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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 12

 


Dos semanas. Catorce días. Trescientas treinta y seis horas desde que los collares habían llegado a destino. Y en ese lapso, el mundo de Eber se había transformado en un reino donde él dictaba las reglas y ellas, las que se habían quedado, obedecían. A Felicity le ordenaba qué vestido ponerse para cada sesión de fotos, y si le decía que fuera sin ropa interior, ella iba sin ropa interior, sintiendo el roce de la tela contra su sexo desnudo y pensando en él. A Morena le indicaba qué comer, a qué hora entrenar, cuántas horas dormir, y ella cumplía con la devoción de una discípula que ha encontrado a su maestro. A Valentina le pedía que le enviara mensajes de audio contándole sus miedos, sus inseguridades, y después él le respondía con frases cortas que la hacían sentir vista, amada, única. A Antonella le prometía que no la abandonaría, y ella, que no conocía otra cosa que el abandono, se aferraba a esas palabras como a un salvavidas. A Camila le daba órdenes cada vez más extremas: que se desnudara frente al espejo y se tocara pensando en él, que usara un plug durante sus entrenamientos, que le enviara videos arrodillada repitiendo "soy tu putita obediente". Y Camila, la ex gimnasta que había pasado años buscando a alguien que la dominara, obedecía cada orden con una excitación que le mojaba los muslos. 

Davinia y Joaquín, mientras tanto, se veían casi todos los días. La oficina de ella se había convertido en un campo de batalla donde las pausas para el café terminaban invariablemente con él sentado en el sillón de terciopelo verde y ella cabalgándolo como una amazona. En la casa nueva, cuando Eber no estaba, se encerraban en la habitación de ella y hacían el amor como dos perros en celos, con una urgencia que no conocía horarios ni pudores. Joaquín había descubierto que Davinia en la cama era igual que en los negocios: exigente, dominante, insaciable. Y él, que siempre había sido el que abandonaba, empezaba a preguntarse si esta vez no sería al revés. 

Pero entre todas las mujeres de Eber, la que más batallaba era Renata. Dos semanas sin un mensaje. Dos semanas con el collar sobre la mesa de vidrio, mirándola, desafiándola. Lo había dejado ahí, sin ponérselo, sin tirarlo, como un recordatorio constante de la decisión que no se animaba a tomar. Extrañaba los mensajes de Eber. Extrañaba su voz grave, sus órdenes veladas, la forma en que la hacía sentir deseada y temerosa al mismo tiempo. Se sentía más sola que nunca. Su ex, el empresario que la había dejado, era un recuerdo borroso. Lo que dolía ahora era el silencio de Eber. 

Una noche, después de dar vueltas por su loft como un animal enjaulado, tomó el celular y escribió: 
— Quiero verte. 

La respuesta llegó antes de lo que esperaba: 
— Nos vemos en tu casa en una hora. Quiero que me esperes desnuda y con el collar puesto. 

Renata leyó el mensaje y sintió un vuelco en el estómago. Sabía lo que significaba. Si aceptaba, sería una más de ellas. Las había visto en los desfiles, en las sesiones de fotos, en la oficina de Davinia. Felicity, Morena, Valentina, Antonella, Camila. Todas llevaban el mismo collar de cuero fino con el dije de oro. Pero no se las veía tristes. Al contrario. Sonreían. Brillaban. Tenían algo que ella no tenía. Algo que necesitaba. Analizando todo esto, con el corazón latiéndole en la garganta, respondió: 
— Sí. Te dejo la puerta sin llave. 

Se paró frente al espejo del baño. Se soltó el cabello rubio, ese rubio tan claro que rozaba lo platino, y lo dejó caer sobre sus hombros como una cascada de luz líquida. Se desnudó con movimientos lentos, rituales. Primero la remera, luego el short, después el corpiño, finalmente la bombacha. Quedó completamente desnuda frente a su propio reflejo. Hacía semanas que Eber no la veía, y ella sabía que esta vez sería distinto. Esta vez no habría un auto, ni una negativa, ni un "no estoy lista". Esta vez estaba lista. 

Se puso el collar. El cuero fino se ajustó a su cuello, y el dije de oro cayó justo sobre el nacimiento de sus pechos. Se miró. "Propiedad de Eber Rivas", decía la inscripción. Y ella, por primera vez, sintió que eso era exactamente lo que quería ser. 

Eber llegó puntual. Abrió la puerta sin golpear, entró al living, y fue directo a la habitación. La luz de la lámpara de noche bañaba el cuerpo desnudo de Renata, que estaba de pie junto a la cama, las manos a los costados, los ojos celestes fijos en él. Eber se detuvo en el umbral y la contempló. Era la primera vez que la veía completamente desnuda, y el espectáculo lo dejó sin aliento. 

Su cuerpo era el de una modelo de pasarela llevado al extremo de la perfección. La piel, de un blanco casi irreal, parecía de porcelana, sin una marca, sin una imperfección. Los pechos, firmes y medianos, se sostenían solos, coronados por unos pezones de un rosa pálido que ya estaban duros. La cintura era tan fina que las manos de Eber podrían rodearla por completo, y las caderas se ensanchaban en una curva suave, femenina, que enmarcaba un triángulo de vello rubio tan claro que parecía invisible. Las piernas eran kilométricas, torneadas, con unos muslos que se juntaban en la parte superior dejando apenas un espacio, y unas pantorrillas cinceladas que parecían talladas por un escultor. Los hombros eran delicados, la clavícula marcada, el cuello largo y elegante, con el collar de cuero ciñéndolo como una promesa. Y su rostro, ese rostro perfecto de labios dibujados con precisión quirúrgica y ojos celestes como el cielo de la Patagonia, lo miraba con una mezcla de miedo y deseo. 

Eber caminó alrededor de ella, rodeándola como un lobo que inspecciona a su presa. Sus pasos resonaban en el piso de madera. Renata no se movía, pero su respiración se aceleraba, y sus pechos subían y bajaban al compás de ese fuelle interno. De su bolsillo, Eber sacó una soga fina, de algodón trenzado, y se paró detrás de ella. Le tomó las muñecas, se las llevó a la espalda, y empezó a atarlas. El algodón se hundía en su piel pálida, firme pero sin lastimar. Cuando terminó, se inclinó hacia su oído y le susurró: 

— Después de hoy, vas a ser solo mía. ¿De acuerdo? 

Renata cerró los ojos. Sintió el aliento caliente de Eber en su oreja, sintió la soga apretándole las muñecas, sintió el peso del collar en su cuello. Y respondió con un hilo de voz: 

— Sí. Toda tuya. 

Él la empujó hacia adelante, contra el piso de madera. Renata cayó de rodillas, las manos atadas a la espalda, los pechos rozando la superficie fría. Eber se desnudó detrás de ella, y cuando su miembro enorme quedó libre, ella lo vio por el rabillo del ojo y un escalofrío le recorrió la columna. Ya lo conocía. Ya lo había probado con la boca. Pero esta vez iba a entrar en otro lugar. Y el tamaño de Eber, ahora lo sabía, era una promesa de dolor y placer mezclados. 

Se arrodilló detrás de ella. Le separó los glúteos con las manos, dejando al descubierto la entrada más íntima, ese botón rosado que se contraía bajo su mirada. Escupió sobre él, lubricándolo con saliva, y luego apoyó la punta de su miembro contra la abertura. Renata tensó todo el cuerpo. 

— Relajate —ordenó Eber, y su voz era una orden y una caricia al mismo tiempo—. Va a doler, pero después te va a gustar. 

Empujó. Solo la punta. Renata ahogó un grito contra el piso, la boca abierta, los ojos apretados. La presión era abrumadora, un fuego que la abría, que la estiraba más allá de lo posible. Eber se quedó quieto, dejando que se acostumbrara, y luego empujó un poco más. Ella gimió, un sonido que venía de las entrañas, y sus dedos atados se crisparon en el aire. Él le acarició la espalda, las caderas, los glúteos. Le dio una nalgada suave, apenas un golpecito que le arrancó otro gemido. 

— Así, así —murmuró él—. De a poco tu culo se abrirá para mí. 

Y de a poco, centímetro a centímetro, el miembro fue entrando en ese túnel virgen. Renata sentía que la partían al medio, que nunca había tenido nada ahí y el primero que tenía era enorme, monstruoso, imposible. Pero también sentía algo más. Un placer oscuro, profundo, que nacía del dolor y se expandía por todo su cuerpo como un veneno dulce. Cuando Eber estuvo completamente dentro, se quedaron quietos, los dos jadeando, los dos temblando. 

— Dios... —suspiró ella—. Es muy grande. 

— Ya lo sabías —respondió él, y empezó a moverse. 

Las primeras embestidas fueron lentas, cuidadosas. Eber la tomaba de las caderas con las dos manos, los pulgares hundiéndose en la carne pálida de sus glúteos, y empujaba con un ritmo pausado que le arrancaba gemidos cada vez más fuertes. Renata tenía la mejilla apoyada contra el piso de madera, la boca abierta, los ojos en blanco. Sus pechos se aplastaban contra el suelo, los pezones rozando la superficie fría. La soga le apretaba las muñecas, y esa pequeña incomodidad le recordaba que ya no tenía el control. Que él lo tenía. 

Eber aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más profundas, más intensas. Le dio otra nalgada, más fuerte, y el sonido del golpe retumbó en la habitación. La piel pálida se tiñó de rojo. Renata gritó, un grito agudo que se mezclaba con el placer, y sus caderas empezaron a moverse hacia atrás, a encontrarlo, a buscarlo. El sudor perlaba la espalda de Eber, sus abdominales se tensaban, sus brazos eran dos cables de acero. El sonido de la piel chocando contra piel era un tambor frenético, acompañado por los gritos cada vez más agudos de ella. 

— ¡Más, más, más! —suplicó Renata, y él se lo dio. 

La tomó de las ataduras, tiró hacia atrás, y la obligó a arquear la espalda. El ángulo cambió, y su miembro rozó un punto que le arrancó un alarido gutural. Los pechos de ella, liberados del contacto con el piso, se balanceaban como péndulos, los pezones rozando el aire. Eber la tomó del cabello rubio platino, un puñado de seda, y tiró suavemente, exponiendo su cuello, el collar de cuero, el dije que brillaba bajo la luz de la lámpara. 

— ¿De quién sos? —gruñó él, las palabras saliendo entre jadeos. 

— Tuya, solo tuya, tuya —gimió ella, y al decirlo sintió que algo se rompía y se soldaba al mismo tiempo. 

El orgasmo le llegó como una explosión. Un espasmo que le contrajo todo el cuerpo, le arqueó la espalda, le arrancó un grito ronco que quedó flotando en la habitación. Sus paredes internas se cerraron alrededor de Eber, exprimiéndolo, y él, con un rugido, se vació dentro de ella. Se quedaron quietos, los dos empapados de sudor, los dos temblando. Eber se retiró con cuidado y la desató. Las muñecas de Renata quedaron marcadas con las huellas rojas de la soga, pero ella ni las miró. Se giró, se abrazó a él, y lo besó. Un beso profundo, agradecido, posesivo. "Soy tuya", pensó. "Por fin soy tuya." 

La penetró de nuevo. Otra vez por el ano. Y luego otra. Renata, que nunca había tenido nada en ese lugar, recibió a Eber una y otra vez, y en cada embestida descubría un placer nuevo, un límite que se corría, una entrega más absoluta. Cuando él finalmente se fue, ella quedó tirada en la cama, desnuda, sudada, con el collar brillando en su cuello y una sonrisa de satisfacción que le duraría días. 

Eber llegó a la casa nueva pasadas las diez de la noche. Entró por la cocina y se encontró a Davinia frente a la hornalla, revolviendo algo en una olla. Era una imagen insólita: su hija, la reina del delivery y la comida comprada, cocinando. Llevaba puesta una tanga mínima de color borravino y un top corto que le marcaba los pezones. El cabello rubio con raíces oscuras estaba recogido en un rodete desprolijo, y sus pies descalzos se movían sobre el piso. 

— Qué raro verte cocinar —dijo Eber, dándole un beso en la mejilla. 

— Hoy tenía ganas. Pero solo hoy —respondió ella, y se rieron juntos. Una risa cómplice, de esos que se conocen sin necesidad de palabras. 

Se sentaron a la mesa. Davinia sirvió dos platos, y mientras comían, la conversación derivó hacia lo que ambos estaban construyendo. Ella le preguntó por sus mujeres, por los collares, por cómo iba el plan de afianzar los vínculos. Eber le contó, sin entrar en demasiados detalles, que cinco se habían entregado, que una estaba en duda —aunque Renata acababa de salir de la duda esa misma noche—, y que Luciana lo había mandado a la mierda. 

— Es un buen promedio —dijo Davinia, repitiendo sin saberlo las mismas palabras que su padre había pensado días atrás—. Es lo que siempre quise para vos. 

— ¿Y vos? —preguntó Eber—. ¿Cómo va el trabajo? 

— Bien —respondió ella, y no dijo más. 

Pero mientras comían, Davinia dejó escapar una idea que le había estado dando vueltas en la cabeza desde que se mudaron. 
— ¿Por qué no las traés a vivir acá? La casa es enorme. Hay más de veinte habitaciones. 

Eber dejó el tenedor sobre el plato. La miró. 
— Lo pensé. Pero no quería incomodarte. 

— Jamás me molestarían tus mujeres —dijo Davinia, y lo decía en serio—. Ellas te hacen feliz. Y a mí me gusta verte feliz. 

Siguieron comiendo en silencio, pero la idea quedó flotando en el aire como una posibilidad concreta. Eber imaginó la casa llena: Felicity en una habitación, Renata en otra, Morena, Valentina, Antonella, Camila. Todas bajo el mismo techo. Todas con su collar. Todas suyas. La imagen le encendió algo en el pecho. 

Y Davinia, mientras pinchaba un pedazo de carne, seguía dándole vueltas a su propia duda. Dos semanas. Joaquín llevaba dos semanas viéndola casi todos los días, y todavía no la había dejado. ¿Sería esta vez distinto? ¿O solo estaba esperando el momento justo para desaparecer, como hacía con todas?
 

Continuara... 

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