Ir al contenido principal

Destacados

El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 9

 


El jueves amaneció con el cielo despejado y un frío seco que se colaba por las rendijas de las ventanas. Eber se levantó temprano, como siempre, pero esta vez no fue el café lo que lo despertó sino una determinación nueva que le quemaba el pecho. Se puso un pantalón de jogging y una remera vieja, y fue a la cocina a preparar el mate. A los pocos minutos, Davinia apareció en el umbral, todavía arrastrando los pies descalzos y el sueño pegado a los ojos. 


Llevaba puesto un conjunto mínimo: una tanga de encaje color marfil, casi invisible sobre la piel dorada de sus caderas, y un top corto de algodón blanco, tan fino que se le marcaban los pezones, dos puntas duras que rozaban la tela. El cabello rubio con raíces oscuras le caía revuelto sobre los hombros, y los ojos verdes, todavía hinchados, parpadeaban bajo la luz de la cocina. Se dejó caer en una silla, aceptó el mate que su padre le ofrecía, y lo miró. 


— ¿Dormiste bien? —preguntó ella, la voz pastosa. 


— Como un muerto —respondió Eber—. Pero me desperté pensando. 


Le contó lo que había decidido. Que ya no le bastaba con tener mujeres. Que quería hacerlas suyas. Que iba a trabajar cada vínculo, cada nombre, cada cuerpo, hasta que ninguna de ellas pudiera imaginarse con otro hombre. Davinia lo escuchó en silencio, tomando mate, los ojos fijos en los de su padre. Admiraba esa ambición. Era lo que ella siempre había querido para él. Pero cuando él terminó de hablar y le preguntó por su noche, ella se encogió de hombros. 


— Nada. Cena de trabajo —mintió, y el beso de Joaquín le quemó la memoria como una brasa escondida. 


No se lo contó. No por vergüenza, sino por estrategia. Joaquín era el mejor amigo de su padre, y ella no sabía todavía qué hacer con lo que había pasado. Prefirió guardarlo, dejarlo macerar, esperar a que el tiempo le diera la respuesta. Se levantó, le dio un beso en la mejilla a Eber, y se fue a su oficina con la sensación de que le debía algo a alguien, aunque no supiera a quién. 


Eber se fue al gimnasio. Entrenó fuerte, los músculos bombeando, la mente puesta en las dos mujeres que ese día se había propuesto conquistar. Valentina y Camila. Las únicas con las que todavía no había tenido sexo. Las únicas que faltaban en su colección. Pero hoy, si hacía bien los movimientos, las tendría a las dos jadeando su nombre. 


Salió del gimnasio, se duchó, y le escribió a Valentina. Un café. En su casa. Ella aceptó casi al instante, con esa necesidad de validación que la delataba en cada mensaje. Eber preparó el departamento: ordenó los sillones, puso música suave de fondo, dejó los portarretratos estratégicamente visibles. Cuando el timbre sonó, fue a abrir con la calma de un cazador que ya conoce el terreno. 


Valentina entró como un rayo de sol que se cuela por una persiana rota. Llevaba un vestido corto color esmeralda que contrastaba con su cabello cobrizo, recogido en una cola de caballo alta de la que escapaban ondas suaves. Los ojos, de un verde grisáceo como el agua de un lago en invierno, brillaban con esa mezcla de timidez y expectación que Eber ya sabía interpretar. El vestido se ceñía a su cuerpo fibroso hombros marcados pero femeninos, brazos torneados, cintura de avispa, y unas piernas largas y esculpidas que terminaban en sandalias de taco bajo. Los pechos, pequeños y firmes, se insinuaban bajo la tela, y las caderas, estrechas pero con una curva delicada, se balanceaban al caminar. Todo en ella era etéreo, como una criatura de otro mundo que hubiera aterrizado en el living de un tipo común. 


— Hola —dijo ella, y su voz era un susurro. 


— Hola —respondió Eber, y le indicó el sillón—. Pasá. Estás más linda que el otro día. El verde te queda bien. 


— Gracias —dijo Valentina, y se sonrojó. Un rubor apenas perceptible sobre los pómulos marcados. Validación. Justo lo que necesitaba. 


Charlaron un rato, liviano. Eber le preguntó por sus proyectos, por sus redes, por cómo se sentía. Ella respondía con frases cortas, pero sus ojos se iban desviando hacia el departamento, hacia los detalles, hacia los portarretratos que descansaban sobre un mueble junto a la ventana. 


— ¿Son fotos de cuando Davinia era chica? —preguntó, poniéndose de pie y acercándose. 


— Sí —dijo Eber, y fue hacia ella. Se paró a su lado, los brazos casi rozándose—. Acá tenía cinco años. Acá, siete. La crié solo. 


Valentina tomó uno de los portarretratos. La imagen mostraba a un Eber más joven, con Davinia sobre los hombros, los dos riendo en una plaza. Algo se le movió por dentro. Su propio padre nunca había estado. Nunca la había cargado sobre los hombros, nunca la había llevado a una plaza, nunca se había quedado. Y ahí estaba ese hombre, el de la cara fea y los brazos duros, que había hecho todo lo contrario. Que se había quedado. 


— Sos un buen padre —dijo ella, y su voz sonó distinta. Más blanda. 


— Intento —respondió Eber. 


Las manos se rozaron cuando él fue a tomar otro portarretrato. Un roce mínimo, eléctrico, que los dejó a los dos quietos. Valentina levantó la vista. Eber ya la estaba mirando. Sus rostros quedaron a centímetros, las bocas tan cerca que compartían el mismo aire. Y entonces, al mismo tiempo, como si hubieran estado ensayándolo, se besaron. 


Fue un beso profundo pero contenido al principio, solo labios, una presión suave que contenía toda la energía de un relámpago. Luego, algo se rompió. Las manos de Eber subieron por su cintura, las de ella se enredaron en su nuca, y el beso se volvió salvaje. Lenguas que se encontraban, dientes que chocaban, respiraciones que se aceleraban. Eber la empujó contra el mueble de los portarretratos, y uno de ellos cayó al suelo con un golpe seco que ninguno de los dos escuchó. 


Empezó a desnudarla. Primero el vestido esmeralda, que bajó con un solo movimiento, deslizándose por su cuerpo como agua. Debajo, un conjunto de ropa interior blanco, casi virginal. El corpiño sostenía sus pechos pequeños, de pezones pálidos. La bombacha se ceñía a sus caderas estrechas. Eber desabrochó el corpiño y lo dejó caer. Luego la bombacha. Valentina quedó desnuda frente a él, y él se tomó un momento para mirarla. 


Era una visión. La piel pálida, casi traslúcida, dejaba entrever una fina red de venas azules bajo la clavícula. Los pechos, pequeños pero perfectamente formados, se sostenían solos, los pezones de un rosa pálido que contrastaba con el cobrizo de su cabello. La cintura se quebraba en una curva abrupta, un talle de avispa que parecía tallado por un escultor. Las caderas, aunque estrechas, tenían una redondez suave, femenina, y entre ellas se abría un triángulo de vello cobrizo, casi anaranjado, tan claro que parecía translúcido. Las piernas eran largas, fibrosas, con unos muslos torneados que temblaban ligeramente bajo su mirada. 


Eber la tomó de la cintura, la giró, y la apoyó contra el mueble de las fotos. El vidrio de los portarretratos reflejaba sus cuerpos: el de ella, pálido y esbelto; el de él, moreno y musculoso. Se desnudó con urgencia, liberando su miembro enorme que ya palpitaba, y la penetró ahí mismo, de pie, con ella apoyada sobre el mueble y las fotos de Davinia de testigo. 


Entró despacio, porque ella era estrecha, muy estrecha, y el tamaño de él siempre exigía un preámbulo. Valentina ahogó un gemido, las manos aferradas al borde del mueble, los nudillos blancos. Eber empujó un poco más, y luego un poco más, y cuando por fin estuvo completamente dentro, se quedaron quietos, los dos jadeando, los dos temblando. Ella tenía los ojos cerrados, la boca abierta, y de su garganta escapó un quejido que era mitad dolor y mitad placer. 


— Dios... —suspiró. 


Él empezó a moverse. Las primeras embestidas fueron lentas, profundas, cadenciosas. Cada envión empujaba a Valentina contra el mueble, y los portarretratos vibraban, las imágenes de Davinia niña temblando como si el pasado mismo se estremeciera. Los pechos de ella, pequeños y firmes, se balanceaban suavemente, y Eber bajó la cabeza para lamer uno de sus pezones. Lo sintió endurecerse bajo su lengua, y ella gimió más fuerte. El sudor empezó a perlarlos a ambos. La piel pálida de Valentina brillaba, sus músculos se tensaban, sus piernas temblaban. 


Él aumentó el ritmo. La tomó de las caderas y empezó a bombear más rápido, más fuerte. El sonido de la piel chocando contra piel llenaba el living, un tambor obsceno que acompañaba los gemidos cada vez más agudos de ella. Valentina apoyó la frente en el mueble, los ojos apretados, y empezó a moverse con él, a encontrar su ritmo, a recibirlo. Ya no era la chica tímida que buscaba validación. Ahora era una hembra que gemía, que empujaba las caderas hacia atrás, que pedía más sin decirlo. 


Eber la giró sin salir de ella. La puso de espaldas contra el mueble, le levantó una pierna y se la apoyó en la cadera, y la penetró de nuevo en ese ángulo distinto, más profundo. Valentina gritó. Un grito corto, agudo, que quedó flotando en el aire. Las fotos de Davinia cayeron al suelo con un estruendo de vidrios rotos, pero ninguno de los dos se detuvo. Eber la embestía con una fuerza que sacudía el mueble, que hacía temblar el piso, que los envolvía a los dos en una nube de sudor y jadeos. Los músculos de sus abdominales se tensaban, sus brazos eran dos cables de acero, su respiración un fuelle. 


— Mirá lo que hacés —gruñó él, y su voz sonó como una orden—. Mirá cómo me tenés. 


— No puedo... no puedo parar... —gimió ella, y sus ojos verdes estaban vidriosos, perdidos en un placer que nunca había sentido. 


El orgasmo de Valentina llegó como un latigazo. Un espasmo que le contrajo todo el cuerpo, le arqueó la espalda y le arrancó un grito ronco. Sus uñas se clavaron en el mueble, dejándole marcas. Él la sostuvo, siguió bombeando, y unos segundos después, con un rugido, se vació dentro de ella. Se quedaron quietos, abrazados, los dos temblando, los dos empapados de sudor. En el suelo, los portarretratos rotos reflejaban sus cuerpos desnudos en fragmentos de vidrio, como un mosaico de placer y destrucción. 

 

Hicieron el amor una vez más como dos perros en celos en la cama de Eber. 


Cuando Valentina se fue, caminando despacio hacia la puerta con el vestido esmeralda arrugado, su mente era un torbellino. "No solo es un hombre responsable", pensó mientras esperaba el ascensor. "También es una máquina en la cama." Y por primera vez en años, sintió que alguien la veía de verdad. 


Eber, desnudo en su cama, con el cuerpo todavía vibrando, tomó el celular y le escribió a Camila: 

— Nos vemos en tres horas. En el parque a dos cuadras de mi casa. 


No le preguntó. Le ordenó. Y la respuesta llegó antes de lo que esperaba: 

— Sí, me encantaría. 


Se bañó, comió algo ligero, y salió hacia el parque con el tiempo justo. Llegó media hora antes y se sentó en un banco de madera, bajo la sombra de un tilo. El parque era un remanso en medio de la ciudad: senderos de tierra, arbustos tupidos, alguna pareja paseando a lo lejos. Casi nadie. El escenario perfecto. 


Camila llegó puntual. La vio de lejos, caminando hacia él con la espalda recta y el paso firme de la ex gimnasta que era. Llevaba un conjunto deportivo negro: un top ajustado que marcaba sus pechos medianos y firmes, y una pollerita corta que dejaba al descubierto sus piernas interminables. El cabello rubio platino, cortado en un bob asimétrico, brillaba bajo el sol, y los ojos azules estaban delineados con un trazo fino. Su cuerpo era una maravilla de músculos largos y definidos: hombros marcados, brazos fibrosos, cintura mínima, caderas poderosas. Las nalgas, redondas y altas, tensaban la tela de la pollera, y los muslos, duros como el acero, se adivinaban bajo la tela. Era una estatua griega con zapatillas. 


Se acercó y lo saludó con un beso en la mejilla, los labios rozando su piel con una mezcla de ternura y sensualidad. Pero Eber no estaba para ternuras. La miró fijo, los ojos oscuros clavados en los de ella, y dijo: 

— Sacate la tanga. 


Camila parpadeó. Sus ojos azules se abrieron grandes, incrédulos. 

— ¿Qué? —preguntó, la voz apenas un hilo. 


— Ya me escuchaste —respondió Eber, y su tono no admitía réplica—. Desde hoy vas a ser mi putita obediente. 


El rostro de Camila se encendió. Un rojo intenso le subió por el cuello, le tiñó los pómulos, le llegó hasta las orejas. Pero no era bronca. Era otra cosa. Una mezcla de vergüenza y excitación que le revolvía las entrañas. Le parecía absurdo lo que le pedía, pero al mismo tiempo, algo en su interior, algo profundo y oscuro, quería obedecer. Miró alrededor. El parque estaba casi vacío. Un señor paseaba a su perro a lo lejos. Nadie más. 


Sus dedos bajaron lentamente por su cintura, se deslizaron por debajo de la pollera, y engancharon el elástico de la tanga. Era negra, mínima, un hilo de nada. La bajó con cuidado, pasándola por sus muslos, por sus rodillas, por sus tobillos. Quedó en su mano, hecha un bollo de encaje. Eber se la quitó, se la guardó en el bolsillo del pantalón, y le acarició la cabeza como quien acaricia a una mascota obediente. 


— Buena putita —dijo, y su voz sonó casi tierna. 


Camila no respondió. No podía. Su mente era un torbellino. "¿Por qué obedecí? ¿Por qué estoy tan excitada?" No encontraba respuestas. Solo sentía el vacío bajo la pollera, el roce del aire contra su intimidad desnuda, y una humedad que ya empezaba a acumularse entre sus piernas. 


Eber la tomó de la mano y la llevó por un sendero apartado, hacia un rincón del parque donde los arbustos crecían tupidos. La puso de espaldas contra el tronco de un árbol, los pechos aplastados contra la corteza áspera. Le levantó la pollera, dejando al descubierto sus nalgas redondas, y le dio una nalgada. Un golpe seco que resonó en el silencio del parque y le arrancó un gritito ahogado. Camila apretó los labios, los ojos cerrados, las manos apoyadas en el tronco. Y entonces lo sintió. El miembro de Eber, caliente, enorme, apoyándose en su entrada húmeda. 


— No te muevas —ordenó él, y la penetró de un solo golpe. 


Camila ahogó un grito contra su propia mano. La presión era abrumadora, una invasión que la llenaba por completo, que la estiraba hasta un límite que no conocía. Eber se quedó quieto un instante, saboreando el calor que lo envolvía, y luego empezó a moverse. Las embestidas fueron lentas al principio, profundas, cada una arrancándole un gemido distinto. La pollera se había subido a su cintura, y sus nalgas, redondas y firmes, se contraían con cada envión. El tronco del árbol le raspaba los pezones a través del top, y ese dolor mínimo le encendía la piel. 


— ¿Te gusta, putita? —gruñó Eber contra su oído, las palabras saliendo entre jadeos. 


— Sí, sí, me encanta —gimió ella, y su voz sonó rota, entregada. 


— Decime que sos mi putita obediente. 


— Soy tu putita obediente, soy tu putita obediente —repitió Camila como un rezo, y al decirlo sintió que algo se liberaba dentro de ella. Años de disciplina, de perfección, de mantener el control. Ahora no tenía que controlar nada. Solo obedecer. 


Eber aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más furiosas. La tomó de las caderas y empezó a bombear con una fuerza que sacudía el árbol, que hacía caer hojas sobre sus cabezas. Los músculos de Camila se tensaban, sus piernas temblaban, sus manos arañaban la corteza. El sudor perlaba su frente, su cuello, el valle entre sus pechos. Los gemidos se volvieron constantes, una letanía que se mezclaba con el sonido de la piel chocando contra piel y el susurro del viento entre las ramas. 


— Más, más —suplicó ella, y él se lo dio. 


La tomó del cabello, un puñado de rubio platino, y tiró hacia atrás, arqueando su espalda. El ángulo cambió, y su miembro rozó ese punto profundo que la hacía enloquecer. Camila gritó, un grito que se perdió entre los árboles, y sintió que su cuerpo se desarmaba. El orgasmo le llegó como una explosión, un espasmo que le contrajo cada músculo y le arrancó un alarido ronco. Eber la sostuvo, siguió bombeando, y unos segundos después, con un rugido, se vació dentro de ella. Se quedaron quietos, los dos apoyados contra el árbol, los dos jadeando, los dos empapados de sudor. 


Cuando terminaron, Camila quedó desnuda de la cintura para abajo, la pollera todavía arremangada, las piernas temblorosas. Su cuerpo brillaba de sudor: los muslos firmes, las pantorrillas cinceladas, las nalgas redondas y enrojecidas por los golpes. El vello púbico, de un rubio tan claro que parecía blanco, brillaba con la humedad del sexo. Los pechos, todavía cubiertos por el top, subían y bajaban agitados. Los ojos azules estaban vidriosos, perdidos, y en sus labios se dibujaba una sonrisa exhausta. 


Se vistió despacio, pero Eber no le devolvió la tanga. Se la guardó en el bolsillo, y ella no se la pidió. Cuando estuvo lista, él se inclinó hacia su oído y le susurró: 

— ¿Te gustó obedecer, putita? 


Camila bajó la mirada, el rubor otra vez en sus mejillas. 

— Me encantó —dijo, y su voz fue apenas un suspiro. 


Caminó hacia su auto sin ropa interior, sintiendo el roce de la pollera contra su intimidad desnuda, y algo en su interior había cambiado. No entendía por qué, pero sentía que ese hombre, ese tipo de cuarenta y cinco años con cara de pocos amigos, la comprendía de verdad. La comprendía más que todos los que la habían tratado como una muñeca, como un trofeo, como una gimnasta sin sentimientos. Él sabía lo que ella necesitaba. Y se lo daba. 


Eber volvió a su casa agotado pero triunfante. Se preparó la cena, un bife con ensalada, y mientras comía de pie frente a la mesada, revisó el celular. Las solicitudes de Instagram seguían llegando. Chicas nuevas, jóvenes, hermosas, que le escribían con emojis de fuego y promesas veladas. Pero él ya no las miraba con el mismo hambre. Algo había cambiado ese día. Lo que había experimentado con Camila en el parque, esa rendición absoluta, esa obediencia que nacía del deseo y no del miedo, le había volado la cabeza. Que una mujer tan hermosa, a la que todos veían como un símbolo de belleza inalcanzable, se convirtiera en su putita obediente con solo chasquear los dedos. Era un poder distinto. Un poder que no tenía que ver con el tamaño de su miembro, sino con algo más profundo. 


Apagó el celular, dejó el plato en la pileta, y se quedó mirando por la ventana. Davinia todavía no volvía. La casa estaba en silencio. Y Eber, mientras esperaba a su hija, se hizo una pregunta que le encendió la sangre: "¿Las demás también serán así de obedientes?". La idea le rondó la cabeza como un mantra. Porque ahora ya no solo quería poseerlas. Quería dominarlas. Y el pensamiento, lejos de asustarlo, lo excitó más que cualquier mensaje de cualquier modelo nueva.

 


Continuara... 

Comentarios

Pub.