicio de su muslo blanco.
—Ponete de rodillas—ordenó otra vez.
Él obedeció. Las rodillas desnudas tocaron el piso frío del comedor. Alicia se quitó un zapato de taco aguja, y luego el otro, y extendió su pie derecho hacia él. Sus dedos, pintados del mismo rojo que las uñas de las manos, brillaban bajo la luz del comedor.
—Chúpamelos—dijo, con una voz que no era un pedido sino una sentencia.
Valentín alargó la mano con timidez, tomó el tobillo de Alicia, y acercó su boca a sus dedos del pie. Los chupó, uno por uno, con una mezcla de repugnancia y sumisión que le revolvía el estómago. Los dedos sabían a crema y a nada más, pero el acto en sí mismo era lo más degradante que había hecho en su vida. Y ese pensamiento lo excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mientras Valentín chupaba los dedos de los pies de Alicia en el suelo, Serena y Francisco se besaban sobre la silla. Besos profundos, de lengua, de esos que se dan cuando ya no queda nada que esconderse. Francisco la tenía agarrada de la nuca, y su otra mano había subido por el vestido de Serena hasta encontrar su pecho, que apretaba con fuerza, rodando el pezón entre sus dedos. Serena gemía contra su boca, y su cuerpo se arqueaba, buscando más contacto, más presión. En ese momento, justo cuando la mano de Francisco estaba a punto de meterse debajo de la tela del vestido, sonó el timbre.
Serena se sobresaltó. Dieron las diez de la noche, ¿quién podía ser a esa hora? Miró a Valentín, que seguía chupando los pies de Alicia como si nada, y luego a Francisco, que sonreía con suficiencia. Alicia, en cambio, se puso de pie con naturalidad, como si estuviera en su propia casa, y caminó descalza hacia la puerta.
—Tranquila, nena—le dijo a Serena, guiñándole un ojo—. Son invitados.
Abrió la puerta y entraron cuatro hombres. Cuatro hombres de distintas edades, distintas alturas, distintos cuerpos. Serena sintió que el corazón se le subía a la garganta. Los miró uno por uno: había uno joven, de unos veinticinco años, rubio, ojos claros, cuerpo atlético. Otro de unos cuarenta, canoso, con una barriga cervecera pero brazos fuertes. Otro de unos treinta, morocho, tatuado, con una barba espesa y una sonrisa llena de dientes blancos. Y el último, un hombre mayor, de unos sesenta, flaco, arrugado, con una mirada inteligente y manos largas de pianista.
Francisco se incorporó, dejando a Serena sola en la silla, y se paró frente a ella como un maestro frente a su alumna.
—Hoy yo no te cojo, nena—dijo, con esa voz grave que ya era su sello—. Lo harán estos cuatro.
Serena abrió grandes los ojos. "¿Cuatro?", pensó. "¿Todos a la vez?".
Francisco notó su expresión y continuó, como si leyera sus pensamientos:
—Excepto que tu marido se oponga.
Todos giraron la cabeza hacia Valentín. Él seguía en el suelo, arrodillado, con la boca pegada a los dedos de los pies de Alicia. Se detuvo apenas, levantó la mirada, y vio a su mujer rodeada de esos cuatro desconocidos. Vio el miedo y la excitación en sus ojos. Vio también las ganas. Y entonces, sin soltar el pie de Alicia, negó con la cabeza.
No dijo una palabra. No hizo falta.
Los cuatro hombres sonrieron. No eran sonrisas malvadas, sino sonrisas de expectativa, de quienes saben que están a punto de disfrutar un buen banquete. Se acercaron a Serena y empezaron a tocarla. Por encima de la ropa al principio, con las manos grandes y ásperas, explorando cada curva, cada rincón. Uno le acariciaba el pelo, otro le apretaba un pecho, el de la barba le metió la mano entre las piernas y frotó suavemente sobre la tela del vestido. Serena cerró los ojos y se dejó hacer. "Soy una muñeca", pensó. "Una muñeca que se deja tocar".
Francisco, mientras tanto, se alejó del grupo, se sentó en un sillón, sacó su miembro ya erecto, y se lo posó en la boca a su mujer. Alicia, que había vuelto a sentarse en su lugar, tomó aquella cosa enorme entre sus labios y comenzó a chupar con parsimonia, mientras sus ojos seguían fijos en Valentín, que seguía arrodillado, que seguía chupándole los dedos de los pies. Los cuatro hombres rodearon a Serena y la levantaron de la silla. La llevaron hacia la pared del comedor y fue ahí que comenzó la danza.
El primero se llamaba Martín. Tenía veinticinco años, el cuerpo de un rugbier, ancho de hombros y angosto de caderas. Su miembro, cuando se lo bajó, era largo y recto como una lanza, de un rosado pálido que contrastaba con el vello rubio de su pubis. Martín levantó a Serena, la apoyó contra la pared, y sus manos grandes le agarraron las nalgas para sostenerla. Ella enredó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la punta de aquella lanza presionando en su entrada. Martín la besó en la boca mientras entraba. Fue lento, muy lento, como si quisiera saborear cada milímetro. Serena sintió cómo la abría, cómo su cuerpo se ajustaba a una nueva forma, una nueva temperatura, una nueva textura. Cuando estuvo completamente dentro, Martín se quedó quieto un segundo, apoyó la frente contra la de ella, y susurró: —Qué rica sos—. Luego comenzó a moverse. Al principio era lento, un vaivén pausado que hacía que cada embestida fuera profunda, completa. Serena gemía bajito, con la boca pegada al cuello de él, mordiéndole la piel para no gritar. Pero poco a poco el ritmo fue aumentando. Martín empezó a embestir con más fuerza, con más violencia, golpeando sus caderas contra las de ella, haciendo que su espalda rebotara contra la pared. Serena sentía todo: la aspereza de la pared contra sus omóplatos, la humedad entre sus piernas, el sudor de Martín cayéndole en la cara. Él la penetraba con una fuerza que la iba corriendo hacia arriba, y ella se agarraba de sus hombros como un náufrago a un salvavidas. —Duro—le pidió ella, con la voz entrecortada—. Más duro. Martín obedeció. Agarró las piernas de Serena, se las subió hasta los hombros, y la empujó contra la pared con una fuerza que la sacudió entera. La embistió así, sin piedad, hasta que Serena sintió que el placer le ardía en el vientre como una brasa. No llegó a venirse, pero quedó al borde, temblando, con la respiración rota. Martín se retiró cuando todavía estaba duro, y la dejó apoyada en la pared, con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura.
El segundo se llamaba Darío. Tenía cuarenta años, de esos que se notan en las canas de las sienes y en las arrugas alrededor de los ojos. Su cuerpo era el de un exdeportista que había dejado de entrenar: una barriga suave pero brazos que aún recordaban la fuerza de otros años. Su miembro era corto pero grueso, más ancho que largo, como una manzana de carne. Darío la tomó de la mano y la llevó hacia la mesa del comedor, la misma donde dos noches atrás Francisco la había desvirgado en otro sentido. Hinco apenas a Serena a subirse, y ella obedeció, acostándose boca arriba sobre la madera fría, sintiendo el roce de los platos vacíos contra su espalda. Darío se puso entre sus piernas abiertas, la agarró de las caderas, y entró de una sola vez. La anchura de su miembro hizo que Serena jadeara como si le faltara el aire. No era la profundidad de antes, era lo abarcante, la sensación de estar llena hasta los bordes. Darío comenzó a moverse con un ritmo constante, como un mecánico que sabe exactamente qué pieza ajustar. Y mientras él la penetraba, apareció el tercero, que se llamaba Joel. Joel tenía treinta años, morocho, tatuado, con una barba tan espesa que parecía un bosque. Su miembro era de tamaño mediano, pero lo que le faltaba en longitud lo compensaba en técnica. Joel se paró junto a la cabeza de Serena, pasó su miembro por sus labios, y Serena lo tomó en la boca sin que nadie se lo pidiera. Así quedó Serena: con Darío dentro de ella, moviéndose con un ritmo infatigable, y con Joel en su boca, empujando apenas, dejando que ella decidiera la profundidad. Los dos hombres se movían al unísono, entrando y saliendo, haciendo que Serena se sintiera como un instrumento que dos músicos expertos tocaban a la vez. Ella succionaba a Joel con hambre, chupándole la cabeza, lamiéndole los testículos cuando él se retiraba un momento, mientras abajo Darío la golpeaba con esa anchura que la volvía loca. Serena sintió el primer orgasmo de la noche cuando Darío aceleró el ritmo y Joel metió toda su longitud en su boca al mismo tiempo. Se le nubló la vista, un grito ahogado se perdió en el miembro de Joel, y su cuerpo se sacudió entero sobre la mesa, derribando dos copas de vino que se hicieron añicos en el piso. Nadie les prestó atención.
Joel se retiró de su boca cuando sintió que estaba cerca de venirse, porque todavía quedaba mucha noche por delante. Ayudó a Serena a bajar de la mesa, la tomó de la mano, y la llevó al piso, justo al lado de donde Valentín seguía arrodillado, chupándole los pies a Alicia. Valentín, que había visto todo, que había visto a su mujer gemir sobre la pared y sobre la mesa, que la había visto tragarse el miembro de otro desconocido, sintió que se le endurecía otra vez. "Qué bueno que la pasen bien", pensó, y la palabra "bien" se le quedó corta porque Serena parecía estar en otro planeta.
Joel puso a Serena en cuatro patas en el piso, justo frente a Valentín, de manera que él pudiera ver su rostro mientras ella era penetrada por detrás. Joel se colocó detrás de ella, y a diferencia de los otros dos, él no fue ni lento ni constante. Fue salvaje. Entró con violencia, sin permiso, sin esperar a que ella se adaptara. Serena gimió de dolor y placer al mismo tiempo, y sus brazos cedieron, dejando caer la parte superior de su cuerpo sobre el piso. Joel la agarró de las caderas y la embistió como un animal, rápido, desordenado, con una fuerza que hacía que el cuerpo de ella se sacudiera hacia adelante cada vez. La cara de Serena quedó a centímetros de las rodillas de Valentín. Desde ahí, él podía ver cada una de sus expresiones: la boca abierta, los ojos vidriosos, las lágrimas que se le escapaban por la intensidad. Valentín, que seguía chupando los dedos de Alicia, sintió que se le escapaba la respiración. "Está disfrutando", pensó, "mi mujer está disfrutando de verdad". Y el pensamiento lo empujó al borde del abismo. Sintió que se venía sin que nadie lo tocara, igual que en la oficina, igual que la noche de la cena. Un chorro caliente y espeso manchó el piso de su comedor, justo entre las rodillas de Alicia y la cara de Serena. Alicia lo vio, sonrió, y siguió chupando el miembro de Francisco como si nada.
El cuarto hombre se llamaba Rubén. Era el mayor de todos, sesenta años, flaco como un alambre, con la piel colgándole de los brazos y la espalda encorvada. Pero sus manos eran enormes, manos de pianista, manos que habían tocado miles de teclas y ahora tocaban el cuerpo de Serena. Su miembro era delgado y largo, curvado ligeramente hacia arriba, como una medialuna pálida. Cuando Joel terminó con ella, jadeante y sudorosa, Rubén se acercó, la levantó del piso con una fuerza que no parecía propia de su edad, y la llevó hasta el sofá del living. La acostó boca arriba, le subió las piernas hasta apoyárselas en los hombros, y se inclinó sobre ella. Su miembro delgado entró fácil, resbalando por la humedad que dejaron los otros tres, y Rubén comenzó a moverse con una lentitud calculada, con una paciencia de viejo zorro. No embestía como los otros, sino que se retiraba casi por completo y volvía a entrar despacio, haciendo que Serena sintiera cada centímetro de esa curva ascendente. Era como si la estuviera midiendo, como si la estuviera saboreando. Serena, que ya había tenido un orgasmo y estaba cerca del segundo, sintió que con Rubén llegaba a un lugar distinto, más profundo, más íntimo. Él no decía nada, solo la miraba fijo a los ojos mientras entraba y salía, entraba y salía, con ese ritmo hipnótico. Serena cerró los ojos y se dejó llevar. Su segundo orgasmo llegó como una ola, suave al principio y luego arrolladora, sacudiéndole el vientre, las piernas, los brazos. Rubén se detuvo apenas sintió los espasmos de ella, y esperó a que pasara la tormenta, con una sonrisa apenas visible entre las arrugas.
Cuando Serena abrió los ojos, estaba agotada. Había tenido dos orgasmos intensos, pero los cuatro hombres estaban lejos de acabar. Martín aún tenía el miembro duro, Darío también, Joel estaba igual de erecto que al principio, y Rubén, a pesar de su edad, no había terminado. Serena, desnuda, sudada, con el vestido hecho un guiñapo en el piso, fue levantada en brazos entre Martín y Darío. La llevaron por el pasillo, hacia la habitación principal. La cama que compartía con Valentín. Esa cama donde había dormido todas las noches de los últimos años, donde había concebido sueños y pesadillas, donde había llorado y reído. Ahora la tiraron sobre el colchón, y los cuatro hombres la rodearon.
Serena no opuso resistencia. Al contrario, abrió los brazos y las piernas, ofreciéndose, sonriendo con una lujuria que nunca había sentido antes. "Soy feliz", pensó, mientras Martín se ponía detrás de ella y entraba por el culo sin avisar, un dolor agudo que se transformó en placer cuando Joel se metió en su boca al mismo tiempo. Darío se puso a un lado y le ofreció su miembro para que lo masturbara con la mano, y Rubén, el viejo, se sentó en el borde de la cama y acarició sus pies mientras miraba la escena. Así estuvieron horas. Cuatro hombres, una mujer, una cama, y ningún límite. Serena era penetrada por todos lados, besada, mordida, ahorcada suavemente, estimulada sin descanso. Perdió la cuenta de cuántas veces se vino. Perdió la noción del tiempo. En algún momento, escuchó a lo lejos la puerta cerrarse, escuchó las voces de Alicia y Francisco despidiéndose, escuchó a Valentín caminando descalzo por el pasillo. Pero todo eso era otra dimensión, una realidad paralela. Su realidad era el colchón, los cuerpos encima de ella, los miembros dentro de ella, los gemidos, los gritos, el olor a sudor y sexo que impregnaba las sábanas.
En el comedor, mientras tanto, Francisco terminó en la boca de Alicia con un gruñido. Alicia tragó todo, limpiándose los labios con el dorso de la mano, y luego miró a Valentín, que seguía arrodillado en el piso, con una mancha seca entre sus piernas y los dedos de ella aún húmedos de su propia saliva.
—El único que no tendrá sexo hoy sos vos—dijo Francisco, con una sonrisa cruel—. Pero tenés permiso de masturbarte mirando a mi mujer desnuda.
Alicia, que seguía sentada en su silla, se quitó el vestido verde esmeralda en un solo movimiento, dejando al descubierto un cuerpo exuberante, tetas grandes y caídas apenas, caderas anchas, un vello púbico recortado en forma de triángulo. Valentín la miró, y sin pensarlo, comenzó a masturbarse. No duró ni medio minuto. Acabó otra vez sobre el piso de su comedor, mientras del cuarto llegaban los gemidos de Serena, ahora más agudos, más desesperados. Alicia se acercó a él, le acarició el cabello con una mano suave.
—Qué lindo sumiso—dijo, con una voz que ya no tenía burla sino algo parecido al cariño—. Nosotros nos vamos, pero mañana a la noche los venimos a buscar. Los vamos a invitar a una fiesta especial.
Francisco, que ya se había abrochado los pantalones, se paró frente a Valentín, que seguía en el suelo, y le habló como quien da una orden a un perro:
—Quédate a dormir en el sofá. En tu cama no habrá espacio para vos.
Dieron media vuelta, Alicia recogió su vestido del piso, y se fueron sin mirar atrás. La puerta se cerró y Valentín se quedó solo en el comedor, con el sonido de los gemidos de su mujer llenando toda la casa. Obedeció, como le habían ordenado. Se levantó del piso, fue al baño, se limpió a medias, y se acostó en el sofá del living. Desde ahí, los gritos de Serena se escuchaban más atenuados, pero igual de claros. Valentín se quedó mirando el techo, sin dormir, escuchando cómo su mujer era penetrada una y otra vez por cuatro desconocidos en la cama que compartían. Cerró los ojos, y en lugar de sentir celos, sintió una paz extraña, una satisfacción profunda. "Es feliz", pensó. "Y yo también".
Tres horas después, tal vez cuatro, los gemidos cesaron. Sonaron pasos en el pasillo, risas roncas, conversaciones en voz baja. Valentín se incorporó en el sofá. Vio salir a los cuatro hombres desde la habitación, desnudos todavía, con los miembros flácidos y las caras sudadas. Caminaron hacia la puerta de la calle, y Valentín, desnudo también porque seguía como estaba desde antes, se levantó para abrirles. Se paró en el marco de la puerta, como un portero, y fue despidiéndolos uno por uno.
El primero en salir fue Martín, el joven rubio. Le dio una palmada en la espalda y le dijo, con una sonrisa amplia:
—Qué mujer tenés, loco. Es un espectáculo. Felicitaciones.
El segundo, Darío, el de cuarenta años, se detuvo un momento, se puso la mano en la cintura y agregó:
—Es una buena puta, eh. De las que no se encuentran todos los días. Cuidala.
El tercero, Joel, el tatuado, se acercó a Valentín, lo miró a los ojos y se rió bajito.
—Me encanta como la chupa. Tiene la boca más caliente que el infierno. La próxima avisame nomás.
El cuarto, Rubén, el viejo flaco, se detuvo en la puerta, se puso la mano en el hombro de Valentín como un abuelo cariñoso, y le susurró:
—Ojalá que la haya preñado. Con lo que le metí adentro, si no queda embarazada, es porque es estéril. Qué suerte la tuya, pibe.
Y se fue, riéndose solo. Valentín cerró la puerta con llave, se quedó un momento apoyado en la madera, y sintió que todo su cuerpo vibraba. Las palabras de esos hombres, en lugar de lastimarlo, lo llenaron de morbo. Se volvió al sofá, se sentó en el mismo lugar de siempre, y comenzó a masturbarse mirando la puerta cerrada de su habitación, detrás de la cual su mujer yacía en un estado que él nunca le había provocado. Acabó rápido, derramándose en su propia mano, y luego se quedó en el sofá, desnudo, mirando el techo.
En la habitación, Serena estaba dormida. Su cuerpo era un mapa de marcas: moretones en las caderas donde la habían agarrado, marcas de dientes en los pechos, el cuello, los muslos. Su pelo era un nudo imposible, su maquillaje un recuerdo borroso, sus labios hinchados y resecos. Una mezcla de fluidos secos cubría sus piernas, su vientre, sus pechos. Fluidos de hombres que no conocía, cuyos nombres ya había olvidado o tal vez nunca supo. Y sin embargo, en su rostro dormido había una paz absoluta, una sonrisa pequeña en la comisura de los labios. Algo había cambiado en ella para siempre. Ya no era la Serena que se enojó cuando Valentín propuso el intercambio. Tampoco era la Serena tímida que se dejó penetrar por primera vez sobre la mesa del comedor. Era otra cosa. Una mujer que había descubierto un poder inmenso en la sumisión, una perra que sabía que era deseada, un cuerpo que ya no le pertenecía solo a ella sino a todos los que supieran mirarlo. Sin darse cuenta, mientras dormía, mientras soñaba con manos y bocas y miembros que entraban y salían, Serena se estaba convirtiendo en una verdadera hotwife. Y lo mejor, lo más terrible y maravilloso de todo, era que le encantaba.
Continuara...
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