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Pareja Swinger: El despertar de una hotwife — Parte 4
El sol entró por la ventana como un ladrón, despertando a Serena con un rayo de luz directo en los ojos. Parpadeó varias veces, confundida, hasta que el dolor de su cuerpo le recordó todo lo que había pasado. Cada músculo le dolía, cada articulación protestaba al menor movimiento. Intentó incorporarse y un gemido escapó de sus labios. Su cuerpo era un campo de batalla, y en esa batalla, ella había salido victoriosa, pero pagando un precio alto. Se llevó la mano a la entrepierna y sintió una sensación de ardor, una inflamación que le recordaba el paso de demasiados hombres, demasiadas embestidas, demasiada pasión desenfrenada.
A su lado, la cama estaba vacía. Valentín ya se había ido al trabajo, como todas las mañanas, como si nada hubiera pasado. Pero Serena sabía que nada volvería a ser igual. Se levantó con esfuerzo, caminó descalza hasta el baño, y se miró al espejo. La imagen que le devolvió era casi irreconocible: ojeras profundas, labios resecos y ligeramente hinchados, marcas de mordiscos en el cuello y los hombros. Su pelo era un enredo de ondas descontroladas. Pero sus ojos, sus ojos tenían una luz nueva, un brillo que no estaba ahí unos días atrás. "Soy otra", pensó. "Y me gusta".
Abrió la llave de la ducha y esperó a que el agua caliente empezara a llenar la bañera. Se quitó la remera con la que había dormido, la única prenda que había encontrado la noche anterior después de que los cuatro hombres se fueron, y se miró desnuda frente al espejo del placard. Su cuerpo moreno estaba marcado. Moretones en las caderas en forma de dedos, marcas de dientes en los pechos, uno especialmente oscuro en el muslo izquierdo. Había un arañazo en su espalda que no recordaba, y sus pezones, aún erectos, estaban sensibles al roce del aire. Se tocó con suavidad y sintió un escalofrío recorrerle la columna. Entró en la ducha y el agua caliente le cayó encima como un bálsamo.
Cerró los ojos y se dejó acariciar por el chorro. El vapor empezó a llenar el baño, y Serena tomó el jabón de glicerina, el que olía a lavanda y que solía usar para los días especiales. Se enjabonó los brazos lentamente, deslizando las manos por su piel morena, sintiendo cada poro, cada vello, cada terminación nerviosa. Luego pasó a los hombros, acariciándose con suavidad, imaginando que eran las manos de otro. Las manos de Francisco, tal vez, o las de ese viejo Carlos, o las de Martín, Darío, Joel, Rubén. Todos esos hombres que habían dejado su huella en ella. Se enjabonó los pechos, rodeando cada uno con sus manos, apretándolos suavemente, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo sus dedos. El agua resbalaba por su vientre plano, y ella dejó que una mano descendiera más, hacia el vello púbico, hacia ese lugar que tantas veces había sido invadido en las últimas horas. Se tocó con timidez al principio, luego con más seguridad, frotando su clítoris con movimientos circulares mientras su otra mano apretaba un pecho. El vapor la envolvía, y en ese momento de intimidad consigo misma, Serena tuvo un orgasmo pequeño, rápido, un suspiro más que un grito. Se apoyó en la pared de la ducha, jadeante, y el agua siguió cayendo sobre su espalda mientras el placer se disolvía lentamente.
Salió del baño envuelta en una toalla, se secó el pelo y se puso una remera larga de Valentín, una de esas que le llegaba hasta media pierna. Bajó a la cocina, preparó un café y se sentó en la mesa del comedor, la misma donde noches atrás habían ocurrido tantas cosas. El sol de la tarde ya empezaba a declinar cuando escuchó la llave en la puerta. Valentín entró con su traje de oficina, la corbata ligeramente aflojada, las ojeras marcadas. Se quedó en el marco de la puerta de la cocina, mirándola con una expresión que Serena no supo interpretar.
—¿Qué?—preguntó ella, sorprendida por su silencio.
Valentín se acercó, se sentó frente a ella, y dijo con una calma que ocultaba una emoción contenida:
—Aún no estás lista.
Serena frunció el ceño. —¿Lista para qué?
Él se llevó la mano a la frente, como si acabara de recordar algo importante. —Me olvidé de decirte. Francisco y Alicia nos invitaron a una fiesta especial. Para esta noche.
Serena sintió que el corazón le daba un vuelco. Dejó la taza de café sobre la mesa y se puso de pie con una energía que no tenía hacía horas, con una alegría casi infantil.
—¿Una fiesta? ¿Qué fiesta? ¿Dónde? ¿Cuándo?—preguntó, mientras ya caminaba hacia la habitación—. Me voy a cambiar.
Valentín sonrió, la siguió con la mirada, y se quedó en la cocina, tomando el café que ella había dejado. "Le gusta", pensó. "Le gusta más de lo que a mí".
Serena subió las escaleras de dos en dos, entró a la habitación y abrió el placard. Tenía que elegir bien. No era una cena cualquiera, era una fiesta. Una fiesta organizada por Francisco y Alicia, lo que significaba que no iba a ser una fiesta normal. Se probó tres vestidos, los descartó, y finalmente eligió uno rojo, corto, con un escote en pico que llegaba casi hasta el ombligo y una espalda completamente al descubierto. Se puso tacos altos, se maquilló con esmero, se perfumó, y se miró al espejo. "Estás hermosa", se dijo, repitiendo las palabras que Valentín le había dicho aquella primera noche. Pero ahora la voz en su cabeza era la suya propia.
Bajó las escaleras y Valentín la esperaba en la puerta. La miró de arriba abajo, tragó saliva, y solo atinó a decir:
—Vamos, nos están esperando.
Afuera, un auto negro los esperaba. En la parte de atrás, Alicia y Francisco. Alicia vestía un conjunto de cuero negro: una falda tan corta que parecía un cinturón ancho, y una blusa que dejaba sus hombros al descubierto. Su pelo lacio caía sobre sus hombros como una cascada. Francisco, al volante, llevaba una camisa negra de seda abierta hasta el pecho, mostrando sus canas y el comienzo de su torso ancho. Serena se subió atrás, junto a Alicia, y Valentín se subió adelante, junto a Francisco. Nadie dijo nada durante el viaje, solo el ruido del motor y el viento que entraba por la ventanilla.
La quinta estaba a las afueras de la ciudad, escondida detrás de un camino de tierra bordeado de pinos. Era una construcción antigua, de esas que parecen sacadas de una película de los años veinte, con una reja de hierro forjado y un jardín inmenso. Pero lo que más impresionó a Serena fue la cantidad de autos estacionados en el camino. Decenas, tal vez cientos. Sus nervios se dispararon.
—Hay mucha gente—susurró, apretando la mano de Alicia.
—Más de quinientas personas—respondió Alicia con una sonrisa—. No te preocupes, nena. Todos están para lo mismo.
Bajaron del auto y caminaron hacia la entrada. Un hombre imponente, vestido de esmoquin, los recibió en la puerta con una lista y una bandeja llena de collares. Francisco tomó la delantera, habló en voz baja con el hombre, y luego le entregó a cada uno un collar.
Para Valentín, un collar de cuero negro con una placa que decía "sumiso". Para Alicia, un collar rojo con la inscripción "mujer casada". Para Serena, un collar blanco, casi luminoso, que decía "uso público hotwife". Y para Francisco, no un collar, sino una pulsera en la muñeca que decía "alfa".
Serena tocó su collar con los dedos, leyendo una y otra vez esas palabras. "Uso público". "Hotwife". "¿Eso soy?", pensó. Y la respuesta le llegó desde lo más profundo de su vientre: "Sí, eso soy".
Entraron. El salón era enorme, una especie de galpón reciclado convertido en salón de fiestas, con luces tenues, una barra larga llena de bebidas, y en el centro, una pista de baile. Pero la gente no bailaba. La gente estaba desnuda, en grupos, en parejas, en tríos o en solitario. Había hombres arrodillados junto a mujeres que los miraban con desprecio, había mujeres en cuatro patas siendo penetradas mientras otros miraban, había parejas intercambiando en una coreografía perfectamente ensayada. El sonido de gemidos, gritos y risas llenaba el ambiente. Y sin embargo, había orden. Cada persona llevaba un collar, y nadie parecía sobrepasar los límites de lo que su collar permitía.
Francisco los guió hasta una mesa en una esquina elevada, desde donde se veía todo el salón. Se sentaron, pero apenas lo hicieron, Alicia señaló el piso junto a sus pies.
—Arrodillate—le ordenó a Valentín.
Y él obedeció. Ahí, en el piso de esa quinta desconocida, rodeado de más de quinientas personas, se arrodilló como si fuera lo más natural del mundo. Serena lo miró, y en sus ojos no había vergüenza ni lástima, solo un orgullo extraño. "Ese es mi marido", pensó. "Y es feliz así".
Pasaron los minutos, y una pareja se acercó a saludar a Francisco y Alicia. Él, un hombre de unos cuarenta y cinco, alto, canoso, con un cuerpo de nadador. Ella, una mujer petisa y rellenita, de unos treinta y cinco, con el pelo castaño claro, ojos verdes como esmeraldas, pechos grandes que apenas podían contenerse en su vestido azul marino. Su cara era bonita, amable, con unas mejillas sonrosadas que la hacían ver más joven de lo que era. Tenía un collar rosado que decía "hotwife", y él un collar gris que decía "cornudo".
—Te presento a Giselle y a Fabián—dijo Francisco, y sin más preámbulo, besó a Giselle en la boca. Un beso profundo, de lengua, mientras Alicia hacía lo mismo con Fabián. Las dos parejas se besaban como si se conocieran de siempre, y Serena sintió una puntada de envidia. Cuando se separaron, Francisco señaló a Serena.
—Ella es Serena. La nueva.
Giselle y Fabián leyeron su collar. "Uso público hotwife". Sus ojos se iluminaron. Giselle se acercó a Serena y la besó en la boca también, con suavidad al principio, luego con más intensidad. Sus labios eran carnosos y sabían a menta. Fabián, por su parte, la besó en el cuello, mordiéndole suavemente la piel, y Serena sintió que el calor le subía desde el vientre. Presentaciones hechas, todos volvieron a sus lugares.
El alcohol empezó a circular. Copas de vino tinto, champán, algo más fuerte que Serena no supo identificar. Y entonces, como si fuera el paso más natural del mundo, Francisco se levantó, tomó a Giselle de la mano, y la llevó hasta un sillón cercano. No dijo nada, solo la desnudó con parsimonia, quitándole el vestido azul como quien pela una fruta, y luego se bajó los pantalones. Su miembro enorme apareció, y Giselle, la petisa rellenita, abrió las piernas para recibirlo. Francisco la penetró en público, delante de todos, sin importar las miradas que se clavaban en ellos. Al mismo tiempo, Fabián se acercó a Alicia, que seguía sentada en su silla, y sin mediar palabra, se arrodilló frente a ella, le subió la falda de cuero, y comenzó a penetrarla allí mismo, con la gracia de quien lleva años haciéndolo.
Serena observaba la escena con la boca entreabierta. Veía a Francisco moviéndose dentro de Giselle, que gemía con una voz aguda y rítmica, y veía a Alicia siendo penetrada por Fabián, que la sostenía por las caderas mientras ella se agarraba del borde de la mesa. "¿Y yo?", pensó Serena. "¿Y yo qué?". Se sentía poco deseada, ignorada. Nadie la usaba a ella. Valentín seguía arrodillado en el piso, quieto, esperando una orden que nadie le daba. Serena se retorcía en su silla, observando cómo Francisco embestía a Giselle, cómo los pechos grandes de la mujer rebotaban con cada embestida, cómo su rostro se descomponía en un gesto de placer absoluto. Estaba tan absorta en esa imagen que no se dio cuenta de que dos hombres se acercaban a ella por detrás. Los vio recién cuando sus sombras cayeron sobre la mesa.
—Mirá este collar—dijo uno, señalando el de Serena.
—"Uso público"—leyó el otro—. Qué suerte la nuestra.
Eran dos hombres de unos cincuenta años. Uno de ellos, el más alto, tenía el pelo canoso peinado hacia atrás, una barba bien recortada y un cuerpo robusto, de esos que se notan que fueron atléticos en su juventud y ahora conservan la fuerza pero no la forma. El otro era más bajo, calvo, con una barriga prominente y una sonrisa que le recorría toda la cara.
El alto, el canoso, se inclinó para mirar a Valentín, que seguía arrodillado al pie de la silla de Alicia.
—Vecino—dijo, con una voz que mezclaba sorpresa y burla—. ¿Sos vos, Valentín? ¿Este es tu marido, señora?
Serena y Valentín levantaron la cabeza al mismo tiempo. El hombre canoso era su vecino de toda la vida. Vivía a tres casas de la suya, se llamaba Roberto, tenía cincuenta y seis años, estaba casado con una mujer llamada Mirta, y tenía dos hijos ya grandes que se habían ido de la casa. Valentín lo había visto miles de veces sacando la basura, regando las plantas, saludando con la mano desde la vereda. Nunca imaginó que lo encontraría ahí, en una fiesta swinger, con un collar que decía "alfa".
—Roberto—dijo Valentín, con la voz quebrada—. Yo... sí, soy yo.
—¿Y este collar?—preguntó Roberto, señalando el de Valentín—. ¿"Sumiso"? ¿Vos sos sumiso, Valentín?
—Sí—respondió él, bajando la mirada—. Soy un cornudo.
Roberto se rió, un sonido grave y gutural, y miró a su acompañante, el calvo, que se llamaba Sergio.
—¿Escuchaste eso, Sergio? El vecinito es un cornudo. Y la vecinita...—dijo, mirando a Serena con unos ojos que ya la devoraban—. La vecinita tiene el mejor collar de todos.
Sergio sonrió, mostrando una muela de oro. —"Uso público". Significa que podemos usarla aquí y ahora, Roberto. Es lo que dice.
—Entonces usémosla—respondió Roberto, y sin más vueltas, agarró a Serena por la muñeca y la levantó de la silla.
Serena sintió que el corazón se le salía del pecho, pero no opuso resistencia. Roberto y Sergio la llevaron hacia una mesa vacía, de esas largas de madera que había en el fondo del salón. La rodearon como dos lobos a una presa. Roberto, el vecino, se puso detrás de ella, y Sergio, el calvo, se puso adelante.
—Siempre te tuve ganas, vecinita—susurró Roberto al oído de Serena, mientras sus manos grandes le bajaban la cremallera del vestido rojo—. Desde que te vi la primera vez, con esas piernas largas y ese culito parado. Nunca pensé que iba a tener la oportunidad.
El vestido cayó al suelo, y Serena quedó en su corpiño y su tanga negra. Sergio se encargó del corpiño: lo desabrochó con una habilidad que delataba experiencia, y los pechos de Serena quedaron al descubierto, firmes, con los pezones ya erectos por la excitación y el frío del salón. Roberto bajó la tanga de un tirón, y Serena quedó completamente desnuda, solo con el collar blanco colgándole del cuello.
—Qué belleza—dijo Sergio, lamiéndose los labios—. Vamos a disfrutarla.
Roberto la agarró de las caderas y la empujó contra el borde de la mesa. La madera fría le golpeó el vientre, y Serena abrió las piernas instintivamente. Roberto se bajó los pantalones, y apareció su miembro: no era enorme como el de Francisco, sino de tamaño normal, pero curvado hacia la izquierda, con una cabeza prominente y un vello canoso en la base. Sin preámbulos, la penetró. Serena sintió el roce de la curva, esa desviación que estimulaba lugares diferentes, y un gemido escapó de sus labios. Roberto empezó a moverse, lentamente al principio, saboreando cada centímetro de la mujer que había deseado desde la vereda de su casa.
Mientras tanto, Sergio se colocó frente a Serena, le agarró la barbilla con una mano grande y áspera, y guió su boca hacia él. También se había bajado los pantalones, y su miembro era completamente distinto: corto pero muy grueso, casi tan ancho como largo, con la cabeza hundida entre pliegues de piel. Serena lo tomó en la boca sin dudarlo, abriendo bien los labios para poder abarcar la anchura. Así quedó: Roberto detrás, penetrándola con un ritmo creciente, y Sergio adelante, moviendo sus caderas para que su miembro entrara y saliera de la boca de ella.
Los dos hombres se movían al unísono, como si fueran un solo cuerpo con dos cabezas. Roberto empujaba desde atrás y Sergio desde adelante, de manera que Serena era llenada por ambos extremos al mismo tiempo. Sentía la curva del miembro de Roberto rozándole la pared interna, y la anchura del de Sergio estirándole las comisuras de los labios. Sus manos temblaban apoyadas en el borde de la mesa, aferrándose a la madera como si fuera un clavo ardiendo.
—Así se hace—dijo Roberto, con la respiración entrecortada—. Mirá cómo la usamos, Valentín. Mirá a tu mujer.
Valentín, que seguía arrodillado al pie de la silla de Alicia, giró la cabeza hacia ellos. Vio a Serena, su Serena, recibiendo a dos hombres a la vez, con la boca y el sexo llenos. Sus ojos se encontraron por un segundo, y en ese segundo hubo un acuerdo tácito, una complicidad que trascendía las palabras. "Me gusta", decían los ojos de Serena. "A mí también", respondían los de Valentín.
Roberto aumentó el ritmo. Cada embestida era más profunda, más violenta, y su miembro curvado golpeaba un punto dentro de Serena que la hacía ver estrellas. Sergio, al frente, aceleró también, metiendo su anchura cada vez más adentro de la garganta de Serena, que ya no podía gemir porque la boca estaba ocupada. Desde atrás, Roberto la jalaba hacia él cada vez que embestía, agarrándole las caderas con fuerza, dejando marcas de dedos en su piel morena. Desde adelante, Sergio enredó los dedos en la nuca de Serena y presionó, haciendo que su boca tragara aún más de aquella carne gruesa.
Los gemidos de Serena se cortaban cada vez que Sergio empujaba hasta el fondo, y solo se escuchaban como un zumbido ahogado, una vibración que recorría la garganta de ella y se transmitía al miembro de él. El sudor empezó a resbalar por las costillas de Serena, por sus pechos, por su vientre, y caía sobre la mesa de madera, humedeciéndola. Los dos hombres se miraron por encima de su espalda encorvada, intercambiaron una sonrisa cómplice, y siguieron embistiendo al unísono, como dos músicos que tocan la misma sinfonía.
Serena cerró los ojos y se abandonó al vaivén doble. Ya no pensaba en nada. Solo sentía. El calor. La presión. La sensación de estar completamente llena, completamente usada, completamente feliz. Un espasmo la sacudió cuando Roberto, el de atrás, se inclinó y la mordió en el hombro, justo donde la noche anterior otro hombre había dejado su marca. El dolor y el placer se mezclaron en un cóctel que la empujó peligrosamente cerca del abismo. Sergio, el de la boca, aceleró el ritmo y le susurró algo sucio que ella apenas oyó: "tragate todo, putita". Y ella lo hizo. Cuando Sergio se vino en su garganta, un chorro caliente y espeso, Serena tragó sin dudar, mientras Roberto, detrás, también llegaba al límite y se vaciaba dentro de ella, llenándola de un líquido caliente que se mezcló con el de ella misma, formando un río que resbaló por sus muslos. Serena sintió su propio orgasmo llegar como un tren a toda velocidad. Todo su cuerpo se sacudió, las piernas le temblaron, las manos se le aflojaron, y cayó sobre la mesa, temblando y vacía, con la respiración rota y los ojos nublados.
Los dos hombres se retiraron al mismo tiempo, como si hubieran ensayado ese movimiento. Roberto se subió los pantalones, se limpió la frente sudorosa, y le guiñó un ojo a Valentín. —Vecino, de ahora en adelante, te voy a visitar más seguido.
Valentín, desde el suelo, con la voz firme a pesar de todo, respondió: —Cuando quieras, vecino. Siempre vas a ser bienvenido.
Sergio, el calvo, se rió mientras se ajustaba el cierre. —Qué cornudo más educado. Es un placer.
Y se fueron, dejando a Serena desnuda sobre la mesa, sudada, con el collar blanco aún colgándole del cuello y los fluidos de los dos hombres resbalando por sus piernas. Fue entonces cuando levantó la vista y se dio cuenta: toda la fiesta los había estado mirando. Hombres y mujeres, de todas las edades, con todos los collares, habían detenido lo que estaban haciendo para observar la escena. Había miradas de deseo, de aprobación, de envidia. Pero a Serena no le importó. Al contrario, se incorporó lentamente, se apoyó en la mesa, y miró a todos con una sonrisa que era a la vez un desafío y una invitación. "Esto soy", decía su sonrisa. "Y no me avergüenza".
Buscó a Francisco con la mirada y lo encontró en un sillón, solo. Giselle, la petisa rellenita, y Fabián, su marido, ya no estaban. Se habían ido, o tal vez estaban en otra parte de la fiesta, disfrutando de otros cuerpos. Alicia seguía sentada en la misma silla, con Valentín aún arrodillado a sus pies. Francisco levantó la mano y le hizo señas a Serena.
—Vení, nena—dijo, con esa voz grave que ella ya conocía tan bien—. Vení a chupármela.
Serena, con el cuerpo cansado pero el espíritu ardiente, caminó hacia él. Sus piernas aún temblaban, pero no dejó que eso la detuviera. Se arrodilló frente a Francisco, abrió la boca, y tomó aquel miembro enorme que tanto la había marcado. Lo succionó con hambre, con deseo, con la experiencia que ya iba acumulando. Pasó la lengua por la cabeza, lamió las venas, masajeó los testículos con una mano mientras con la otra se tocaba a sí misma. Francisco se dejó hacer, recostado en el sillón, con una expresión de absoluto placer. No duró mucho. Cuando se vino, fue directo a la garganta de Serena, y ella tragó todo, sin derramar una sola gota. Se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió.
Mientras tanto, Alicia había ordenado a Valentín que se acercara. —Limpiame—le dijo, abriendo las piernas. Valentín, arrodillado, metió la cabeza entre los muslos de ella y comenzó a lamer su entrepierna, todavía húmeda por el encuentro con Fabián. Lo hizo con esmero, con devoción, como quien realiza un ritual sagrado. Limpió cada pliegue, cada rincón, hasta que Alicia, satisfecha, le dio una palmada en la cabeza.
—Buen sumiso—dijo.
La fiesta continuó. Pasaron las horas, y Serena tuvo sexo con seis hombres más. Algunos eran jóvenes, otros maduros, otros incluso mayores que su padre. Cada uno tenía un miembro distinto, un ritmo distinto, una forma distinta de tomarla. Y ella los recibió a todos con la misma entrega, con la misma pasión. Valentín, desde el piso o desde una silla, según le ordenaran, miraba todo sin perderse un solo detalle. En ningún momento se sintió desplazado o celoso. Al contrario, cada vez que veía a su mujer gemir bajo otro hombre, sentía que la amaba más. "Es mía", pensaba. "Y todos la desean. Eso la hace más mía".
La madrugada estaba cerca cuando Francisco y Alicia decidieron que era hora de irse. Serena y Valentín los siguieron como dos sombras, subieron al auto negro, y emprendieron el viaje de regreso. Nadie habló en el auto. El silencio era denso, pero no incómodo. Era el silencio de quienes han compartido algo tan íntimo que las palabras sobran.
Llegaron a su casa cuando el sol empezaba a teñir el horizonte de naranja. Serena y Valentín entraron, cerraron la puerta, y subieron las escaleras sin decirse una palabra. Se desnudaron en silencio, se metieron en la cama, y se durmieron casi al instante, abrazados, sus cuerpos morenos enredados como si fueran uno solo. No hablaron porque no hacía falta. Sabían que sus vidas habían cambiado para siempre. Pero también sabían que siempre serían marido y mujer. Porque él amaba ser un cornudo, y ella amaba ser una hotwife. Y en ese amor extraño, prohibido, incomprensible para muchos, habían encontrado la felicidad que llevaban años buscando sin saberlo.
Continuara...
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