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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 6

 


El lunes arrancó con el sol pegando de costado sobre los edificios de Buenos Aires y Davinia ya estaba en pie, enfundada en un vestido negro de corte recto que le daba un aire de ejecutiva joven e implacable. Se recogió el cabello en una cola de caballo alta, se calzó los tacones y salió disparada hacia su oficina sin más desayuno que un sorbo de café amargo. Tenía una pila de contratos por revisar, campañas que lanzar y una reunión con Antonella, una de sus clientas más nuevas y más frágiles. La máquina de su imperio no se detenía, y ella era el motor, la chispa, la que aceitaba cada engranaje. 


Eber, en cambio, se tomó la mañana con la calma de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Se fue al gimnasio pasadas las diez, y lo hizo con un propósito doble: entrenar y encontrarse con Joaquín. El gimnasio era un galpón enorme, de esos de barrio, con música sonando a todo volumen, pesas de hierro que olían a óxido y sudor, y tipos de todas las edades resoplando frente a los espejos. Eber llegó primero y ya estaba en la jaula de sentadillas cuando vio a su amigo entrar por la puerta de vidrio. Joaquín caminaba con la rigidez de quien ha descubierto músculos que no sabía que tenía. La barriga cervecera todavía estaba ahí, pero menos, como si se estuviera replegando lentamente. La camiseta le marcaba unos brazos que empezaban a insinuar forma. 


— Mirá vos, el milagro de la segunda semana —dijo Eber, sin dejar de levantar la barra. Su voz sonaba pareja, ni siquiera agitada. 


— Callate, que casi no puedo mover los brazos —respondió Joaquín, y se sentó en una banca con la gracia de un robot oxidado—. ¿Cómo hacés para venir todos los días? Esto es una tortura. 


— Disciplina —dijo Eber, y dejó caer la barra con un golpe seco—. La misma que te va a hacer falta para terminar lo que empezaste. 


Joaquín lo miró de reojo, los ojos todavía hinchados de sueño, y resopló. Empezó con unas mancuernas livianas, haciendo muecas de dolor. Entre serie y serie, Eber le contó lo del terreno. La casa grande. La pileta climatizada. Las muchas habitaciones. Mientras hablaba, sus ojos brillaban con esa ambición nueva que Davinia le había inoculado en la sangre. 


— Justo compré una casa así —dijo Joaquín, dejando las mancuernas y masajeándose los hombros—. Es vieja, pero la refaccioné entera. La tengo a la venta, pero si querés te la dejo a precio de costo. Somos amigos. 


Eber arqueó una ceja. Conocía a Joaquín. Sabía que detrás de cada gesto generoso había una segunda intención, generalmente con forma de mujer. Y esa mujer, en este caso, tenía veinte años, ojos verdes y el apellido de él. 

— ¿Precio de costo? —repitió, incrédulo. 

— Precio de costo —confirmó Joaquín, y se puso a hacer una serie de curl de bíceps con más ganas de las que le ponía a cualquier otra cosa—. Total, después me lo vas a agradecer. 


"Seguro que sí", pensó Eber. "Pero la que te lo va a agradecer es Davinia." No dijo nada. Solo asintió y siguió entrenando, mientras su amigo se imaginaba el agradecimiento de la hija de Eber con un nivel de detalle que no venía al caso. 


En su oficina de Palermo, Davinia estaba sentada frente a la computadora, los dedos suspendidos sobre el teclado, la mirada perdida en la pantalla. Tenía trabajo, montañas de trabajo, pero su mente se había ido por una tangente peligrosa. Pensaba en su padre. En cómo, en dos semanas, había pasado de ser un monje laico a un sultán con harén. Felicity, Renata, Morena, Valentina, Camila. Cinco mujeres. Cinco diosas. Y ella, la gran estratega, la arquitecta del deseo ajeno, ¿cuándo había tenido sexo por última vez? Hizo memoria. Demasiado tiempo. El trabajo le devoraba las horas, los días, la libido. Y los hombres que conocía, los modelos, los fotógrafos, los empresarios del ambiente, le resultaban insípidos. Tibios. Reemplazables. 


Una imagen se le coló en la cabeza sin pedir permiso. Joaquín. La sonrisa de zorro, el auto importado, la panza cervecera que ahora, según su padre, estaba empezando a desaparecer. "No es confiable como papá", murmuró para sí misma, y las palabras le sonaron a excusa. Porque en el fondo, lo que le molestaba no era que Joaquín fuera mujeriego. Lo que le molestaba era que no fuera solo suyo. Sacudió la cabeza, espantando el pensamiento como a una mosca, y se sumergió en las campañas de sus clientas. Tenía una agencia que dirigir. No tiempo para pavadas. 


Eber volvió a la casa al mediodía, después de pasar por la propiedad que Joaquín le había ofrecido. La casa era un caserón de dos plantas en un barrio tranquilo, con un jardín enorme, una pileta que Joaquín ya había climatizado, y ambientes amplios que pedían ser llenados. Le gustó. Pero no iba a tomar una decisión sin que Davinia la viera. Se bañó, se puso una remera limpia, y se sentó en el living con el mate y el celular. Era la hora de la siesta, ese momento muerto del día en que el mundo se detiene y uno puede dedicarse a lo importante. Y lo importante, en ese momento, eran las mujeres. 


Abrió WhatsApp. Tenía mensajes de Felicity —un emoji de corazón y una foto de su desayuno, un bowl de frutas que a él le importaba un comino—, de Morena —"Gracias por lo del otro día, todavía me duele un poco pero me encantó"—, y de Renata —"Sigo necesitando tiempo, pero pienso en vos"—. Contestó a cada una con mensajes cortos, seguros, de hombre que no ruega. A Felicity le dijo que estaba ocupado pero que la vería pronto. A Morena, que se alegraba de que estuviera bien. A Renata, que el tiempo era suyo. Luego abrió chats nuevos. Valentina. Camila. Les escribió a las dos casi al mismo tiempo, mensajes casuales, sin presión. "¿Cómo va todo?" "Espero que hayas descansado bien." Las dos respondieron casi de inmediato, y Eber se sumergió en un juego de seducción a cuatro bandas que le llevó más de una hora. Afianzaba lazos, tiraba redes, construía un imperio emocional paralelo al de su hija. 


En eso estaba cuando le llegó un mensaje de Davinia: 

— Papá, Antonella está en una reunión en mi oficina. Esperala afuera, como que te la cruzás casualmente. Busca protección, ya sabés. 


Eber no lo dudó. Se puso una camisa, agarró las llaves del auto y manejó hasta la oficina de su hija. Estacionó en la puerta, se recostó contra el capó, y esperó. Diez minutos después, la puerta de vidrio se abrió y Antonella salió a la vereda, parpadeando bajo el sol como una criatura nocturna sorprendida por la luz. 


Era distinta a todas. Mientras las otras chicas eran variaciones del canon europeo —rubias, pelirrojas, de piel blanca o apenas bronceada—, Antonella era un cruce de mundos. Tenía la piel trigueña, cálida, como si acabara de volver de una playa del Caribe, y una cabellera negra azabache, lacio y brillante, que le caía hasta la cintura como un río de tinta. Sus ojos, grandes y almendrados, eran de un marrón tan oscuro que parecían negros, y estaban enmarcados por pestañas espesas y cejas perfectamente arqueadas. El rostro era alargado, de pómulos altos y una nariz fina que evocaba los rasgos de la India profunda. Los labios, carnosos y naturalmente rosados, le daban un aire exótico, de princesa de Bollywood perdida en Buenos Aires. Llevaba un vestido ajustado color mostaza que contrastaba con su piel morena y marcaba unas curvas de infarto: pechos generosos, firmes, que tensaban la tela; cintura fina, casi irreal; caderas anchas y glúteos redondos que se balanceaban con cada paso sobre unos tacones finos. Las piernas, largas y bien torneadas, completaban un cuadro que parecía pintado por un artista obsesionado con la fertilidad. 


Eber se apartó del auto y fue a su encuentro con la seguridad de un tipo que ya no le pide permiso al mundo. 

— Antonella —dijo, y su voz fue un saludo y una orden al mismo tiempo. 


Ella levantó la vista, sorprendida. Los ojos negros se le abrieron un instante, y luego una sonrisa tímida le curvó los labios. 

— Eber. ¿Qué hacés acá? 

— Pasaba por la zona. Vi tu auto. 


Mentira piadosa. Antonella no lo sabía, pero él ya sabía todo de ella. La ruptura reciente, el miedo al abandono, la necesidad de un hombre que la cuidara. Mientras caminaban juntos por la vereda, Eber tomó la iniciativa. Le habló de sus nuevos negocios, de las remiserías que ahora eran cinco y pronto serían más, de la casa que pensaba comprar. Lo hizo sin alardear, como quien comenta el clima, pero cada palabra estaba calculada para que ella viera lo que necesitaba ver: un hombre estable, sólido, que podía protegerla. No solo con músculos, sino con billetera. No solo con palabras, sino con hechos. 


— ¿Y vos? ¿Cómo va todo? —preguntó él, desviando la atención hacia ella. 

— Bien, creo —respondió Antonella, y su voz era un hilo—. Mis redes crecieron el doble en una semana. Tu hija es una genia, de verdad. 


— Davinia es buena en lo que hace —concedió Eber—. Pero no hace milagros. Si tus redes crecieron, es porque vos ponés la belleza. Seguro que tu novio está feliz de tener una mujer así. 


Lo dijo a propósito. Davinia le había contado lo del abandono, y él, como un ajedrecista, movió la pieza justa. Antonella bajó la mirada, los dedos jugando con el borde del vestido mostaza. 

— No tengo novio —murmuró. 


— Entonces es una buena noticia —dijo Eber, y su tono era tan firme que ella levantó la cabeza—. Significa que el indicado está por llegar. 


Ella lo miró. Buscó en esos ojos oscuros, en esa cara tallada a hachazos, alguna señal de burla. No la encontró. Solo encontró seguridad. Una seguridad que no había sentido en meses, desde que su ex la dejó tirada como un trasto viejo. Eber le sostuvo la mirada y luego, con la misma naturalidad con la que respiraba, la invitó a almorzar. Ella aceptó sin pensarlo. 


La llevó a un restaurante lujoso en Puerto Madero, de esos con manteles blancos, copas de cristal y mozos que hablan en susurros. Pidió vino tinto, platos que ella no sabía pronunciar, y manejó la conversación con la misma precisión con la que manejaba el auto. No dejó que ella pagara, no dejó que ella decidiera, no dejó que ella dudara. Antonella se sintió envuelta, contenida, protegida. Era una sensación nueva, adictiva. Se rio, se soltó, y por primera vez en semanas no pensó en el fantasma de su ex. Pero en medio del almuerzo, el celular le vibró sobre la mesa. Su representante. Se había olvidado de una sesión de fotos. Llegaba tarde. 


— No te preocupes —dijo Eber—. Yo te llevo. 


Y la llevó. Condujo hasta un estudio fotográfico en el barrio de Colegiales, un loft industrial con paredes de ladrillo visto, ventanales enormes y una parafernalia de reflectores, trípodes y telones de fondo. El fotógrafo era un pibe joven, de barba cuidada y aires de artista, que ya estaba impaciente. Antonella desapareció en el vestuario y Eber se quedó en un rincón, apoyado contra una columna, con los brazos cruzados y la mirada de un lobo que observa a su presa desde la penumbra. 


Cuando ella salió, el mundo se detuvo. Llevaba un conjunto de lencería blanco, casi transparente, que contrastaba con su piel trigueña como la luna sobre el desierto. Un corpiño de encaje sostenía sus pechos generosos, dejando ver la turgencia morena de los pezones a través de la tela. La bombacha, mínima, se ceñía a sus caderas anchas y se perdía entre sus glúteos redondos. Las piernas largas brillaban bajo los reflectores, y el cabello negro azabache caía sobre sus hombros como una cascada de tinta. El fotógrafo empezó a disparar, dándole indicaciones. Antonella se movía con la soltura de una profesional, cambiando de pose, de ángulo, de expresión. Eber no pestañeaba. La seguía con los ojos, devorándola de lejos, sintiendo cómo la sangre le bombeaba en las sienes. La sesión duró una hora. Cambios de lencería: negro, rojo, un body de transparencias que lo dejó sin aire. Cada vez que ella salía del vestuario, los ojos de él la recibían como un fogonazo. Y ella lo sabía. Por eso lo había invitado. 


Cuando terminaron, Antonella se acercó a él, todavía con la adrenalina de las fotos corriéndole por las venas. Estaba hermosa, agitada, un brillo de sudor perlándole la frente. 

— ¿Querés tomar un café en mi casa? —preguntó, y su voz era un ronroneo. 


Eber asintió. Lo que no sabía era que Antonella, esa misma mañana, había estado leyendo el grupo de WhatsApp "Reinas de la Pasarela". El mensaje de Renata, el de la mandíbula adolorida, el del tamaño descomunal, le había quedado rebotando en la cabeza como una pelota de ping-pong. No había estado con ningún hombre desde que su ex la dejó. La soledad le pesaba, le dolía, le llenaba las noches de insomnio y las mañanas de angustia. Y había decidido, con ese pragmatismo cínico que da el desengaño, que si iba a entregarse a alguien, que al menos fuera con un miembro grande. Total, la iban a abandonar de todos modos. Todos lo hacían. Que al menos valiera la pena. 


Entraron a su departamento, un espacio pequeño pero decorado con gusto, con velas aromáticas, tapices hindúes y un altar a Ganesha en un rincón. Antonella le señaló el sillón, murmuró algo sobre ir al baño y preparar café, y desapareció. Eber se quedó de pie, las manos en los bolsillos, los ojos recorriendo el lugar. Pasaron unos minutos. La puerta del baño se abrió. 


Y Antonella salió completamente desnuda. 


Era un monumento a la feminidad morena. La piel trigueña brillaba bajo la luz tenue del living, lisa, sin una marca, como seda caliente. Los pechos, generosos y firmes, se sostenían solos, con unos pezones oscuros, grandes, que ya estaban duros. La cintura se quebraba en una curva abrupta, un talle de avispa que parecía esculpido, y luego se ensanchaba en unas caderas poderosas, de hembra fértil, que enmarcaban un triángulo de vello negro, cuidado, mínimo. Los muslos eran gruesos, torneados, y las piernas largas terminaban en unos pies descalzos con uñas pintadas de rojo. El cabello azabache caía sobre sus hombros y rozaba sus pechos. Avanzó hacia él con la lentitud de una diosa que camina sobre el agua, los ojos negros clavados en los de él, y dijo: 

— ¿No querés un postre antes del café? 


Eber no llegó a responder. Antonella le tomó la mano, sus dedos cálidos y firmes, y lo guió hacia el cuarto. La cama era amplia, de sábanas blancas, con un mosquitero vaporoso que colgaba del techo como un velo nupcial. Ella lo empujó sobre el colchón con una fuerza que lo sorprendió, y sin darle tiempo a reaccionar, se trepó sobre él. Le desabrochó el pantalón con dedos expertos, liberando el miembro enorme que ya palpitaba, duro como una roca. Antonella lo miró, y por un segundo sus ojos negros se abrieron con un asombro genuino. "Renata no mentía", pensó. "Es gigante." 


Se colocó sobre él, las rodillas a los costados de sus caderas, y empezó a bajar. Solo la punta. El roce hizo que ambos jadearan al mismo tiempo, un sonido gemelo que llenó la habitación. Ella empujó un poco más, y el miembro fue entrando en su entrada húmeda con una lentitud dolorosa y deliciosa. Antonella apretó los ojos, la boca abierta en un gemido mudo. La invadía por completo, la estiraba hasta un límite que no conocía. Nunca había tenido algo tan grande dentro. Sintió que la partía al medio, pero siguió bajando, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo entero. 


— Dios... —suspiró, y empezó a moverse. 


Cabalgó sobre él con un ritmo al principio torpe, buscando el ángulo. Sus pechos morenos rebotaban frente a la cara de Eber, y él, sin poder contenerse, se los llevó a la boca. Lamió los pezones oscuros, los mordió con suavidad, los sintió endurecerse bajo su lengua. Las manos le recorrieron la espalda, las caderas, los glúteos redondos que se tensaban con cada vaivén. Antonella gemía sin pudor, la cabeza echada hacia atrás, el cabello negro azabache pegándosele a la espalda sudorosa. El mosquitero temblaba. La cama crujía. El mundo exterior había dejado de existir. 


Ella tuvo su primer orgasmo así, arriba, montándolo. Un espasmo que le contrajo todo el cuerpo y le arrancó un grito agudo, casi animal. Se desplomó sobre el pecho de Eber, jadeando, las piernas temblorosas. Pero él estaba lejos de terminar. La tomó de las caderas, la giró sin esfuerzo, y la puso debajo suyo. Ahora era él quien dominaba. 


Le abrió las piernas con las rodillas, empujando suavemente, y la penetró de nuevo. Las embestidas fueron profundas, rítmicas, cada una arrancándole un gemido distinto. Las manos de él recorrían su cuerpo como si quisiera aprenderse de memoria cada curva, cada valle, cada centímetro de piel trigueña. Le besó el cuello, la clavícula, los pechos. Le mordió el hombro. Le susurró al oído cosas que ella no entendía pero que la excitaban más. El sudor de ambos se mezclaba, sus cuerpos resbalaban uno contra el otro. El olor a sexo inundaba la habitación. 


Eber la puso en cuatro patas. Las caderas de Antonella, anchas y poderosas, quedaron elevadas como una ofrenda. Él la penetró por atrás, una estocada profunda que la hizo gritar contra la almohada. Agarró sus glúteos con las dos manos, los apretó, los abrió, los azotó con palmadas suaves que la piel trigueña enrojeció. Las embestidas se volvieron más rápidas, más furiosas. Los pechos de ella se balanceaban como péndulos, los pezones rozando las sábanas. Antonella gemía, suplicaba, decía palabras en un idioma que mezclaba español con algo que sonaba a sánscrito, herencia de sus ancestros. Él la tomó del cabello, un puñado de seda negra, y tiró hacia atrás, arqueando su espalda. El ángulo cambió, y el miembro rozó un punto que la hizo enloquecer. 


— ¡Ahí, ahí, no pares! —gritó ella, la voz quebrada. 


Él no paró. Siguió bombeando, sudando, gruñendo. Los músculos de sus abdominales se tensaban con cada envión, sus brazos eran dos cables de acero aferrados a las caderas de ella. El sonido de la piel chocando contra piel era obsceno, un tambor frenético que marcaba el pulso de la noche. El segundo orgasmo de Antonella llegó como un tsunami: un espasmo que le arrancó un alarido ronco, las paredes internas cerrándose alrededor de él como un puño. Eber sintió que se acercaba al suyo, y con un último envión, profundo, definitivo, se vació dentro de ella. El rugido que salió de su garganta fue casi un lamento, la culminación de una batalla que los dejó a los dos exhaustos, tirados sobre las sábanas revueltas. 


Lo hicieron dos veces más. La noche se les fue entre los dedos. Antonella, que había empezado dominando, terminó entregada a un placer que no conocía, que la rompía y la reconstruía al mismo tiempo. Eber, el hombre de los brazos duros y la cara fea, le hizo olvidar por unas horas el abandono, la soledad, el miedo. Pero cuando él se apartó y empezó a vestirse en la penumbra del cuarto, ella se quedó en la cama, desnuda, sudada, agotada. El cabello negro azabache estaba esparcido sobre la almohada como un abanico de tinta. Su piel trigueña brillaba, perlada de sudor, los pechos subiendo y bajando con una respiración todavía agitada. Los pezones oscuros seguían duros, sensibles. Las piernas, largas y torneadas, estaban entreabiertas, dejando ver el rastro del sexo sobre los muslos. Sus ojos negros, almendrados, lo miraban con una mezcla de satisfacción y algo más. Algo que se parecía a la tristeza. 


— Nos vemos pronto —dijo Eber desde la puerta del cuarto, la voz ronca pero cálida. 


Ella le sonrió. Una sonrisa cansada, hermosa, rota. Pero por dentro, mientras escuchaba los pasos de él alejándose por el pasillo, su mente empezaba a tejer la misma tela de siempre. "No va a volver. Usó mi cuerpo y ahora me va a abandonar. Como todos. Como siempre." Se quedó inmóvil, el eco del placer desvaneciéndose en el silencio del departamento, y una lágrima solitaria le rodó por la sien, perdiéndose entre el cabello negro. 


Eber, ajeno a todo, manejaba de vuelta a su casa con la satisfacción de un cazador que ha sumado una nueva pieza a su colección. El cuerpo le pesaba, agotado pero feliz. Las luces de la ciudad le pasaban por la ventanilla como estelas fugaces, y él solo pensaba en dormir. Seis mujeres. Felicity, Renata, Morena, Valentina, Camila, Antonella. Todas hermosas, todas jóvenes, todas suyas de alguna manera. Se durmió apenas tocó la almohada, sin saber que en el grupo de WhatsApp, Antonella acababa de escribir un mensaje corto, casi un aullido digital: "Chicas, lo probé. Lo que dijo Renata es verdad. Pero duele. Duele mucho." Y abajo, una cascada de respuestas, de preguntas, de emojis de fuego. El nombre de Eber seguía creciendo, expandiéndose como una mancha de tinta en el agua. Y el destino, paciente, ya estaba preparando el siguiente movimiento.

 


Continuara... 

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