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El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 4
El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Eber salió de su habitación con el andar pesado de quien todavía no termina de despegarse el sueño de los párpados. Lo sorprendió encontrar a Davinia en la cocina, porque su hija era de esas criaturas que solían aparecer cerca del mediodía, envueltas en una pereza felina que ni el café más cargado lograba disipar. Pero ahí estaba, sentada a la mesa, con la computadora portátil abierta y papeles desparramados como naipes de una partida que solo ella entendía.
Llevaba puesto un conjunto de ropa interior de un tono borravino que contrastaba con la palidez de su piel de rubia. Era un dos piezas de encaje, mínimo, casi un susurro de tela. Los triángulos del corpiño apenas contenían sus pechos pequeños, y el hilo de la bombacha se perdía entre sus caderas como una promesa. Tenía las piernas recogidas sobre la silla, los pies descalzos, el cabello rubio con raíces oscuras atrapado en un rodete desprolijo del que se escapaban mechones rebeldes. En sus ojos verdes brillaba esa chispa de concentración absoluta que Eber conocía bien: era su modo conquistadora.
— ¿Qué hacés despierta a esta hora? —preguntó él, sirviéndose un vaso de agua. Su voz todavía sonaba ronca, arrastrada.
— Negocios, papá —respondió ella sin levantar la vista de la pantalla, los dedos volando sobre el teclado—. Tengo más de treinta consultas de chicas que quieren que las maneje. Modelos, influencers, hasta una ex vedette. No doy abasto.
Eber se sentó frente a ella, apoyando los antebrazos en la mesa. La observó en silencio durante unos segundos. Veinte años y ya tenía un pequeño imperio entre las manos. La admiración le hinchó el pecho, pero también le encendió esa nueva faceta de consejero que los libros y las noches recientes habían despertado.
— Si no das abasto, pensá en grande. Contratá gente. Una asistente, alguien que te maneje las cuentas chicas mientras vos hacés la estrategia. Si querés crecer, tenés que delegar.
Davinia levantó la vista. Sus labios se curvaron en una sonrisa que era pura inteligencia. El consejo le había gustado. No solo por su contenido, sino por la fuente: su padre, que en dos semanas había pasado de ser un ermitaño emocional a un estratega del placer.
— Buen consejo —dijo, cerrando la tapa de la portátil con un gesto teatral—. Ahora tomalo vos. Contratá gente para la remisería y buscá más mujeres.
Eber soltó una risa corta, negando con la cabeza.
— Felicity se va hoy de viaje por dos semanas. A grabar contenido para sus redes. Y Renata sigue insegura, dice que necesita tiempo.
— Papá —Davinia se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en una mano—, hay muchas más mujeres ahí afuera. El mundo está lleno de chicas hermosas que buscan un hombre fuerte que las sepa cuidar. Yo me encargo de presentártelas.
Él la miró. En sus ojos verdes no había broma, sino una determinación tan sólida como el mármol.
— Bueno —dijo, y al decirlo sintió que cruzaba otra frontera, un límite más que se desdibujaba.
Pasaron dos días. Dos días de vértigo y cemento. Davinia cortó las cintas de su oficina nueva con una tijera dorada, rodeada de amigas, clientas y el aroma del éxito recién estrenado. El local era un sueño minimalista: paredes blancas, muebles de diseño, una sala de reuniones con un ventanal que daba a la calle y un estudio de fotografía equipado con lo último. Su nombre, "Davinia Estudio", brillaba en letras doradas sobre la puerta de vidrio. Eber, por su parte, inauguró dos remiserías más en la misma semana. Su pequeño imperio de motores y asfalto ahora abarcaba cinco locales, y su administrador ya hablaba de una sexta sucursal. El éxito profesional de ambos era un espejo en el que se reflejaban, pero el verdadero cambio corría por debajo, en esa corriente subterránea de deseo y poder que ahora gobernaba sus vidas privadas.
La noche de la inauguración, Davinia alquiló un salón pequeño pero elegantísimo en el corazón de Palermo. Arañas de cristal colgaban del techo, derramando una luz dorada sobre los invitados. La barra servía champagne francés, y la música era un house sutil que invitaba a moverse sin estridencias. Ella recibía a sus invitados en la entrada, y verla era entender por qué su negocio estaba destinado al éxito.
Llevaba un vestido largo de satén negro, ceñido al cuerpo como un guante líquido. La espalda quedaba completamente al descubierto, una caída de piel dorada que terminaba justo antes de la curva de sus glúteos. El escote delantero era un triángulo profundo que insinuaba sin mostrar, y el cabello, peinado en ondas sueltas, caía sobre sus hombros como un río de miel. Los ojos verdes estaban delineados con un trazo felino. Era la anfitriona perfecta: cálida, calculadora, dueña de cada palabra y cada sonrisa.
El salón se llenó rápido. Mujeres bellísimas pululaban por todos lados, una constelación de cuerpos imposibles y rostros de revista. Modelos de pasarela, influencers, actrices incipientes, todas buscando un lugar en el nuevo mundo digital que Davinia prometía conquistar para ellas. Había pocos hombres, pero entre ellos, como un roble en un jardín de orquídeas, estaba Eber. Vestía una camisa blanca que tensaba sus bíceps y un pantalón oscuro que marcaba sus muslos trabajados. Su rostro seguía siendo el de siempre, tallado a hachazos, poco agraciado, pero ahora se movía con una seguridad nueva, una autoridad que llamaba la atención.
Davinia lo tomó del brazo y lo guió por el salón como quien exhibe una obra de arte. A cada chica que se cruzaban, ella lo presentaba con las mismas palabras, dichas con un orgullo que no admitía discusión:
— Él es Eber, mi padre. El mejor hombre del mundo.
Pero después, en susurros al oído, venía la información real. La carnada. El mapa del tesoro.
— ¿Ves a esa? —le dijo, señalando con disimulo a una morocha de pelo corto y ojos almendrados que conversaba junto a la barra—. Se llama Antonella, veintidós años. Es modelo de alta costura, pero la dejó el novio hace un mes y está convencida de que ningún hombre la va a querer. Su debilidad: la protección. Tratala como si fuera lo más valioso del mundo, que ella sola se te entrega.
Siguieron caminando. Davinia señaló a una pelirroja de risa escandalosa que brindaba con un grupo.
— Valentina, veinte años. Tiene una relación pésima con el padre, un tipo ausente que nunca le dio pelota. Su debilidad: la validación masculina. Decile que es inteligente, que su opinión importa. Con eso ya te ganás su atención.
Más allá, una rubia altísima de piernas infinitas se sacaba una selfie junto a un jarrón.
— Camila, veintitrés. Ex gimnasta, ahora hace modelaje publicitario. Su debilidad: la disciplina. Se derrite con hombres que la manden, que le digan qué hacer. Tratala como un entrenador, con firmeza, y hace lo que quieras.
Eber escuchaba, asentía, almacenaba cada dato en un archivo mental que crecía minuto a minuto. Davinia le presentó a más de diez chicas esa noche. Cada una con su nombre, su edad, un detalle de su figura —curvas generosas, cintura quebradiza, piernas torneadas, pechos pequeños pero firmes— y el color de cabello —negro azabache, rubio ceniza, castaño con reflejos cobrizos—. Pero lo importante era el final de cada presentación: la debilidad. La llave maestra. Dónde apretar para que la puerta se abriera.
— Morena, diecinueve años. Fue anoréxica, ahora está recuperada pero le quedaron complejos con su cuerpo. Su debilidad: los cumplidos sobre su físico. No sobre su cara, eso se lo dicen todos. Sobre su cuerpo. Decile que está fuerte, que se la ve sana. Se va a derretir.
— Luciana, veintiuno. Viene de una familia muy religiosa, se escapó de la casa a los dieciocho. Su debilidad: la libertad. Prometele que con vos puede ser quien quiera, sin reglas.
— Florencia, veinticuatro. Tiene un hijo chico, el padre las abandonó. Su debilidad: la estabilidad. Mostrate como un tipo que se queda, que no huye.
— Martina, veinte. Es bisexual, pero nunca estuvo con un hombre mayor. Su debilidad: la curiosidad. No la presiones, dejá que ella venga. Hacete el misterioso.
Eber absorbía todo. La cabeza le daba vueltas, no solo por el champagne, sino por el vértigo de tener un menú de belleza y juventud desplegado ante sus ojos. Él, el tipo de la cara fea, el remisero, el abandonado. Ahora era el lobo en el gallinero, y las gallinas le abrían la puerta.
La fiesta seguía su curso. La música subió un poco, algunas parejas improvisaron un baile. Eber se había quedado junto a una columna, saboreando su copa y observando el paisaje humano, cuando una figura se desprendió del gentío y se acercó a él con pasos tímidos. Era Morena, la chica de diecinueve años, la que había sido anoréxica. Llevaba un vestido corto color lavanda que dejaba ver sus piernas delgadas pero ya no esqueléticas, sus brazos finos pero sin la fragilidad de antes. El cabello castaño oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos marrones, grandes y expresivos, lo miraban con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
— ¿Cuánto hace que vas al gimnasio? —preguntó, la voz apenas un hilo.
Eber recordó las palabras de Davinia. "Le quedaron complejos con su cuerpo. Decile que está fuerte, que se la ve sana." Bajó la copa y le dedicó una sonrisa que intentó que fuera cálida, no depredadora.
— Cinco años sin parar. Pero vos no necesitas ningún gimnasio.
Morena se rio, una risa corta, incrédula. Un rubor le tiñó las mejillas.
— Gracias, pero el médico me recomendó aumentar masa muscular. Por la recuperación.
— Si es por salud, te recomiendo el gimnasio al que voy yo. Es grande, va gente de todo tipo. Nadie te va a mirar raro —dijo Eber, y su tono era genuino, casi paternal.
Ella lo miró con gratitud. La conversación siguió, liviana. Hablaron de su recuperación, de lo difícil que era el mundo del modelaje para alguien con sus antecedentes, de lo sola que se sentía a veces. Morena confesó que no estaba acostumbrada a salir, que las fiestas la abrumaban, que ya tenía sueño. Eber, recordando otra de las enseñanzas de su hija —"la soledad es su debilidad, buscá compañía"—, se ofreció a llevarla a casa. Ella aceptó con un alivio casi infantil.
Se despidieron de Davinia desde lejos. Ella levantó una mano y le devolvió el saludo, pero en su mente ya estaba otra cosa. "¿Dónde está Joaquín?", se preguntó, frunciendo apenas el ceño. Lo había invitado personalmente, y el muy canalla ni siquiera había aparecido.
El auto de Eber se deslizó por las calles de Buenos Aires, llevando a Morena hacia su departamento en Villa Crespo. Era un edificio modesto, de esos de líneas simples y balcones pequeños. El departamento, en el tercer piso, era chico pero acogedor: un living con un sofá de felpa gris, una mesa de comedor para dos, una cocina integrada y, al fondo, lo que se adivinaba como la habitación. Las paredes estaban decoradas con láminas de arte abstracto, y una luz cálida envolvía todo. Vivía sola. Se notaba en el silencio, en el orden excesivo, en la soledad que flotaba como un perfume triste.
Apenas la puerta se cerró tras ellos, Eber no perdió tiempo. Una de sus manos, grandes y callosas, bajó por la espalda de ella y apretó una de sus nalgas con firmeza. Morena se quedó quieta, el cuerpo tenso, la respiración contenida. No se sorprendió. Lo sabía. Lo había sabido desde que aceptó subir al auto. Desde que Davinia le había susurrado al oído, una hora antes, que su padre era un hombre que sabía cuidar a las mujeres. Y ella, en esa soledad de pasarelas vacías y departamentos silenciosos, buscaba exactamente eso: compañía. Alguien que la tomara, que la hiciera sentir que existía.
Eber la giró, la tomó de la cintura y empezó a desnudarla. Primero el vestido lavanda, que bajó con un solo movimiento, deslizándose por su cuerpo como un pétalo que cae. Debajo llevaba un conjunto de ropa interior blanco, simple, casi ingenuo. El corpiño sostenía unos pechos pequeños, pero perfectamente formados, de pezones pálidos. La bombacha era una pieza de algodón con una pequeña cinta en la cintura. Él desabrochó el corpiño con la destreza de quien ya había hecho eso muchas veces en las últimas semanas, y los pechos de Morena quedaron al descubierto: dos montículos suaves, firmes, de piel blanca y traslúcida que dejaba entrever una fina red de venas azules. Luego bajó la bombacha, y ella quedó completamente desnuda bajo la luz tibia del living.
Era hermosa. Pero de una hermosura frágil, como de porcelana. La clavícula se marcaba bajo la piel, los hombros eran delicados, la cintura finísima, casi irreal. Las caderas, aunque estrechas, tenían una curva suave. Las piernas eran largas y esbeltas, con los muslos apenas separados, dejando ver el triángulo de vello castaño oscuro en su entrepierna. Todo su cuerpo parecía pedir cuidado, ternura. Pero Eber, aunque intentaba ser gentil, no podía disimular el hambre. La tomó en brazos y la sentó sobre la mesa del comedor. La madera crujió bajo su peso. Morena lo miró con esos ojos marrones enormes, asustados y excitados al mismo tiempo. Él le abrió las piernas con suavidad, pero con firmeza, y se colocó entre ellas.
La penetró ahí mismo, sobre la mesa, con ella boca arriba y las piernas colgando, los pies descalzos balanceándose en el aire. Entró despacio, porque a pesar de la excitación que mojaba la entrada, ella era estrecha, muy estrecha. Morena ahogó un gemido contra su propia mano, los ojos apretados, la espalda arqueándose sobre la madera fría. Eber empezó a moverse con una cadencia lenta, profunda, midiendo cada centímetro. Sus manos apretaban las caderas de ella, los pulgares hundiéndose en la piel suave, y sus ojos recorrían ese cuerpo que se estremecía debajo del suyo.
Los pechos de Morena se movían al compás de las embestidas, pequeños y firmes, los pezones rozando el pecho musculoso de Eber cada vez que él se inclinaba para besarla. La besó en el cuello, en la clavícula, en la comisura de los labios. Ella respondía con jadeos cortos, con las manos aferradas a sus hombros como si temiera caerse. La mesa golpeaba rítmicamente contra la pared, un tambor que marcaba el pulso de la noche. El sudor empezó a brillar en la frente de él, en el valle entre los pechos de ella. El olor a sexo invadió el pequeño departamento, mezclándose con el perfume barato de las velas aromáticas que Morena había encendido antes de la fiesta.
Él sentía cómo el placer crecía en la base de su columna, pero no quería terminar todavía. La sacó de la mesa, la levantó en brazos como si fuera una pluma, y la llevó al sofá de felpa gris. La puso en cuatro patas, las rodillas hundidas en los almohadones, las manos aferradas al respaldo. Esa posición le permitió verla completa: la espalda arqueada, la columna vertebral marcándose bajo la piel, los glúteos pequeños pero redondos, ofrecidos. La penetró de nuevo por atrás, y esta vez ella gritó. Un grito corto, agudo, que quedó flotando en el silencio del departamento.
Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas. Eber la tomaba de las caderas y la atraía hacia él, marcando un ritmo furioso. Los pechos de Morena, aunque pequeños, se balanceaban con cada envión, y ella gemía contra el respaldo, la boca abierta, los ojos en blanco. El cuerpo de él era una máquina de músculos y sudor, los abdominales tensos, los brazos como cables de acero. El sonido de la piel chocando contra piel era obsceno, líquido, húmedo. Morena ya no era la chica frágil que había entrado al departamento: ahora era una hembra que movía las caderas hacia atrás, que buscaba cada estocada, que suplicaba con la voz rota que no parara, que no parara nunca.
Eber sintió que ella se tensaba, que sus paredes internas se cerraban alrededor de su miembro como un puño caliente. El orgasmo de Morena fue un estallido silencioso, un temblor que le recorrió todo el cuerpo y la dejó sin aire. Él la siguió unos segundos después, vaciándose dentro de ella con un rugido gutural. Se quedaron quietos, los dos jadeando, los cuerpos pegados por el sudor. Eber se dejó caer sobre ella un instante, oliendo su cabello castaño, sintiendo los latidos de su corazón contra la espalda. Luego se retiró con cuidado y se recostó a su lado en el sofá, que apenas los contenía a los dos. Morena se acurrucó contra su pecho, los ojos cerrados, una sonrisa exhausta en los labios. No dijo nada. No necesitaba decir nada. En ese silencio, Eber supo que ella ya era suya.
Se fue a la madrugada. Las primeras luces del alba teñían el cielo de un gris azulado cuando cerró la puerta del departamento con cuidado, para no despertarla. Morena dormía en el sofá, envuelta en una manta que él mismo le había echado encima. Bajó las escaleras despacio, sintiendo todavía su olor en la piel, y al subir al auto se quedó un instante con las manos en el volante.
"No puedo creerlo", pensó. "Chicas de veinte años, hermosas, modelos, influencers. Y todas, todas, terminan en la cama con un viejo como yo." Sacudió la cabeza, incrédulo, y una sonrisa le torció la boca. No era vanidad. Era asombro puro. Encendió el motor y volvió a su casa con la sensación de estar flotando.
Pero lo que Eber no sabía, lo que su felicidad ignorante no alcanzaba a vislumbrar, era que en los círculos del modelaje ya corría el rumor. Renata, después de aquella noche en el auto, había hablado de más. En un grupo de WhatsApp llamado "Reinas de la Pasarela", donde compartían confidencias, chismes y advertencias sobre hombres, agentes y representantes, Renata había escrito, entre emojis de fuego y caritas de asombro:
"Chicas, no saben lo que me pasó. El papá de Davinia... no les puedo explicar el tamaño. Nunca vi algo así. Me dolió la mandíbula todo el dia."
Y abajo, una cascada de respuestas. Preguntas, risas, incredulidad. El nombre de Eber empezó a circular como una leyenda. El hombre de los brazos duros y el miembro descomunal. El padre de la community manager más exitosa del momento. La noticia se deslizaba de chat en chat, de boca en boca, y en algún lugar del universo digital, una chica que él todavía no conocía ya estaba anotando su nombre en una lista mental. Porque en ese mundo de apariencias y superficialidades, el tamaño importaba. Y el de Eber, según Renata, era para contarlo.
Continuara...
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