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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 8

 


El miércoles Eber abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Se quedó unos segundos mirando el techo, las manos entrelazadas detrás de la nuca, y sintió algo nuevo. No era hambre, no era cansancio. Era ambición. Pero no la ambición de siempre, la del dinero, la de los autos, la de la casa que estaba por comprar. Era otra cosa. Una ambición que le corría por las venas como un fuego líquido, que le apretaba el pecho y le nublaba la razón. Pensó en Felicity, en Renata, en Morena, en Valentina, en Camila, en Antonella, en Luciana. Siete mujeres. Siete diosas que algunas habían pasado por su cama en las últimas semanas. Y sin embargo, ninguna era suya. No del todo. Las había poseído de alguna forma, sí, pero el cuerpo no era lo mismo que la pertenencia. Cualquier otro hombre podía aparecer y arrebatárselas. Un pibe lindo, un empresario joven, un fotógrafo con aires de artista. La sola idea le revolvió el estómago. 


"No voy a dejar que nadie me las robe", se dijo, y la frase le resonó en la cabeza como una orden. Ese día no iría al gimnasio. No iría a la remisería. No haría nada que no fuera afianzar los vínculos con las mujeres que ya conocía. Era momento de pasar de ser la verga grande del momento a ser el hombre indicado. 


Se levantó, se duchó, y antes de que el sol terminara de despuntar sobre los edificios de Buenos Aires ya estaba en el auto, manejando hacia el departamento de Felicity. La llamó de camino, sin avisar, con esa nueva autoridad que ahora ejercía sin esfuerzo. Ella atendió con la voz dormida, pero cuando escuchó lo que él proponía, se despertó de golpe. Una hora en el motel. Antes de su sesión de fotos. Sin alcohol, sin excusas, solo ellos dos. Felicity aceptó con un hilo de voz, y cuando Eber la vio salir de su edificio con el pelo revuelto y un vestido suelto que se ponía sin ganas, supo que esa mujer ya no era la misma que había huido aquella primera mañana. Ya no le tenía miedo. Lo necesitaba. 


La sesión en el motel fue rápida, intensa, casi desesperada. Felicity se entregó con una furia que escondía algo más que deseo: era posesión. Quería marcarlo, que él no se olvidara de ella durante el día. Eber lo sintió en sus arañazos, en sus gemidos, en la forma en que le clavaba los talones en la espalda. Cuando terminaron, ella se fue a su sesión de fotos con las piernas temblorosas y una sonrisa de satisfacción que le duraría todo el día. Él se quedó en el auto, el pecho agitado, y marcó el siguiente nombre en su lista mental. 


Renata. No la vio. Pero le escribió un mensaje largo, distinto a los anteriores. Le preguntó cómo estaba, cómo iba su trabajo, qué sentía. Ella respondió con esa mezcla de confusión y deseo que la caracterizaba. Hablaron de todo. De su ex, del miedo al compromiso, de esa noche en el auto que había quedado inconclusa. Renata le confesó que pensaba en él, que le dolía saber que otras lo habían probado, que no sabía qué quería pero que no quería perderlo. Eber leyó cada mensaje y sonrió. "Celos", pensó. "Los celos son el primer paso hacia la pertenencia." Le dijo que la esperaría, que el tiempo era suyo, que cuando estuviera lista él iba a estar ahí. Y ella, del otro lado de la pantalla, sintió que algo se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. 


Antonella fue la siguiente. La citó en su propia casa, a mediodía, con la excusa de almorzar. Ella llegó con el cabello negro azabache suelto, un vestido blanco que contrastaba con su piel trigueña, y esa mirada triste que escondía el miedo al abandono. Eber le preparó un almuerzo sencillo, le cebó mates, le habló de sus proyectos. No la tocó hasta que ella dio el primer paso. Y cuando lo hizo, la posesión fue distinta. No fue furiosa como con Felicity, ni dominante como con Luciana. Fue tierna. Casi amorosa. La penetró en su propia cama, la cama donde había dormido solo durante años, y la miró a los ojos mientras lo hacía. Antonella sintió algo que no esperaba: seguridad. Pero también una voz interna que le susurraba que no se hiciera ilusiones, que todos los hombres se iban, que este también se iría. 


Valentina recibió sus mensajes con esa ansiedad de quien busca validación. Eber le escribió que quería verla, pero que el trabajo lo tenía complicado. Le prometió un encuentro pronto, y ella respondió con una rapidez que delataba sus ganas. "Cuando quieras, yo estoy", escribió, y esas cuatro palabras le confirmaron a Eber que ya era suya. A Camila, en cambio, no le pidió nada. Le ordenó. Le dijo que sus próximas fotos en redes sociales se las sacara con bikinis de color negro, porque el negro le quedaba bien, y que en la semana se verían para cenar. No le consultó. Se lo dijo. Y Camila, la ex gimnasta que se derretía con las órdenes, respondió con un escueto "De acuerdo" que la excitó más que cualquier caricia. 


A Morena la fue a ver a su departamento. La chica de los complejos, la que había sido anoréxica, la que buscaba compañía. Le hizo el amor en su cama, despacio, como si fuera la primera vez. Morena se aferró a él con una desesperación que a Eber le partió el alma. "Todavía no se aburrió de mí", pensó ella mientras lo abrazaba después del sexo. "Pero seguro que lo va a hacer. Todos lo hacen." Él, ajeno a esa cavilación oscura, le acarició el pelo y le dijo que era hermosa. Y lo decía en serio. 


La última del día fue Luciana. La recogió a la salida de un desfile, en la puerta de un salón de eventos donde las modelos todavía llevaban el brillo del maquillaje y la adrenalina de la pasarela. Ella subió al auto con un vestido plateado que parecía líquido, y antes de que pudiera decir una palabra, Eber ya la estaba besando. Terminaron en el asiento de atrás, en un estacionamiento oscuro, con las ventanillas empañadas y los gemidos atrapados en el habitáculo. La penetró con la urgencia de un día entero de conquistas, y Luciana, la exploradora, la que había probado de todo, se rindió una vez más a ese miembro que parecía no tener piedad. 


Eran las diez de la noche cuando Eber entró a su departamento. El cuerpo le pesaba, los músculos doloridos, la mente saturada de nombres, de rostros, de cuerpos. Davinia no estaba. La casa estaba en silencio, apenas iluminada por la luz de la cocina que habían dejado encendida. Se quitó la ropa, se desplomó en la cama, y antes de cerrar los ojos sacó el celular. Tenía notificaciones de Instagram. Solicitudes de amistad. Chicas nuevas, jóvenes, hermosas, que le enviaban mensajes con emojis de fuego. "Ya se corrió la bola", pensó. "Saben lo de mi miembro." Pero ese día había aprendido algo: no bastaba con ser el miembro enorme del momento. Las mujeres que tenía no eran suyas. No del todo. Su próximo paso era demostrarles que él era el hombre indicado. No solo en la cama. En la vida. 


Mientras Eber se hundía en un sueño profundo, Davinia aparcaba su auto frente al restaurante. Se bajó con la elegancia de una diosa que desciende al mundo de los mortales. Llevaba un vestido largo de seda negro, con un tajo que se abría sobre su muslo izquierdo y dejaba ver su pierna torneada enfundada en un tacón fino. La espalda, completamente desnuda, caía en una curva suave hasta la cintura, y el cabello rubio con raíces oscuras estaba recogido en un rodete despeinado, con mechones sueltos que le rozaban los pómulos. Los ojos verdes brillaban delineados con un trazo felino, y los labios, pintados de un rojo oscuro, eran una promesa. 


Entró al restaurante. Las cabezas se giraron. No era para menos. Joaquín la esperaba en una mesa junto a la ventana, y cuando la vio, se le cortó la respiración. Se puso de pie, le corrió la silla con un gesto exageradamente caballeroso, y dijo: 

— Mi princesa. 


— Tu princesa no —respondió ella, sentándose con una sonrisa torcida—. Pero por esta noche, podés hacer de cuenta. 


La cena fue un desfile de platos, de vinos, de risas. Joaquín estaba encantador, atento, divertido. Hacía chistes, le contaba anécdotas de la obra, de los albañiles, del gimnasio donde todavía no lograba levantar ni la mitad de lo que levantaba Eber. Pero Davinia, mientras lo escuchaba, no podía evitar compararlo. No con su físico, no con su cara. Con su fortaleza. Eber era el hombre que se había quedado. El que, a pesar de que su mujer lo abandonó, nunca había abandonado a su hija. El que había construido un imperio desde cero, solo, sin ayuda. Joaquín era atento, sí. Estaba cambiando, sí. Pero ¿tenía esa fortaleza? ¿Esa capacidad de resistir cuando todo se derrumbaba? Davinia no estaba segura. Y sin esa certeza, no podía entregarse. 


Terminaron de cenar, pidieron la cuenta, y salieron a la noche fresca de Buenos Aires. Joaquín le ofreció llevarla, pero ella le recordó que andaba en su propio auto. Se pararon frente al restaurante, bajo la luz dorada de los faroles, y Joaquín se inclinó para darle un beso en la mejilla. Pero en el último segundo, desvió la boca. Sus labios se encontraron. Fue un roce apenas, un contacto breve que Davinia no esquivó. Se quedó quieta, los ojos verdes fijos en los de él, sintiendo el calor de su boca, la humedad de sus labios. Joaquín, envalentonado por esa quietud que era casi una invitación, la tomó de la nuca con una mano y profundizó el beso. Ahora era un beso de verdad, con lengua, con hambre, con la desesperación contenida de semanas de gimnasio y regalos y cambios. Y ella respondió. Le devolvió el beso con una intensidad que la sorprendió a sí misma. 


Se besaron frente al restaurante como dos adolescentes, ajenos a las miradas, al mundo, a todo. Las manos de él bajaron por su cintura, las de ella subieron por su pecho. La excitación les encendió la piel. Pero Davinia, con un esfuerzo que le costó cada fibra de su cuerpo, se separó. Los labios rojos le quedaron hinchados, los ojos verdes brillaban con un deseo que no pensaba consumar. 

— Todavía no confío lo suficiente —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía. 


Le cerró un ojo, un gesto cómplice y provocador, y se fue caminando hacia su auto con el tajo del vestido abriéndose sobre su muslo. Joaquín se quedó quieto, los brazos caídos, los labios todavía húmedos. Saboreó el momento. Había probado los labios dulces de la hija de su mejor amigo. La mujer más bella y fuerte del mundo, a sus ojos. Y aunque no había conseguido lo que quería, sintió que esa noche había ganado algo más importante. 


Davinia entró al departamento y el silencio la recibió como un abrazo. Del cuarto de Eber llegaba el sonido de sus ronquidos, profundos, regulares. Cerró la puerta de su habitación y empezó a desnudarse frente al espejo. Primero el vestido, que cayó al suelo como un charco de seda negra. Luego el corpiño, el hilo de la bombacha. Quedó desnuda, su cuerpo reflejado en el espejo: los pechos pequeños y firmes, la cintura fina, las caderas suaves, las piernas largas y torneadas. Estaba excitada. El beso de Joaquín le había encendido un fuego que no sabía cómo apagar. Pero no era solo el beso. Era todo. Era que Joaquín fuera el mejor amigo de su padre. Era que estuviera cambiando por ella. Era que ella, la que siempre tenía el control, se sintiera por un segundo fuera de control. 


Se acostó en la cama, las sábanas frías contra la piel caliente. Abrió las piernas, flexionó las rodillas, y llevó una mano hacia abajo, hacia su centro. Sus dedos encontraron la humedad que ya había empezado a acumularse, esa respuesta física que no necesitaba permiso de la mente. Cerró los ojos. La imagen de Joaquín se le apareció, sus labios, su mano en su nuca, la sensación del beso robado frente al restaurante. Pero también apareció Eber. No como objeto de deseo —nunca lo había sido, nunca lo sería—, sino como modelo, como arquetipo. El hombre fuerte. El que no abandona. El que se queda. 


Sus dedos empezaron a moverse lentamente, describiendo círculos suaves alrededor de su clítoris. La respiración se le fue acelerando, el pecho subiendo y bajando. Su otra mano subió hasta sus pechos, pellizcó uno de sus pezones, lo sintió endurecerse bajo sus dedos. La imagen de Joaquín se desdibujó. Ahora solo era una sensación, una necesidad, un vacío que pedía ser llenado. Introdujo un dedo, luego dos, y arqueó la espalda. Los jadeos se volvieron gemidos, los gemidos se volvieron palabras rotas. "Más, más, más." Se movía al compás de su propia mano, las caderas impulsándose hacia arriba, los músculos tensándose. El sudor le perlaba la frente, el cuello, el valle entre sus pechos. Su cuerpo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de noche. 


El orgasmo le llegó como una ola que se forma despacio y revienta de golpe. Un espasmo que le contrajo todo el cuerpo, le arqueó la espalda, le arrancó un grito ahogado contra su propia mano. Sus dedos siguieron moviéndose, exprimiendo las últimas contracciones, hasta que el placer se volvió casi dolor. Entonces se quedó quieta, las piernas abiertas, la mano todavía húmeda apoyada en su vientre. El pecho le subía y bajaba agitado, los ojos verdes fijos en el techo, la mente en blanco. 


Se quedó así un rato, flotando en la calma que sigue a la tormenta. No pensó en Joaquín. No pensó en Eber. Solo sintió su propio cuerpo, su propio placer, su propio poder. Luego se giró de costado, abrazó la almohada, y se durmió con una sonrisa tenue en los labios. 


Esa noche, Davinia y Eber durmieron profundamente en sus respectivas habitaciones, los ronquidos de él mezclándose con la respiración suave de ella. Los dos exhaustos, los dos satisfechos, los dos ajenos al futuro que se cernía sobre sus cabezas como un cielo cargado de tormenta. Porque lo mejor de sus vidas todavía no había llegado. Y el destino, paciente, ya estaba afilando sus próximas jugadas. 



Continuara... 

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