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El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 7
El martes amaneció con un cielo plomizo que amenazaba tormenta, pero Eber ya estaba en pie antes de que el primer trueno retumbara en el horizonte. Se había acostumbrado. A las modelos, a las noches de sexo, a despertarse con el olor de otra piel todavía impregnado en los dedos. Lo que antes le habría parecido un sueño imposible ahora era su rutina. Se preparó un café, se vistió con la calma de un tipo al que ya nada lo apura, y se fue al gimnasio. Entrenó una hora, los músculos respondiendo como cables bien tensados, y después se fue a la remisería central a reunirse con su administrador. Tenía que cerrar la compra de diez autos cero kilómetros para las nuevas sucursales. Negocios. Expansión. El otro lado de su nueva vida, el que no tenía que ver con las sábanas, pero sí con el poder.
Mientras tanto, en otro rincón de la ciudad, el grupo de WhatsApp "Reinas de la Pasarela" ardía. Renata estaba tirada en el sillón de su loft, el celular en la mano, los ojos celestes fijos en la pantalla. Leía los mensajes de Antonella, los emojis de fuego, las preguntas de las otras chicas, y sentía algo que no sabía nombrar. Era un nudo en el estómago, una incomodidad difusa que le apretaba el pecho. Celos. ¿Celos de qué? Había visto a Eber una sola vez. Una sola noche. Un polvo en un auto que ni siquiera había llegado a donde ella quería. Y sin embargo, la idea de que otras lo hubieran probado, de que Antonella describiera con ese detalle obsceno lo que ella apenas había rozado con los labios, le revolvía las entrañas.
"Todavía amo a mi ex", se dijo, aferrándose a esa excusa como a un clavo ardiendo. Pero en el fondo, una voz más honesta le susurraba que no, que a su ex nunca lo había amado. Se había acostumbrado a él, a su presencia, a su billetera, a la rutina de una relación que no le pedía nada y no le daba nada. Lo que sentía ahora era otra cosa. Era el deseo de lo que no había terminado, de lo que había dejado escapar, de ese hombre de brazos duros y miembro descomunal que ahora otras estaban disfrutando. Se mordió el labio y siguió leyendo, sin decir nada, rumiando una decisión que todavía no sabía que ya había tomado.
En ese mismo grupo, pero en otra pantalla, Luciana leía los mensajes con los ojos muy abiertos y una sonrisa que le torcía la boca. Veintiún años. Escapada de una familia religiosa que le había reprimido hasta el pensamiento. Desde que se fue de su casa, a los dieciocho, se había dedicado a devorar el mundo con un hambre que no conocía límites. Probó con mujeres, con dos hombres al mismo tiempo, con tríos, con juegos que no se atrevía a contar. Pero le faltaba algo. Un miembro de verdad. No uno de esos normales, corrientes, que había encontrado en sus exploraciones. Algo grande. Algo que la hiciera sentir que estaba viva, que el placer no era pecado sino redención. Recordó a Eber, aquel tipo de la fiesta de Davinia. Le había parecido un hombre común, de esos que no mirás dos veces. Pero ahora, leyendo a Renata y a Antonella, entendió que se había equivocado. "El padre de Davinia es un caballo", había escrito Antonella. Y Luciana quería comprobarlo.
Eber estaba almorzando en un restaurante frente a la concesionaria, un bife de chorizo con ensalada y un agua mineral, cuando le vibró el celular. Una notificación de Instagram. Una solicitud de seguimiento. Abrió la aplicación y vio el perfil: Luciana. La reconoció al instante. Veintiún años, el cabello castaño con reflejos cobrizos que Davinia le había señalado en la fiesta, los ojos color miel. El perfil era un escaparate de su cuerpo: fotos en ropa interior, diminuta, de encaje; videos en desfiles, caminando con esa cadencia felina que tenían todas las modelos; selfies frente al espejo, los labios carnosos en un puchero sensual. Miles de seguidores. Cientos de comentarios de hombres que le prometían el cielo y la tierra. Y ella le había enviado una solicitud a él. Al tipo de la cara fea y los brazos duros.
Aceptó. La siguió de vuelta. Y casi al instante, el mensaje llegó:
— Hola, Eber. ¿Te acordás de mí? Soy Luciana, amiga de Davinia. Nos vimos en la fiesta.
Él sonrió. Apoyó el tenedor y respondió:
— Claro que me acuerdo. Imposible olvidarse de vos.
La conversación fluyó con una naturalidad que lo sorprendió. Ella le hacía preguntas, se reía de sus respuestas, le tiraba comentarios con doble sentido que él, ya entrenado en el arte de la seducción, devolvía con creces. En menos de media hora, Luciana lo invitó a cenar a su casa esa misma noche. Eber aceptó sin dudar. Intercambiaron números, y cuando él dejó el celular sobre la mesa, se quedó un instante mirando el plato vacío. "Una hermosura como ella nunca escribe primero. Y si lo hace, es a un pibe lindo, no a un tipo de más de cuarenta." Algo le decía que ahí había gato encerrado. Pero el hambre que le había despertado Davinia no se andaba con remilgos. Si la presa se ofrecía, él no iba a hacerse el difícil.
Esa misma tarde, mientras Eber cerraba la compra de los diez autos en la concesionaria, Davinia estaba en su oficina revisando los números de sus clientas. La agencia explotaba. Cincuenta mujeres, todas con sus campañas, sus estrategias, sus egos que administrar. Estaba concentrada, los dedos volando sobre el teclado, cuando un golpe en la puerta la sacó de su trance. Levantó la vista y vio a Joaquín parado en el umbral, con una sonrisa de zorro y una bolsa en la mano.
— ¿Se puede? —preguntó, aunque ya estaba entrando.
— Ya entraste —respondió ella, recostándose en el sillón de terciopelo verde. Lo miró de arriba abajo. Algo había cambiado en él. La panza cervecera seguía ahí, pero más reducida, domada por dos semanas de gimnasio. Los brazos empezaban a marcar una forma incipiente. La camisa, que antes le quedaba justa, ahora le sobraba un poco en la cintura.
— Estás hermosa —dijo Joaquín, y lo dijo sin el tono de chamuyo barato que solía usar. Lo dijo como un hecho.
Davinia se rio, esa risa corta y cristalina que usaba como escudo.
— Eso ya lo sé. Decime algo que no sepa.
— Estoy cambiando —dijo él, y le alcanzó la bolsa.
Ella la abrió. Adentro había un portarretratos digital, de esos que rotan imágenes. Pero no era uno cualquiera: el marco era de plata labrada, con un diseño art decó que combinaba con la estética de su oficina, y la pantalla ya estaba cargada con imágenes de sus mejores campañas, de las modelos que ella había lanzado al éxito. Era un regalo pensado, no comprado a las apuradas. Davinia se quedó en silencio, los ojos verdes fijos en el portarretratos que cambiaba de imagen cada cinco segundos. Algo se movió en su pecho. Algo incómodo, parecido al agradecimiento, pero mezclado con el miedo.
— Estás cambiando —admitió ella, sin levantar la vista.
— Es por vos —dijo Joaquín, y su voz sonó extrañamente seria—. Y no es solo esto. La casa que le voy a vender a tu viejo se la dejo a precio de costo. El resto del valor es un regalo para vos. Para que tengas la casa que te merecés.
Davinia levantó la cabeza. Sus ojos verdes, esos que nunca mentían, se clavaron en los de él. Había sinceridad ahí. Una sinceridad que la desarmaba. Joaquín, el mujeriego, el poco confiable, el que nunca se tomaba nada en serio, estaba ahí, plantado frente a ella, ofreciéndole algo que iba más allá de un regalo caro. Le estaba ofreciendo esfuerzo. Cambio. Una versión de sí mismo que ella no conocía.
— Te estás portando bien —dijo Davinia, y una sonrisa auténtica le asomó en los labios—. Como premio, te voy a dejar que me lleves a cenar mañana a la noche.
— Como desee mi princesa —respondió Joaquín, y le hizo una reverencia exagerada que la hizo reír de verdad, una risa que le salió del estómago y le iluminó la cara.
Se quedaron tomando mates, charlando de pavadas, de la casa, de los autos nuevos de Eber, de las clientas de ella. La oficina se llenó de una calidez que Davinia no esperaba. Cuando Joaquín se fue, ella se quedó mirando el portarretratos digital, viendo pasar las imágenes de sus éxitos, y se descubrió pensando en él. "No es confiable como papá", se repitió. Pero esta vez la frase le sonó hueca.
La noche llegó con la tormenta que había estado amenazando todo el día. La lluvia golpeaba los vidrios de la ciudad mientras Eber estacionaba frente al edificio de Luciana, en un barrio de calles arboladas y balcones con rejas de hierro forjado. Subió en ascensor hasta el séptimo piso, se acomodó la camisa, y tocó el timbre. La puerta se abrió, y lo que vio le cortó la respiración.
Luciana era un sueño de esos que uno tiene cuando es adolescente y no sabe todavía cómo funciona el mundo. Tenía el cabello castaño con reflejos cobrizos, una melena larga y ondulada que caía sobre sus hombros como una cascada de cobre líquido. Los ojos, grandes y expresivos, eran de un color miel que atrapaba la luz del pasillo y la devolvía en destellos dorados. La nariz era pequeña, respingada, de esas que les quedan bien a las chicas que sonríen con facilidad. Los labios, carnosos y naturalmente rosados, estaban pintados con un gloss que los hacía brillar. Pero era su cuerpo lo que realmente hablaba. Llevaba un vestido rojo, ceñido al torso como un guante de seda, que marcaba unos pechos medianos pero perfectamente torneados, firmes, con los pezones insinuándose bajo la tela. La cintura era fina, quebradiza, y las caderas se ensanchaban en una curva suave, femenina. Las piernas, largas y bien formadas, terminaban en unos tacones finos que la elevaban unos centímetros. Todo en ella era invitación.
— Hola, Eber —dijo, y su voz era un ronroneo que envolvía las palabras en terciopelo—. Pasá.
Él entró. El departamento era un reflejo de su personalidad: moderno, minimalista, con toques de color aquí y allá. Un sofá gris, una mesa de comedor de vidrio, velas aromáticas ya encendidas, y una botella de vino tinto esperando sobre la mesa. Cenaron entre risas, miradas que se sostenían más de la cuenta, y ese juego de seducción que ambos conocían bien. Luciana le contó de su familia, de la religión que le habían impuesto, de cómo se había escapado a los dieciocho para descubrir quién era realmente. Eber la escuchaba, fascinado. No era solo su cuerpo lo que lo atraía; era esa determinación, ese hambre de vida, esa curiosidad insaciable que la había llevado a probarlo todo.
— Probé con mujeres, con dos hombres a la vez, con juguetes —dijo ella, y lo miró a los ojos—. Pero nunca probé algo como vos.
Eber sintió un escalofrío. "Sabe lo de mi tamaño", pensó. "Seguro que las otras le contaron." Pero lejos de molestarlo, la idea lo excitó. Era un trofeo, una leyenda, un mito que las modelos se pasaban de boca en boca. Y él, el tipo de la cara fea, era el protagonista.
Terminaron de cenar. Luciana se puso de pie, y sin dejar de mirarlo, se llevó las manos al borde del vestido rojo. Con un movimiento lento, casi ritual, deslizó la tela hacia arriba, dejando al descubierto sus muslos, sus caderas, y finalmente la ausencia de ropa interior. La tanga, negra y mínima, quedó colgando de sus dedos como un trofeo de guerra. La dejó caer al suelo. Luego se llevó una mano al escote, bajó uno de los breteles, y dijo, con una sonrisa que era pura maldad contenida:
— Es hora de jugar.
Eber se levantó de la silla con la lentitud de un depredador que ya tiene a su presa acorralada. La tomó de la cintura, sintiendo la piel cálida bajo sus dedos, y la atrajo hacia él. La empujó hacia la mesa del comedor, pero ella, con una agilidad felina, se giró y lo empujó a él contra el sillón. Eber cayó sentado, y Luciana, sin perder un segundo, se trepó sobre él.
Le desabrochó el cinturón, el pantalón, y liberó el miembro enorme que ya palpitaba, caliente, duro como una roca. Ella lo miró, y por un instante sus ojos color miel se abrieron con un asombro primario. "Es más grande de lo que imaginaba", pensó, y una corriente de excitación le bajó por el vientre. Se acomodó sobre él, las rodillas a los costados de sus caderas, y empezó a bajar. Sintió la punta, caliente y húmeda, presionando su entrada. Empujó. Un gemido escapó de su garganta. La presión era abrumadora, un estiramiento que dolía y gustaba al mismo tiempo. Bajó un poco más, y luego un poco más, y el miembro fue entrando en su interior estrecho con una lentitud que la hizo temblar.
— Dios... —suspiró, la cabeza echada hacia atrás, el cabello cobrizo rozando la espalda de Eber.
Él la miraba, las manos aferradas a sus caderas, los pulgares hundiéndose en la carne suave. Los pechos de ella, firmes y redondos, quedaban a la altura de su boca, y él no pudo resistirse. Se inclinó hacia adelante y tomó uno de los pezones entre sus labios. Lo lamió, lo mordió con suavidad, lo sintió endurecerse bajo su lengua. Luciana gimió más fuerte, las manos aferradas a sus hombros. Luego él mordió más fuerte, un pellizco de placer y dolor que le arrancó un gritito agudo. Y entonces empezó a moverse.
Cabalgó sobre él con un ritmo al principio suave, probando, buscando el ángulo. Su cuerpo se movía como una bailarina, las caderas girando, las piernas apretándolo. Los pechos rebotaban frente a la cara de Eber, y él los devoraba, los lamía, los mordía, dejando marcas rojas sobre la piel pálida. Las manos de él recorrían su espalda, sus glúteos, sus muslos enfundados en las medias de red. La tela áspera le raspaba las palmas, y ese contraste le encendía la piel.
— Más, más, más —suplicaba Luciana, la voz rota, los ojos en blanco.
— Se nota que necesitabas algo grande, nena —gruñó Eber contra su oído, las palabras saliendo entre jadeos—. Se nota que esos nenes con los que estabas no te llenaban.
— No, no me llenaban —gimió ella, y empujó más fuerte, más profundo, hasta que lo tuvo entero.
El primer orgasmo le llegó así, arriba, montándolo. Un espasmo que le contrajo todo el cuerpo, le arqueó la espalda y le arrancó un grito agudo, casi animal. Se desplomó sobre el pecho de Eber, jadeando, las piernas temblorosas. Pero él no había terminado. Ni cerca. La tomó de las caderas, la levantó como si no pesara nada, y la llevó contra la pared más cercana. La espalda de ella chocó contra la pintura fría, y él, sin darle tregua, la penetró de nuevo.
Las embestidas fueron furiosas, profundas, demoledoras. La pared retumbaba con cada golpe. Luciana gemía, gritaba, arañaba la espalda de Eber con unas uñas pintadas de rojo, dejándole surcos sobre la piel curtida. Él la sostenía con una fuerza sobrehumana, las manos debajo de sus muslos, levantándola como si fuera una pluma. El sudor perlaba la frente de ambos, se mezclaba, resbalaba por sus cuerpos. Los pechos de ella rebotaban sin control, los pezones rozando el pecho de él. El espejo del living devolvía una imagen obscena: un hombre musculoso, una chica desnuda envuelta en sus brazos, las piernas abiertas, los tacones todavía puestos.
— ¿Te gusta así, nena? —preguntó Eber, la voz ronca, dominante.
— Sí, así, así, no pares —suplicó ella, y sus ojos color miel estaban vidriosos, perdidos en un placer que nunca antes había sentido.
El sonido de la piel chocando contra piel era un tambor frenético, acompañado por los gritos cada vez más agudos de Luciana. Eber sentía cómo se acercaba al clímax, pero quería más. Quería romperla, desarmarla, hacerla pedazos. La llevó al sillón, la puso en cuatro patas, las rodillas hundidas en los almohadones, las manos aferradas al respaldo. La penetró por atrás, una estocada profunda que le arrancó un alarido. Agarró sus caderas, las apretó con fuerza, y empezó a bombear. Las nalgas de ella, redondas y firmes, chocaban contra su pelvis con un ruido húmedo, obsceno. Las medias de red se habían corrido, dejando ver la piel pálida de los muslos. Los pechos de Luciana se balanceaban como péndulos, los pezones rozando la tela del sillón.
El segundo orgasmo le llegó como un tsunami, un espasmo que le arrancó un grito ronco, gutural. Las paredes internas de ella se cerraron alrededor de él, exprimiéndolo, y eso fue todo lo que Eber necesitó. Con un rugido, se vació dentro de ella, sintiendo cómo su propia esencia se mezclaba con la de Luciana en un río caliente. Se quedó quieto, temblando, la frente apoyada en la espalda de ella, los dos jadeando como animales después de la caza.
Pero no terminó ahí. Eber, el hombre de la resistencia infinita, la penetró una vez más en su cuarto, sobre las sábanas de seda negra. Y esta vez, Luciana tuvo dos orgasmos más. Dos. El primero con ella boca arriba, las piernas enredadas en su cintura, los ojos fijos en los de él. El segundo con ella de costado, una pierna levantada sobre su hombro, los gemidos ahogados contra la almohada. Cuando Eber finalmente se apartó, exhausto, la luz de la madrugada ya empezaba a filtrarse por las persianas. Se vistió en silencio, mirando el cuerpo dormido de Luciana sobre la cama revuelta. Estaba desnuda, las sábanas apenas cubriéndole una pierna. Su cabello cobrizo se esparcía sobre la almohada como un abanico de fuego apagado. Su piel pálida brillaba, perlada de sudor, los pechos subiendo y bajando con una respiración profunda. Los labios, todavía hinchados, esbozaban una sonrisa inconsciente. Era un cuadro de una belleza tan frágil, tan íntima, que Eber se quedó un instante contemplándola. Luego se inclinó, le dio un beso en la frente —un gesto que ni siquiera él esperaba—, y salió del departamento cerrando la puerta con cuidado.
Luciana entreabrió los ojos justo cuando el clic de la cerradura resonó en el silencio. Se quedó inmóvil, el cuerpo dolorido, la mente flotando en un sopor de placer y agotamiento. Recordó cada embestida, cada mordisco, cada palabra de Eber. "Se nota que necesitabas algo grande, nena." Y era verdad. Lo había necesitado. Más de lo que ella misma sabía. Sonrió en la penumbra, estirando los brazos como una gata satisfecha. Luego tomó el celular de la mesa de luz. El grupo de WhatsApp "Reinas de la Pasarela" tenía treinta mensajes nuevos. Preguntas, especulaciones, chismes. Las chicas querían saber. Querían detalles. Luciana miró la pantalla, los dedos suspendidos sobre el teclado. Lo que había vivido esa noche era demasiado bueno. Demasiado íntimo. "No lo voy a compartir", pensó, y apagó el celular. "Seguramente más de una querrá probarlo. Y yo no soy egoísta. Pero tampoco soy tonta." Cerró los ojos, abrazó la almohada, y se durmió con una sonrisa cómplice dibujada en los labios.
Continuara...
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