Buscar este blog
Relatos eróticos explícitos. Orgías, sumisa, swinger, Hotwife, cornudo, sexo con maduros y mucho mas.
Destacados
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 13
Dos semanas. Ese era el tiempo que había pasado desde que Renata se arrodilló en el piso de su loft y dejó que Eber la reclamara por completo. Ahora eran seis. Seis mujeres hermosas, seis cuerpos jóvenes, seis voluntades entregadas a un hombre que apenas unos meses atrás era un remisero solitario con el rostro tallado a hachazos y el corazón blindado. Ellas sabían que existían las otras. Lo habían entendido, o lo estaban entendiendo, cada una a su manera. Porque, ¿cómo un hombre perfecto iba a tener una sola mujer? Un hombre que había criado a su hija solo, que entrenaba en el gimnasio y tenía un cuerpo esculpido, que poseía un miembro descomunal, que cada día ganaba más dinero y expandía su imperio de remiserías. Era absurdo pensar que semejante macho se conformara con una sola hembra. Ellas, que conocían el mundo de la moda, de los empresarios, de los hombres que prometían y no cumplían, veían en Eber la excepción. El que se quedaba. El que no mentía. El que las dominaba y, al hacerlo, las liberaba.
Esa noche, Davinia le había dicho que no volvería a casa. No le contó más. No le dijo que Joaquín la había invitado a su departamento, que iban a cenar sushi, que había algo en el aire que olía a definición. Eber se quedó solo en la casa enorme, con sus veinte habitaciones vacías y la pileta climatizada brillando bajo la luna, y tomó una decisión. Agarró el celular, creó un grupo de WhatsApp, y lo llamó "Las putitas de Eber". Agregó a las seis: Felicity, Renata, Morena, Valentina, Camila, Antonella. El primer mensaje fue una orden, no una invitación:
— Las espero en casa para comer un asado. A las nueve.
Las respuestas llegaron en cascada, una tras otra, como un coro bien ensayado. "Sí, papi." "Allá estaré." "Como digas, mi dueño." "¿Qué me pongo?" "Contá conmigo." "Toda tuya."
Luego, por privado, les dio las instrucciones. Vestidos cortos, del color que quisieran pero cortos, muy cortos. Una tanga del mismo color que el vestido. Nada de corpiño. Quería ver sus pezones marcarse bajo la tela, quería ver sus piernas desnudas, quería verlas entrar a su casa sabiendo que venían a entregarse, no solo a él, sino a la idea de compartirlo.
Felicity fue la primera en llegar. Llevaba un vestido rojo fuego, tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo, y tan corto que apenas le cubría el nacimiento de los muslos. Sus pechos enormes se mecían bajo la tela, los pezones marcándose con una nitidez obscena. Los rizos pelirrojos caían sobre sus hombros, y el collar de cuero brillaba en su cuello. Caminó hacia la puerta con la seguridad de quien ya no se cuestiona nada, y cuando Eber le abrió, él la tomó de la nuca y le dio un beso en la boca, profundo, húmedo, delante de nadie y delante de todos.
Antonella llegó segundos después. Su piel trigueña contrastaba con un vestido blanco, casi virginal, que se ceñía a sus caderas anchas y a sus pechos generosos. El cabello negro azabache caía en una cortina lacia sobre su espalda, y sus ojos almendrados buscaron a Eber con esa necesidad de protección que nunca la abandonaba. Él la besó igual que a Felicity, metiéndole la lengua en la boca mientras una mano le apretaba una nalga.
Renata, Valentina, Morena y Camila fueron llegando en los minutos siguientes. Renata llevaba un vestido celeste que hacía juego con sus ojos, el cuello largo rodeado por el collar de cuero, las piernas kilométricas enfundadas en tacones finos. Valentina, con su melena cobriza y un vestido esmeralda, se sonrojó cuando Eber la besó, pero no se apartó. Morena, la más frágil, con un vestido lavanda y sus ojos marrones llenos de gratitud, recibió el beso como un premio. Camila, la ex gimnasta, llegó con un vestido negro, mínimo, que marcaba cada músculo de su cuerpo fibroso, y cuando Eber la besó, ella le devolvió el beso con una sumisión que ya era parte de su naturaleza.
Algunas se sintieron incómodas al verlo besar a las otras. Un roce de celos, una punzada de posesión. Pero también sintieron orgullo. Porque un hombre débil se conformaba con una sola mujer. Un hombre fuerte, un hombre como Eber, necesitaba un harén. Y ellas eran las elegidas.
Comieron asado en el quincho. Eber, sentado en la cabecera de la mesa, las observaba con una copa de vino en la mano. Ellas charlaban, se reían, se medían de reojo. La más extrovertida, Felicity, rompió el hielo con un chiste sobre el tamaño de la casa. La más tímida, Morena, se fue soltando de a poco. Camila y Renata, que se conocían de los desfiles, encontraron en la conversación un terreno común. Valentina y Antonella descubrieron que compartían el mismo gusto por el cine francés. La noche fluía, el vino corría, y la tensión inicial se disolvía en un mar de risas y complicidades.
Cuando terminaron de comer, Eber se puso de pie.
— Es hora del postre —dijo.
Las guió por el pasillo hasta su habitación. La cama era enorme, king size reforzada, con sábanas negras que absorbían la luz. Ellas entraron en fila, como novicias que ingresan al templo, y se quedaron de pie, esperando. Eber cerró la puerta y las observó. Seis mujeres. Seis bellezas distintas, seis cuerpos que había probado por separado y que ahora quería probar juntos. Dio la orden:
— Boca abajo. Y bájense la tanga.
Obedecieron. Se acomodaron en la cama una al lado de la otra, los cuerpos pegados, las caderas rozándose. Bajaron sus tangas hasta las pantorrillas, dejando sus nalgas al descubierto. Eran seis paisajes distintos, seis formas de la perfección: los glúteos generosos de Antonella, los músculos definidos de Camila, la redondez suave de Valentina, la firmeza pálida de Renata, la fragilidad de Morena, la exuberancia de Felicity. Seis entradas húmedas que esperaban, seis sexos ofrecidos.
Eber se desnudó y su miembro enorme, ya duro, fue lo primero que ellas vieron. Un escalofrío colectivo recorrió la cama. Él se acercó por detrás de Felicity, y sin preámbulos, la penetró con fuerza. El grito de la pelirroja llenó la habitación y excitó a las otras cinco, que apretaron las sábanas y sintieron cómo el calor les bajaba por el vientre.
Eber no se quedó quieto. Bombeó sobre Felicity con embestidas profundas, rítmicas, mientras sus manos apretaban sus nalgas y le daba nalgadas que le teñían la piel de rojo. Los pechos enormes de ella rebotaban contra el colchón, y sus gemidos se mezclaban con los jadeos de las otras, que esperaban su turno. De repente, Eber salió de ella de golpe y se desplazó hacia la derecha. Antonella recibió la siguiente estocada sin aviso, un grito gutural escapándosele de la garganta. Él la embistió con la misma fuerza, las manos clavadas en sus caderas anchas, y luego pasó a Valentina, que gimió cuando sintió el miembro enorme llenándola. Después vino Camila, que mordió la almohada y suplicó "más, mi dueño, más". Luego Renata, que arqueó la espalda y se encontró con cada envión. Finalmente Morena, que lloró de placer, lágrimas que resbalaban por sus mejillas y se perdían en las sábanas.
Eber las recorría como un músico que toca un instrumento de seis cuerdas. Iba y venía, cambiaba de mujer, de ritmo, de intensidad. A Felicity le daba nalgadas, a Camila le ordenaba que repitiera "soy tu putita", a Renata le tiraba del collar. El sudor perlaba su cuerpo, sus abdominales se tensaban, sus brazos bombeaban. Los gemidos de las seis se convirtieron en una sinfonía, un coro de placer que llenaba la habitación y se derramaba por toda la casa. Una a una fueron teniendo sus orgasmos: Felicity con un grito agudo, Antonella con un espasmo silencioso, Valentina con un gemido ronco, Camila con un alarido, Renata con un rezo, Morena con un llanto. Y Eber, el incansable, siguió bombeando hasta que él también estalló, vaciándose dentro de una de ellas —no sabría decir cuál— y desplomándose sobre la cama, rodeado de cuerpos sudados y satisfechos.
Mientras tanto, en su loft de Puerto Madero, Joaquín abrió la puerta y se quedó sin aire. Davinia estaba parada en el umbral, envuelta en un vestido de seda negro que era una provocación hecha tela. El escote en V llegaba casi hasta su ombligo, dejando ver el nacimiento de sus pechos y la curva de su cintura. La tela se ceñía a sus caderas y caía hasta la mitad del muslo, donde empezaban sus piernas torneadas, enfundadas en tacones de aguja. El cabello rubio con raíces oscuras estaba suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros, y sus ojos verdes, delineados con un trazo felino, lo miraron con una mezcla de deseo y desafío.
— ¿Vas a dejarme pasar o me quedo en la puerta? —dijo ella, y su voz era un ronroneo.
Joaquín la tomó de la cintura, la atrajo hacia adentro, y la besó. Un beso largo, profundo, que sabía a semanas de deseo acumulado. Cenaron en la penumbra del living, las velas encendidas, la música suave de fondo. Davinia mordía un roll de salmón y lo miraba con esos ojos que no se perdían nada.
— ¿Hasta dónde va a llegar lo nuestro? —preguntó, y su tono era casual, pero sus dedos apretaban los palillos con demasiada fuerza.
Joaquín dejó la copa de vino sobre la mesa. Se puso serio.
— Hasta donde vos quieras. Por mí, me caso mañana mismo con vos, princesa.
Davinia se rio, una risa corta, incrédula.
— ¿No eras vos el que nunca se iba a casar? Me acuerdo de chica escucharte hablar con papá. Decías que no habías nacido para eso.
— Lo que pasa es que en esa época era un inmaduro —respondió Joaquín, y su voz sonó extrañamente firme—. Pero ahora estoy con una princesa que se merece el mundo.
Ella lo miró. Buscó en sus ojos, en su rostro atractivo de galán, alguna señal de mentira. No la encontró. Pero necesitaba la última prueba. La definitiva.
— Si es verdad lo que me decís, quiero que mañana hables con papá. Y le cuentes todo.
Davinia sabía lo que hacía. Si Joaquín solo sentía calentura, si esto era otro de sus caprichos pasajeros, jamás se animaría a enfrentar a Eber. Pero él respondió sin pestañear:
— Mañana a la mañana hablo con él.
Ella sonrió. Una sonrisa de verdad, de las que le salían pocas veces. "Va en serio", pensó. "El hijo de puta va en serio." Y ese pensamiento le calentó el cuerpo más que cualquier caricia.
Terminaron de cenar, pero ya no tenían hambre de comida. Se besaron con desesperación mientras se desnudaban el uno al otro, dejando un rastro de ropa por el pasillo. En la habitación, desnudos sobre las sábanas revueltas, Davinia lo miró a los ojos y le dijo:
— Métemelo por el culo. Es virgen. Pero es mi forma de mostrarte que yo también voy en serio.
Joaquín sintió un vuelco en el pecho. Esa mujer, esa diosa, le estaba ofreciendo algo que nunca le había dado a nadie. Asintió en silencio, y con una delicadeza que no sabía que tenía, empezó a prepararla. La lubricó con saliva, con caricias, con palabras de amor que le salían sin pensarlas. "Te amo, princesa. Te amo desde que eras una nena y me mirabas con esos ojos verdes. Te amo más que a nada en el mundo."
Ella lo escuchaba, los ojos cerrados, el cuerpo tenso. Y cuando Joaquín empezó a entrar, despacio, apenas la punta, Davinia gimió. Un gemido que era dolor y placer y entrega y amor, todo junto. Él siguió, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que ella se tensaba, besándole la nuca, susurrándole que la amaba. Cuando por fin estuvo completamente dentro, se quedaron quietos, los dos jadeando, los dos al borde del llanto.
— Sos mía —dijo Joaquín—. Para siempre.
— Para siempre —respondió ella, y empezó a moverse.
Hicieron el amor despacio, con una ternura que contrastaba con la urgencia de otras veces. Joaquín se movía con un ritmo pausado, profundo, mirándola a los ojos. Los pechos de ella se balanceaban suavemente, sus piernas enredadas en su cintura, sus manos acariciándole la espalda. El sudor los unía, los gemidos se confundían, los "te amo" se repetían como un mantra. Cuando Davinia llegó al orgasmo, fue un estallido silencioso, una lágrima que le rodó por la mejilla y que Joaquín besó antes de seguir bombeando. Él terminó unos minutos después, vaciándose dentro de ella con un gemido ronco, y se derrumbó a su lado, abrazándola.
Esa noche, en dos casas distintas, dos mundos se sellaron. Joaquín y Davinia descubrieron algo que sus entornos conocerían como un amor incondicional. Eber, en su cama rodeado de seis cuerpos desnudos, se encargó de que cada una de sus mujeres tuviera al menos un orgasmo, y algunas más de uno. La noche los envolvió a todos en un manto de sudor y placer, y el destino, ese arquitecto caprichoso, tomó nota de cada promesa, de cada entrega, de cada límite que se había roto.
A la mañana siguiente, el timbre taladró el silencio de la casa. Eber abrió los ojos, aturdido. La noche había sido larga, muy larga, y su cuerpo lo sabía. Se giró con cuidado para no despertar a las seis mujeres que dormían junto a él. La cama era un cuadro renacentista de cuerpos desnudos y sábanas revueltas. Felicity dormía boca abajo, los rizos rojos esparcidos sobre la almohada, sus pechos enormes aplastados contra el colchón, las nalgas todavía enrojecidas por las nalgadas de la noche anterior. A su lado, Renata estaba de costado, el cabello rubio platino cubriéndole el rostro, la clavícula marcada, el collar de cuero brillando en su cuello. Más allá, Camila dormía en posición fetal, los músculos de su espalda relajados, el vello púbico rubio apenas visible entre sus muslos. Valentina, abrazada a una almohada, dejaba ver la curva suave de sus caderas y el triángulo de vello cobrizo. Morena, la más pequeña, estaba acurrucada contra Antonella, cuya piel trigueña contrastaba con la palidez de las demás, sus pechos generosos subiendo y bajando al compás de su respiración. Eran seis bellezas dormidas, seis cuerpos agotados por una noche de sexo duro, seis mujeres que le pertenecían.
Eber se puso un pantalón corto, se pasó una mano por el pelo revuelto, y fue a abrir. La luz del sol le dio de lleno en la cara, encandilándolo. En el umbral, Joaquín le sonreía con una docena de facturas en la mano y una expresión que Eber no le conocía. Estaba serio, pero no de mal humor. Era una seriedad nueva, de esas que anuncian algo importante.
— Pasá —dijo Eber, y lo guió a la cocina.
Se sentaron frente a frente. Joaquín dejó las facturas sobre la mesa, se sirvió un vaso de agua, y se quedó en silencio unos segundos. Eber lo observaba, los ojos entrecerrados. Conocía a su amigo desde la primaria. Sabía cuándo algo le pesaba.
— ¿Qué pasa? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
— Quiero hablar con vos —dijo Joaquín—. De Davinia.
El nombre de su hija flotó en el aire como una campanada. Eber no dijo nada. Esperó.
— La amo, Eber. Es la mujer de mi vida. Nunca sentí algo así por nadie. Ya sé lo que vas a decir: que soy un mujeriego, que nunca me tomé nada en serio, que no soy confiable. Y tenés razón. Era así. Pero Davinia me cambió. Me hizo querer ser mejor. —Joaquín hizo una pausa, tragó saliva—. Me quiero casar con ella.
El silencio se estiró. Eber lo miró fijo, los ojos oscuros clavados en los de su amigo. Joaquín sostuvo la mirada, sin pestañear. Y entonces, lentamente, una sonrisa fue apareciendo en el rostro tallado a hachazos de Eber.
— Quiero que sean felices —dijo, y su voz sonó cálida, sincera—. Pero si le hacés daño, te mato.
Se puso de pie, fue hacia Joaquín, y le apretó el hombro con una fuerza que era a la vez un abrazo y una advertencia. Joaquín sonrió, aliviado, y le devolvió el gesto. Esa mañana, entre facturas y café, dos amigos sellaron un pacto. Una charla que, años después, les contarían a sus hijos y a sus nietos. La charla donde el padre le entregaba a su hija al mejor amigo. La charla donde el mujeriego se convertía en hombre.
Continuara...
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones

Comentarios
Publicar un comentario