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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

Pareja Swinger: El despertar de una hotwife — Final

 


Pasaron dos semanas desde aquella fiesta inolvidable. Dos semanas en las que la vida de Serena y Valentín cambió por completo, aunque desde afuera todo pareciera igual. Él seguía yendo a la oficina todas las mañanas, ella seguía haciendo las compras y ordenando la casa. Pero la rutina que tanto odiaban se había transformado en algo nuevo, un orden secreto que solo ellos conocían. Lo más notable, lo que ninguno de los dos habría imaginado jamás, era que ya no tenían sexo entre ellos. Ni por la mañana, ni por la noche, ni los domingos a la tarde como solían hacerlo antes. La cama que compartían seguía siendo la misma, las sábanas seguían siendo las mismas, pero la intimidad había cambiado de forma. 


Valentín ya no la penetraba. De hecho, ni siquiera lo intentaba. Habían descubierto algo más poderoso que el sexo convencional: la sumisión compartida. Ambos sabían que eran sumisos, ambos sabían que necesitaban que alguien les dijera qué hacer. Y ese alguien era Francisco. Solo cuando Francisco le daba permiso, Serena podía chuparle la verga a Valentín. Nada más. Un pete rápido, sin demasiadas pretensiones, como quien da una limosna. Y a Valentín le bastaba con eso. Ver a su mujer arrodillada frente a él, con su boca caliente alrededor de su miembro, era suficiente para sentirse amado, deseado, importante. Terminaba en su boca, ella tragaba, y se acababa. No había más. Y sin embargo, los dos eran felices. Compartían la misma cama, se abrazaban para dormir, se decían "te amo" todas las noches. Pero sabían que su relación había trascendido lo físico para convertirse en algo más profundo: una entrega mutua a un mismo destino. 


Era un jueves cualquiera, cerca del mediodía. Serena estaba sola en casa, como tantas otras tardes. El sol de primavera entraba por la ventana de la cocina, calentando las baldosas blancas. Ella llevaba puesto un short de algodón gris, viejo y desgastado, que le quedaba tan holgado que casi se le caía de las caderas. Arriba, una remera blanca de mangas cortas, sin corpiño, porque en su propia casa podía permitirse ese lujo. El pelo morocho ondulado lo tenía recogido en un rodete desprolijo, del que escapaban algunos mechones que le caían sobre la nuca. No estaba maquillada, no estaba arreglada. Estaba ella, en su estado más puro, más auténtico. Y en su estado más puro, seguía siendo hermosa. 


Estaba preparándose un mate, cebando con la paciencia de quien no tiene apuro, cuando el teléfono vibró sobre la mesada. Lo agarró distraída, pensando que sería Valentín avisando que volvía a casa, pero el mensaje era de Francisco. 


—Estoy fuera de tu casa, en mi auto. Ven a montar mi verga. 


Serena sintió que se le helaba la sangre y se le encendía el vientre al mismo tiempo. No dudó ni un segundo. Dejó el mate a medio cebar, ni siquiera se tomó la molestia de cambiarse la ropa. Salió por la puerta de atrás, cruzó el pequeño patio, y ahí estaba el auto negro de Francisco, estacionado en la calle, con el motor encendido y los vidrios polarizados. Abrió la puerta trasera y se subió. 


Francisco estaba recostado en el asiento del conductor, con el asiento completamente inclinado hacia atrás, las piernas abiertas, el pantalón ya desabrochado. Su miembro enorme ya estaba semierecto, esperándola. No dijo nada. Solo la miró con esos ojos oscuros que la desnudaban más que cualquier mano. Serena entendió. Se quitó el short de un tirón, quedando con la remera blanca y la tanga negra. La tanga también voló hacia el asiento de atrás. Se subió sobre él, con las rodillas apoyadas en el asiento del acompañante, y se colocó a horcajadas sobre sus caderas. 


Bajó la mano, tomó aquel miembro enorme, y lo guió hacia su entrada. Lentamente. Quiso disfrutar cada centímetro. Sintió la cabeza presionando, abriéndola, entrando. Un gemido se le escapó cuando la mitad ya estaba adentro. Siguió bajando, despacio, muy despacio, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a esa forma que ya conocía pero que siempre la sorprendía. Hasta que estuvo completamente dentro. Ahí se quedó un momento, con los ojos cerrados, las manos apoyadas en el pecho de Francisco, sintiendo cómo aquella cosa enorme la llenaba por completo. 


Francisco entonces movió las manos. Las subió por debajo de la remera blanca de Serena, encontró sus pechos, los apretó con fuerza, rodando los pezones entre sus dedos. Y luego comenzó a guiarla. 


—Arriba—dijo, con esa voz grave que era una orden. 


Ella subió, lentamente, sintiendo cómo el miembro se retiraba casi por completo. 


—Abajo—dijo él. 


Ella bajó de golpe, y un gemido más fuerte escapó de sus labios. 


—Arriba. 


Subió. 


—Abajo. 


Bajó con más fuerza, haciendo que sus nalgas chocaran contra sus muslos con un sonido húmedo. 


—Más rápido—ordenó Francisco, y ella obedeció. 


Subía lento, bajaba de golpe. Subía lento, bajaba de golpe. Una y otra vez. Sus pechos rebotaban bajo la remera blanca, y Francisco los apretaba más fuerte, a veces pellizcándole los pezones hasta hacerla gemir de dolor y placer. El auto empezó a empañarse. El vaho cubría los vidrios, pero aún así, desde fuera se podía ver el movimiento. Las personas que pasaban por la vereda, los vecinos que volvían de hacer las compras, los repartidores que hacían sus entregas, todos podían imaginarse lo que pasaba en ese auto. Algunos apuraban el paso, otros miraban de reojo, otros sonreían con complicidad. Pero nadie se detenía. Era un jueves al mediodía en un barrio tranquilo, y la gente tenía cosas que hacer. 


—¿Te gusta, putita?—preguntó Francisco, con una sonrisa llena de dientes. 


—Sí—jadeó Serena, sin dejar de moverse—. Me encanta. 


—¿Te gusta más que la verga de tu marido? 


—Sí, mucho más—respondió ella, sin dudar—. La tuya es enorme. Me hace sentir llena. 


—Porque vos naciste para esto, nena—dijo él, apretándole las caderas con fuerza para guiarla mejor—. Naciste para ser una puta. Para que los hombres te cojan cuando quieran. Para que tu marido mire y se haga una paja. 


—Sí—gimió Serena, con los ojos en blanco—. Soy una puta. Tu puta. 


—Decilo más fuerte. 


—¡Soy tu puta!—gritó ella, y en ese momento sintió que el orgasmo se le acercaba como un tren de carga. 


Francisco lo sintió también. Los espasmos de ella alrededor de su miembro, los gemidos cada vez más agudos, las manos de ella aferrándose a su camisa. Aceleró el ritmo, tirando de sus caderas hacia abajo con más violencia, y Serena se vino. Fue un orgasmo intenso, de esos que la dejan sin aire, con la vista nublada y el cuerpo tembloroso. Se desplomó sobre el pecho de Francisco mientras las contracciones aún la sacudían. Él esperó un momento, y luego, con tres embestidas más desde abajo, se vino también. El líquido caliente llenó a Serena por dentro, y ella sintió cómo chorreaba, cómo se mezclaba con sus propios jugos, cómo empapaba el asiento del auto. 


Quedaron así un minuto, en silencio, solo escuchando sus respiraciones agitadas. Luego Francisco se incorporó apenas, tomó su celular del tablero, y le sacó varias fotos a Serena. La remera blanca subida hasta las axilas, los pechos al descubierto, los pezones duros y brillantes de saliva. La cara de ella, con el maquillaje corrido, el pelo deshecho, la boca entreabierta, los ojos vidriosos. Las fotos mostraban a una mujer exhausta, feliz, sucia. Francisco las envió a Valentín con un mensaje: 


—Esta noche cómprale comida nutritiva que la dejé exhausta. 


Luego guardó el celular, la agarró por la nuca, y la besó. No fue un beso salvaje ni apasionado, sino un beso tierno, casi dulce, como si fuera su novia. Sus labios se encontraron con suavidad, y Francisco le acarició la mejilla mientras la besaba. 


—En estos días te invitaré a una fiesta en mi empresa—dijo, separándose apenas. 


Serena se acomodó la ropa, se bajó la remera, se puso la tanga y el short, y le respondió con una sonrisa: 


—Avísame, sabes que me encantan las fiestas. 


Salió del auto con las piernas aún temblorosas, caminó hacia la puerta de su casa sin importarle nada. Sabía que algún vecino podía haberla visto salir de ese auto con la ropa desordenada y la cara encendida. Sabía que algún chismoso ya estaría imaginando lo que había pasado. Y le encantaba. Disfrutaba de esas miradas acusadoras, porque sabía que esas mujeres que la juzgaban no eran ni la mitad de felices que ella. Ellas se aburrían con sus maridos en camas aburridas, teniendo sexo aburrido los domingos a la tarde. Ella, en cambio, vivía. Entró a su casa, cerró la puerta, pero no puso la llave. En su apuro por subirse al auto de Francisco, había olvidado el gesto más simple. Caminó descalza hacia el baño, se quitó la ropa mojada y sudada, y abrió la ducha. 


El agua caliente le cayó encima como una bendición. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el chorro, mientras el vapor empezaba a llenar el baño. Se enjabonó el cuerpo con esmero, deslizando las manos por sus pechos, su vientre, sus caderas. Sintió los moretones nuevos que Francisco le había dejado en los costados, las marcas de sus dedos. Los acarició con ternura, como quien acaricia un recuerdo. Luego se lavó el pelo, enjabonándolo dos veces para sacarle el olor a tabaco y a hombre. El agua caliente le resbalaba por la espalda, por las nalgas, por las piernas largas. Se puso de cuclillas para dejar que el agua llegara a su sexo, todavía sensible, todavía inflamado. Pasó los dedos con suavidad y sintió un escalofrío. Llevaba más de quince minutos bajo el agua cuando escuchó un ruido. 


Al principio pensó que era la puerta de calle, que Valentín había vuelto antes del trabajo. Pero el ruido se repitió, más cerca, y entonces la puerta del baño se abrió de golpe. 


—¿Amor, llegaste antes? —preguntó Serena, con la cara aún enjabonada, sin poder ver bien. 


Una risa grave resonó en el baño. No era la risa de Valentín. 


—El cornudo está en el trabajo aún—dijo la voz. 


Serena se limpió los ojos con el dorso de la mano y lo reconoció. Era Roberto, su vecino. El mismo que la había usado en la fiesta, el que le había dicho "siempre te tuve ganas, vecinita". Ahí estaba, parado en el marco de la puerta de su baño, con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja. No llevaba el overol de trabajo que solía usar para arreglar el jardín, sino un pantalón de vestir y una camisa a cuadros. Debía venir de algún lado. 


En lugar de asustarse, Serena sonrió. Se sintió poderosa. Ahí estaba ella, desnuda, mojada, recién follada por un hombre, y otro hombre entraba a su casa sin pedir permiso para follarla también. "Soy una zorra", pensó, "y me encanta". 


—Hola, vecino—dijo, con una voz que intentaba ser casual pero que delataba la excitación—. ¿Viniste a tomar unos mates? 


Roberto se rió otra vez, mientras comenzaba a desabrocharse la camisa con movimientos lentos y deliberados. 


—Los mates después, vecinita—dijo, tirando la camisa al piso del baño—. Ahora quiero tu chonchita. 


Serena se mordió el labio inferior, y respondió con una picardía que ya era su sello: 


—Para un buen vecino, estoy siempre para lo que necesité. 


Cuando terminó la frase, Roberto ya estaba dentro de la ducha. El agua caliente cayó sobre su torso peludo y canoso, empapando sus pantalones que aún no se había quitado. Pero pronto se deshizo de ellos, quedando completamente desnudo frente a ella. Su miembro ya estaba erecto, apuntándole como un arma. Serena lo miró y sintió que el deseo le recorría la columna. No era enorme como el de Francisco, sino normal, pero con esa curva hacia la izquierda que la había hecho gemir en la fiesta. 


Roberto la agarró de las nalgas con ambas manos, apretando con fuerza, y la empujó contra la pared de la ducha. El azulejo frío le pegó en la espalda, y ella abrió las piernas para recibirlo. Él no perdió tiempo. La penetró de golpe, con una fuerza que la sacudió entera. Serena gimió, y el sonido rebotó en las paredes del baño. Roberto comenzó a moverse, rápido, violento, sin la lentitud de Francisco. Era un hombre que sabía lo que quería y lo tomaba. La ducha seguía cayendo sobre ellos, mezclando el agua con el sudor, resbalando por sus cuerpos entrelazados. 


—¿Por qué no viniste antes a visitarme, vecino? —preguntó Serena, con la voz entrecortada por las embestidas. 


—Por boludo—respondió Roberto, riéndose mientras seguía moviéndose—. Pero ahora voy a venir más seguido. Todas las semanas. Todos los días, si me dejás. 


—Siempre vas a ser bienvenido—dijo ella, enredando las piernas alrededor de su cintura. 


Roberto la tomó de las caderas, la levantó contra la pared, y la embistió desde abajo con una energía que no parecía propia de un hombre de cincuenta y seis años. Serena se aferró a sus hombros, sintiendo cada embestida en lo más profundo, sintiendo que ese hombre la usaba como si fuera una muñeca de trapo. El agua resbalaba por sus pechos, por su vientre, por el lugar donde sus cuerpos se unían. Serena sintió que el orgasmo se acercaba otra vez, el segundo del día, y cuando llegó, fue como una explosión. Gritó el nombre de Roberto sin importarle que los vecinos la escucharan. Él sintió las contracciones de ella alrededor de su miembro y sonrió, orgulloso. 


Pero no se detuvo. Apenas pasaron los espasmos, Roberto le susurró al oído: 


—Ahora te quiero coger donde lo hacés con tu marido. Quiero que sepas que ese lugar también es mío. 


Serena asintió, sin fuerzas para hablar. Se bajó de él, salió de la ducha, y lo tomó de la mano. Caminaron desnudos por el pasillo, dejando un rastro de gotas en el piso de madera, hasta la habitación principal. La cama de ella y Valentín. La cama donde habían dormido juntos durante años. Roberto la empujó sobre el colchón, la puso en cuatro patas, y se colocó detrás de ella. 


La habitación olía a ella, a Valentín, a la ropa limpia del placard. Pero ahora también olía a Roberto. A sudor, a hombre, a deseo. El vecino la agarró de las caderas y la penetró desde atrás, con una fuerza renovada. Serena hundió la cara en la almohada para no gritar, pero los gemidos se escapaban igual, ahogados, roncos. Su cuerpo mojado y sudado brillaba bajo la luz de la tarde que entraba por la ventana. Sus pechos se movían con cada embestida, colgando y rebotando, y Roberto los apretaba desde atrás, los pellizcaba, los estrujaba. Los ojos de Serena se pusieron en blanco, se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre, y pidió más. —Más fuerte—suplicó—. Más fuerte, vecino. 


Roberto la embistió con más violencia, agarrándola de los pelos ahora, tirándole la cabeza hacia atrás para ver su rostro. Y fue en ese momento, en el clímax de la escena, cuando la puerta de la habitación se abrió. 


Valentín, había llegado del trabajo antes de lo previsto. Había visto la puerta de calle sin llave, había entrado, había escuchado los gemidos desde el pasillo. Y ahora estaba ahí, parado en el marco de la puerta de su propia habitación, viendo a su mujer en cuatro patas, siendo penetrada por su vecino, sobre su propia cama. No dijo nada. Solo se apoyó en el marco de la puerta, se bajó la cremallera del pantalón, sacó su miembro, y comenzó a masturbarse. Sus ojos no se despegaban de la escena: las nalgas de Serena rebotando contra las caderas de Roberto, los pechos de ella moviéndose como péndulos, su cara de placer absoluto. Valentín se masturbaba con frenesí, sintiendo que se acercaba rápido al orgasmo. 


Roberto lo vio. Se detuvo apenas, el tiempo justo para girar la cabeza y sonreírle. 


—Mi vecino cornudo—dijo, con una voz que era una burla y una celebración a la vez—. Llegaste a tiempo para ver cómo preño a tu mujer. 


Valentín no le contestó. Solo siguió masturbándose, con los ojos clavados en el miembro de Roberto entrando y saliendo de su mujer. Serena, que también había visto a su marido, sonrió desde la cama. Y fue ella quien habló, con una voz que era un susurro y un grito a la vez: 


—No podés, vecino. Ya me preñaron. 


Silencio. Valentín se quedó blanco como el papel. Su mano dejó de moverse sobre su miembro. "¿Embarazada?", pensó. "¿Mi mujer está embarazada y no es mío?". El pensamiento le recorrió la espina dorsal como un rayo. Y en lugar de enojarse, sintió que se le endurecía el corazón de una manera extraña, y su miembro también. Siguió masturbándose, más rápido. Roberto, por su parte, soltó una carcajada que retumbó en la habitación. 


—¡Mejor! —gritó, mientras retomaba las embestidas con más fuerza—. Así ya viene con gusto a visitarme los nueve meses. 


Serena sintió que el tercer orgasmo del día se acercaba, más intenso que los anteriores. Las palabras de Roberto, la mirada de Valentín, la sensación de ser penetrada mientras su marido miraba, todo se juntó en un cóctel explosivo. Cuando Roberto se vino, cuando sintió el líquido caliente llenándola otra vez, Serena se vino también. Gritó, se sacudió entera, y cayó sobre la cama, agotada, feliz, vacía. 


Roberto se retiró, se subió los pantalones, y antes de irse le dio una palmada en la nalga a Serena. 


—Nos vemos, vecinita. Y al pibe, ya le voy a enseñar a jugar a la pelota. 


Salió de la habitación, y al pasar junto a Valentín, que seguía masturbándose en el marco de la puerta, le dio una palmada en el hombro. 


—Cuidá a tu mujer, cornudo. Está preñada de uno de nosotros. 


Y se fue. Valentín terminó de masturbarse un minuto después, derramándose sobre el piso de su propia habitación, mientras Serena, dormida y sonriente, ya roncaba suavemente sobre la cama deshecha. 


Epílogo. 


Pasaron los años. Serena tuvo cuatro hijos, todos ellos criados por Valentín como si fueran suyos. Les enseñó a atarse los cordones, los llevó a la escuela todas las mañanas, les curó las rodillas raspadas y les leyó cuentos antes de dormir. Nunca hizo distinciones, nunca trató a uno mejor que al otro. Para el mundo, para los vecinos (incluido Roberto, que seguía viviendo a tres casas y seguía siendo un visitante frecuente), para los maestros y para los amigos, Valentín era el padre. Y él lo era, pero no de sangre. Lo era del corazón. 


Porque Valentín y Serena nunca más tuvieron sexo vaginal. Desde aquel día en la habitación, él nunca más la penetró. A veces, cuando Francisco le daba permiso, Serena se arrodillaba frente a su marido y le hacía un pete. Él terminaba en su boca y ella tragaba. Y eso era todo. Pero se amaban como el primer día, o más. Dormían abrazados, se decían "te amo" todas las noches, reían juntos y lloraban juntos cuando la vida se ponía difícil. 


Serena nunca supo quién era el padre de sus hijos. Podía ser Francisco, podía ser Roberto, podía ser cualquiera de los cientos de hombres que pasaron por su cama a lo largo de los años. Porque Serena nunca dejó de ser una hotwife. Seguía siendo "uso público", seguía teniendo encuentros a solas y en fiestas, seguía volviendo a casa con el pelo desordenado y el maquillaje corrido y una sonrisa de oreja a oreja. Y Valentín seguía siendo un cornudo feliz. La esperaba en el sillón, le preguntaba qué tal le había ido, y se masturbaba mientras ella le contaba los detalles. A veces lloraba de felicidad. A veces reía. Pero siempre, siempre, la amaba. 


Los hijos crecieron sanos y fuertes. Eran rubios, morochos, castaños, de ojos claros y oscuros. No se parecían entre ellos, pero todos tenían algo de Serena: esa mirada intensa, esa forma de caminar como si el mundo les perteneciera, esa sonrisa que desarmaba a cualquiera. Valentín los veía correr por el jardín y pensaba que no importaba quién los hubiera engendrado. Él los había criado. Él los había visto nacer. Él había estado ahí para las pesadillas y las fiebres y las primeras palabras. Él era su padre. 


Francisco y Alicia siguieron siendo amigos de la pareja. Con el tiempo, Francisco se volvió menos dominante y más cariñoso, como un perro viejo que ya no necesita ladrar para imponer respeto. Alicia, en cambio, se volvió más salvaje con los años, y terminó abriendo su propio club swinger en las afueras de la ciudad. Serena iba a menudo, a veces con Valentín, a veces sola. Y todos la conocían. Era la hotwife más famosa de la escena, la mujer de la que todos hablaban, la que había empezado siendo una sumisa tímida y se había convertido en una diosa del placer. 


Roberto, el vecino, siguió yendo a visitarlos. Incluso después de que su esposa, Mirta, se enteró de todo y lo dejó. Roberto se quedó solo en su casa de tres puertas más allá, pero nunca dejó de cruzar el jardín de Valentín y Serena, con un termo bajo el brazo y una sonrisa cómplice. "Vecinita", le decía a Serena, aunque ya no eran vecinos sino algo más. Y ella le abría la puerta con una bata abierta y nada más. 


Los años pasaron, y los cuatro hijos crecieron y se fueron de la casa. Valentín y Serena se quedaron solos otra vez, como al principio. Pero ya no eran dos adolescentes que no sabían qué hacer con su vida. Eran dos personas que habían construido un amor a su medida, fuera de todas las normas, de todas las expectativas. Dos personas que entendían que el amor no era posesión, sino entrega. Que la felicidad no estaba en hacer lo que todos esperaban, sino en hacer lo que los hacía felices a ellos. 


Una noche, ya viejos, ya cansados, sentados en el mismo sillón donde tantas cosas habían pasado, Valentín le dijo a Serena: 


—¿Sabés qué? No cambiaría nada. Ni una sola cosa. 


Serena apoyó la cabeza en su hombro, como hacía desde los catorce años, y respondió: 


—Yo tampoco. Fuimos felices, ¿no? 


—Fuimos los más felices—dijo él, y la besó en la frente. 


Y así quedaron, abrazados, mirando la tele, mientras afuera el mundo seguía girando y la gente seguía haciendo lo que la gente hace. Ellos ya habían encontrado su lugar. Un lugar raro, prohibido, incomprendido. Pero su lugar. Y después de todo, eso era lo único que importaba. 


FIN. 


— Si esta historia despertó algo en vos… no te vayas sin comentar. 😏

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