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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 5

 


La semana se los tragó. Eber y Davinia se movían como dos barcos en rutas paralelas, cruzándose apenas en el pasillo, dejándose mensajes que el otro leía horas después, compartiendo una casa que por primera vez en años se sentía vacía. Él se pasaba los días con su administrador y su contadora, ultimando detalles de las nuevas remiserías, revisando balances, firmando papeles. Ella, en su oficina de Palermo, no levantaba la cabeza de la computadora. El éxito le había estallado en las manos y no pensaba soltarlo. 


El domingo la casa amaneció en silencio. Afuera, el sol de Buenos Aires pegaba fuerte sobre el asfalto, pero adentro la penumbra fresca invitaba a la pereza. Davinia salió de su habitación a las once, los ojos todavía hinchados de sueño, el cabello rubio con raíces oscuras revuelto como un nido de seda. Llevaba puesto un conjunto de ropa interior color marfil, de encaje delicado, casi transparente bajo cierta luz. El corpiño, un triángulo mínimo, dejaba ver la curva suave de sus pechos pequeños, y la bombacha, de talle alto, se ceñía a sus caderas como una segunda piel. Caminó descalza hasta la cocina, donde Eber ya estaba sentado con el mate en la mano, la mirada perdida en el ventanal. 


— Hola, papá —dijo ella, la voz pastosa, y se dejó caer en la silla frente a él. 

— Hola, nena —respondió él, y le alcanzó un mate recién cebado. El ritual los envolvió como un abrigo conocido. Por primera vez en días, estaban los dos en el mismo lugar, a la misma hora, sin apuro. 


— Te extrañé —dijo Davinia, sorprendiéndose a sí misma con la confesión. No era su estilo decir ese tipo de cosas, pero la semana había sido un torbellino y el agotamiento le bajaba las defensas. 

— Yo también, amor —Eber le revolvió el cabello con una mano grande y callosa—. Contame. ¿Cómo va todo? 


Ella apoyó los codos en la mesa y se le iluminaron los ojos verdes, esas dos esmeraldas que nunca mentían cuando se trataba de ambición. 

— Contraté un editor de video. No doy abasto, papá. Tengo más de cincuenta clientas. Cincuenta. En una semana. —Sacudió la cabeza, incrédula—. No lo puedo creer. 


— Te felicito —dijo Eber, y su voz sonó tan orgullosa que a ella se le llenó el pecho—. Es todo tuyo, nena. Te lo ganaste. 

— ¿Y vos? ¿Las remiserías? 

— Mejor que las anteriores. Las dos nuevas están funcionando a pleno. —Hizo una pausa, dio un sorbo al mate—. Estoy pensando en comprar un terreno. Hacerme una casa grande, con pileta, varios cuartos, un quincho. Ya fue el departamento. 


Davinia aplaudió como una nena chiquita, los ojos brillándole. 

— ¡Sí! ¡Vivir en una casa! —Se recostó en la silla, imaginándoselo—. ¿Ya viste algo? 

— No. Primero quiero comprar el terreno y que lo edifique Joaquín. 


El nombre rebotó en la cocina como una moneda que cae al suelo. Davinia frunció el ceño, un gesto casi imperceptible pero cargado de algo. No lo había visto en la inauguración, ni en toda la semana. 

— ¿Qué es de la vida de tu amigo poco confiable que no lo he visto? 


Eber sonrió, esa sonrisa torcida de quien conoce todos los secretos del otro. 

— Empezó el gimnasio. Y no pudo moverse en toda la semana. Está duro como una tabla, el pobre. Pero no abandonó. 


Davinia enmascaró la sorpresa llevándose el mate a los labios. ¿Joaquín, el mujeriego empedernido, el tipo que se jactaba de no mover un dedo que no fuera para levantar una copa, en el gimnasio? "Lo hizo", pensó, y una chispa de algo parecido a la satisfacción le encendió el pecho. Pero no dijo nada. En lugar de eso, cambió de tema con la precisión de una cirujana. 

— ¿Y las chicas que te presenté? ¿Qué onda? 


— No tuve tiempo —admitió él—. Pero me escribo con Morena. Y con Felicity, que ya volvió de Mendoza. 

— Movete, papá. Un hombre fuerte como vos se merece más que una sola mujer. Mucho más. 


Eber la miró. En sus ojos había algo nuevo, un brillo que antes no existía. Era la certeza de que su hija lo veía como un rey. Y los reyes no se conforman con migajas. Asintió, despacio, y los dos se quedaron en silencio, tomando mates, envueltos en esa complicidad densa que habían construido a fuerza de secretos y deseos compartidos. 


Después de almorzar, Eber sintió la inquietud de quien ha estado demasiado tiempo quieto. Recordó las palabras de Davinia, el mapa mental de debilidades que le había trazado en la fiesta. Valentina. La pelirroja de risa escandalosa que buscaba validación masculina. Su hija le había dicho que solía caminar los domingos por el Parque Centenario. Se puso una camisa liviana y fue hasta allá, con la excusa de estirar las piernas y la intención oculta de un cazador que sale al bosque sin prisa. 


La tarde estaba linda, de ese otoño porteño que pinta el cielo de un celeste pálido. El parque hervía de gente: parejas en el pasto, chicos en bicicleta, vendedores de garrapiñada. Eber caminó un rato, los ojos barriendo el paisaje, hasta que la vio. 


Valentina caminaba por un sendero de tierra, sola, los auriculares puestos. Era pelirroja, sí, pero ahí terminaba cualquier parecido con Felicity. Mientras Felicity era una explosión barroca de curvas y pechos descomunales, Valentina era la versión estilizada y etérea. Su pelo no era rojo fuego, sino un cobrizo claro, casi anaranjado bajo el sol, con ondas suaves que le llegaban a la mitad de la espalda. Los ojos, de un verde grisáceo como el agua de un lago, estaban enmarcados por pestañas claras y cejas finas. El rostro era anguloso, de pómulos marcados y una boca pequeña pero carnosa. Llevaba un conjunto deportivo negro, calzas ajustadas que moldeaban unas piernas largas y fibrosas, y un top que dejaba al descubierto un abdomen plano, con la línea del oblicuo marcándose apenas bajo la piel pálida. Sus pechos eran pequeños, firmes, de gimnasta. Las caderas, estrechas pero con una curva delicada. Todo su cuerpo era el de alguien que se cuida, pero sin la obsesión de Morena. Había en ella una vitalidad contenida, como si caminara para escapar de algo que no sabía nombrar. 


Eber se acercó con la naturalidad del que se encuentra con una vieja conocida. Cuando Valentina lo vio, se sacó los auriculares y una sonrisa automática le iluminó la cara. 

— ¡Eber! —dijo, y él notó que recordaba su nombre. Buen síntoma. 

— Valentina —respondió él, y sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Un gesto que no era de amigo, ni de conocido lejano. Era un beso que marcaba territorio. 


Ella parpadeó, sorprendida pero no incómoda. La conversación fluyó liviana. Valentina le contó que todos los domingos iba a ese parque a caminar, que era su momento para despejarse de la semana, de las sesiones de fotos, de las exigencias del modelaje. Eber la escuchaba, asentía, y cada tanto soltaba un comentario que a ella le llegaba justo donde más le dolía. 


— Es lindo eso que decís. Lo de tomarte un tiempo para vos. Habla bien de tu cabeza —dijo él, y ella bajó la mirada, sonriendo sin mostrar los dientes. Un cumplido a su inteligencia, a su criterio. Validación pura. 


— Qué se yo —murmuró ella, encogiéndose de hombros—. A veces siento que pierdo el tiempo, que tendría que estar produciendo. 


— Producir no es todo. Cuidarse también es trabajar. Y vos te ves bien. Muy bien. 


Valentina se sonrojó. No era un rubor exagerado, apenas un tono rosado sobre los pómulos marcados. Pero Eber lo vio. Y supo que el anzuelo estaba mordiendo. Siguieron caminando juntos, y él, midiendo cada palabra, le contó que había criado solo a Davinia, que su mujer lo había abandonado cuando la nena era un bebé. Los ojos grisáceos de Valentina se abrieron, y él notó que esa historia le gustaba. No por el morbo, sino porque contrastaba con la suya propia: un padre ausente, un tipo que nunca había estado, que no la había cuidado. Eber, en cambio, era el hombre que se había quedado. El que no había huido. 


Al final del paseo, él se la jugó. 

— Dame tu número. Así no dependemos de Davinia para encontrarnos. 


Ella se lo dio sin dudar. Lo anotó en el celular de él con sus propios dedos, finos y pálidos. Se despidieron con otro beso en la mejilla, pero esta vez el contacto duró un segundo más de lo necesario. Cuando Valentina se fue caminando hacia la salida del parque, Eber supo que algo había cambiado en la ecuación. Esa chica ya no lo miraba como al padre de su amiga. Lo miraba como a un hombre. 


Se sentó en el auto, el corazón latiéndole con esa mezcla de adrenalina y satisfacción que ya conocía bien. Iba a arrancar cuando el celular vibró en el asiento del acompañante. "Ya me escribió", pensó, y una sonrisa le estiró los labios. Pero no era Valentina. Era la otra pelirroja. 


— Llegué hace dos días y no nos hemos visto —decía el mensaje de Felicity. 


Eber se rio para sus adentros. "Se me acumulan las mujeres", pensó, y el pensamiento le supo a triunfo. Respondió rápido, con la nueva seguridad que los libros y la práctica le habían tallado en el carácter: 

— Vamos a vernos ahora. Te paso a buscar. 


Veinte minutos después estacionó frente al edificio de Felicity. La esperó con el motor encendido, y cuando ella salió por la puerta de vidrio, el mundo se le detuvo un instante. Llevaba un vestido blanco, corto, de esos que se ciñen al cuerpo como si estuvieran pintados. La tela marcaba sus pechos enormes, que se mecían con cada paso, y la curva de sus caderas, que se balanceaba con esa cadencia hipnótica que él recordaba de memoria. Los rizos rojos caían sobre sus hombros como una cascada de fuego, y los labios carnosos estaban pintados de un rosa pálido que los hacía parecer más grandes todavía. Las piernas, torneadas y bronceadas, terminaban en unas sandalias de taco fino. Era una visión. Una diosa que caminaba hacia su auto como si fuera un trámite. 


Apenas se sentó y cerró la puerta, se inclinó hacia él y lo besó en la boca. Un beso con hambre, con lengua, con la desesperación de una semana de pensarlo. Eber la recibió, correspondió, pero no perdió la cabeza. Se apartó apenas, los ojos fijos en los de ella. 


— Hola —dijo Felicity, la voz ronca. 

— Hola —respondió él, y apoyó una mano en su muslo desnudo, sintiendo la piel cálida bajo sus dedos. 


— Toda la semana pensé en vos —confesó ella, los ojos verdes clavados en los de él—. En lo bien que me hacés sentir. En la cama, sí, pero también cuando hablamos. Me das una seguridad que no sé explicar. —Hizo una pausa, se mordió el labio inferior—. Ya fue. A la mierda la diferencia de edad. 


Eber sonrió. No dijo nada. ¿Qué iba a decir? ¿Que él también había pensado en ella? No era su estilo. En lugar de eso, deslizó la mano más arriba, hasta el borde del vestido, y preguntó con la voz más grave que el motor del auto: 

— ¿Vamos al motel? 


— ¿Y si antes me llevás a tomar un helado? —contraatacó ella, la sonrisa torcida, provocadora—. Hace calor. 


— Claro, bebé —dijo él, y le acarició la pierna con la yema de los dedos, un roce apenas, una promesa—. Lo que vos quieras. 


Terminaron en una heladería del centro, una de esas con mesitas en la vereda y sombrillas de colores. Felicity pidió un cucurucho de dulce de leche y chocolate, y se lo comió con una lentitud que a Eber le pareció obscena. La lengua recorriendo el helado, los labios cerrándose alrededor, el gesto de limpiarse una gota con el dorso de la mano. Él la observaba, tomando un café, y pensaba en lo absurdo de la situación. Un tipo de cuarenta y cinco años, con la cara tallada a hachazos, sentado frente a una modelo de veinte que lamía un helado como si estuviera en la cama con él. Y a ella no parecía importarle. Al contrario. Conversaban con naturalidad, y Eber, recordando los consejos de los libros, la motivaba con sus proyectos, le daba ideas para sus redes, la escuchaba con una atención que los pibes de su edad no le prestaban. Felicity lo miraba y se sentía vista. No solo deseada: vista. 


Pero Eber, mientras hablaba, también pensaba. Lo que quería Felicity, él no estaba seguro de poder dárselo. Ella parecía buscar algo más que sexo, algo que se parecía peligrosamente a una relación. Y él, ahora que Davinia le había abierto los ojos a un universo de posibilidades, no estaba dispuesto a atarse a una sola mujer. El hambre que había despertado era insaciable. La pelirroja era un manjar, pero él quería probar todo el banquete. 


Salieron de la heladería cuando el sol empezaba a bajar. Eber manejó hasta el mismo motel de la vez anterior, pero esta vez pidió una habitación distinta. Una que había visto en el folleto la primera vez que fueron y que le había quedado grabada en la memoria. La habitación temática. Cuando Felicity entró y vio lo que había, se quedó quieta, la boca entreabierta. Sogas de terciopelo rojo colgaban de las cuatro esquinas de una cama king size. En la pared, un muestrario de juguetes: látigos de cuero suave, pinzas con punta de goma, antifaces de seda negra, esposas forradas en peluche, un vibrador de tamaño imponente. La luz era tenue, rojiza, y el espejo del techo devolvía una imagen que multiplicaba el deseo. En un rincón, una cruz de San Andrés de madera oscura. En otro, una silla gynecológica tapizada en cuero. 


— ¿Qué es esto? —preguntó Felicity, la voz un hilo. 


— Algo nuevo —respondió él, cerrándole la puerta a sus espaldas. 


Eber la tomó de la muñeca con una firmeza que no admitía réplica. Sintió el pulso de ella latiendo rápido bajo sus dedos, una taquicardia que delataba excitación, no miedo. La llevó hasta la cama y, sin decir palabra, le dio la espalda. Con movimientos precisos, casi rituales, le bajó el cierre del vestido blanco. La tela se abrió como una flor marchita, dejando al descubierto una columna vertebral que se curvaba bajo la luz rojiza. El vestido cayó al suelo con un susurro. Debajo, un conjunto de encaje negro, mínimo. Eber lo ignoró. Tomó las muñecas de Felicity y las llevó hacia atrás, cruzándoselas sobre los riñones. Con las sogas de terciopelo, le ató las manos, despacio, midiendo la presión. Que quedara firme, inmovilizada, pero sin lastimar. El terciopelo se hundía en la piel pálida de sus muñecas como una caricia áspera. 


Felicity temblaba. No de frío, no de miedo. De anticipación. Su respiración se había vuelto un jadeo corto, sus pechos enormes subiendo y bajando dentro del corpiño negro. Eber la empujó hacia adelante, apenas, para que su torso quedara apoyado sobre la cama, las manos atadas en la espalda, los glúteos redondos y firmes apuntando hacia él como una ofrenda. Le bajó la bombacha con un solo tirón, dejándola a su merced. Luego el corpiño, desabrochado con la misma urgencia experta, y los pechos de Felicity cayeron libres, balanceándose bajo la luz rojiza como dos frutos prohibidos. 


Se paró detrás de ella, todavía vestido, y la contempló. Era un cuadro obsceno y perfecto: la pelirroja atada, doblada sobre la cama, la cabeza de lado apoyada sobre el colchón, los rijos rojos desparramados, los ojos entrecerrados. La espalda suave, la cintura de avispa, los glúteos redondos y entre ellos, apenas visible, la entrada húmeda que lo esperaba. Eber se desnudó con la parsimonia de quien ya no tiene apuro. Cuando su miembro quedó libre, enorme y palpitante, Felicity lo vio por el rabillo del ojo y dejó escapar un gemido. "Sigue siendo demasiado grande", pensó, y el pensamiento le mojó los muslos. 


Él se acercó y, sin aviso, le dio una nalgada. Un golpe seco que resonó en la habitación y le arrancó un gritito agudo. La piel blanca se tiñó de rojo. Eber acarició la zona golpeada, sintiendo el calor que emanaba, y luego volvió a pegar. Otra vez. Y otra. Cada nalgada era un latigazo de placer y dolor que Felicity recibía con un gemido distinto, la espalda arqueándose, las manos apretándose en puños dentro de las ataduras. Las nalgas le quedaron coloradas, sensibles, y él se inclinó para besarlas, para lamer la piel ardida. Ella suspiró, la boca abierta contra las sábanas, la saliva mojando la tela. 


Entonces la penetró. Sin dedos previos, sin lubricante artificial. Solo la humedad de ella, que ya chorreaba por los muslos, y el tamaño de él, que entró hasta la mitad de un solo golpe. Felicity gritó. Un grito largo, quebrado, que retumbó en las paredes del cuarto y fue a perderse en el espejo del techo. Eber se quedó quieto, sintiendo cómo las paredes internas de ella se contraían a su alrededor, un abrazo caliente y húmedo que le nublaba la razón. Luego empujó más, hasta el fondo, y Felicity sintió que la partía en dos. Pero ya no le daba miedo. Lo esperaba. Lo deseaba. 


Empezó a moverse. Las primeras embestidas fueron lentas, profundas, cadenciosas. Cada envión la empujaba contra el colchón, los pechos enormes aplastándose contra las sábanas y luego rebotando hacia atrás con un movimiento que Eber seguía con los ojos, hipnotizado. Las manos atadas de ella se aferraban al aire, los dedos crispados. De su boca salía una letanía de gemidos, de súplicas rotas, de palabras sin sentido. Eber le tomó las caderas con las dos manos, clavándole los dedos en la carne, y aumentó el ritmo. El sonido de la piel chocando contra piel se volvió un tambor frenético, acompañado por el chirrido de la cama y los gritos cada vez más agudos de Felicity. 


— Más, más, más —suplicaba ella, la voz ronca, los ojos en blanco. 


Él se lo dio. La tomó de las ataduras y tiró hacia atrás, usándolas como riendas, arqueando su espalda aún más. El ángulo cambió, y su miembro rozó ese punto profundo que la hacía enloquecer. Los pechos de Felicity, liberados de toda contención, rebotaban como dos péndulos salvajes, los pezones rozando la tela áspera de las sábanas. Eber se inclinó sobre su espalda y le mordió el hombro, un mordisco que dejó una marca roja sobre la piel blanca. Ella gimió de placer. Él le pellizcó uno de los pezones con la mano libre, retorciéndolo apenas, sintiendo cómo se endurecía entre sus dedos. Otro gemido, más agudo. Otra nalgada, en la nalga ya enrojecida, y otro grito. 


El sudor perlaba el cuerpo de ambos. Las gotas resbalaban por la espalda de él, por sus abdominales tensos, por sus brazos duros como cables. Las gotas de ella corrían por la columna, por el valle entre sus pechos, por los muslos que ya brillaban, pegajosos. Eber olía su perfume, mezclado con el almizcle del sexo, y era un aroma que lo embriagaba más que cualquier vino. Aumentó el ritmo otra vez, ahora salvaje, descontrolado. Sus testículos golpeaban contra el cuerpo de Felicity con cada envión, un chasquido líquido que se sumaba a la sinfonía. Ella ya no hablaba, solo gritaba, una serie de alaridos inconexos que se iban apagando a medida que la garganta se le cansaba. 


Eber sintió que se acercaba al clímax, pero no quería terminar sin probar más. Sin romper otro límite. La desató con un movimiento brusco, las muñecas de Felicity marcadas con las marcas rojas del terciopelo, y la giró en la cama. La puso boca arriba, las piernas abiertas y levantadas, los tobillos sobre sus hombros. Así, de frente, podía verle la cara: los ojos verdes vidriosos, los labios hinchados de tanto morderse, las mejillas sonrojadas. La penetró de nuevo, en esa posición, y ahora el vaivén era más íntimo, más profundo. Los pechos de ella rebotaban hacia arriba y hacia abajo, y él se inclinaba para lamerlos, para chupar los pezones hasta dejarlos doloridos. Felicity le arañaba la espalda con las uñas, recién liberadas, dejándole surcos rojos sobre la piel curtida. Se besaban con furia, con desesperación, las lenguas chocando, los dientes entrechocando. Era una pelea, una danza, una rendición mutua. 


— Decime que sos mia —gruñó él contra su boca, las palabras saliendo entre jadeos. 

— Soy tuya, soy tuya, soy tuya —repitió ella como un rezo, y al decirlo sintió que su propio orgasmo le estallaba dentro, un espasmo que le contrajo todo el cuerpo y le arrancó un alarido ronco, animal, que dejó su garganta en carne viva. 


Eber la siguió segundos después. Se vació dentro de ella con un rugido, las caderas bombeando una, dos, tres veces más antes de derrumbarse sobre su cuerpo. El sudor de ambos se mezclaba, los corazones latían desbocados, la habitación olía a sexo, a cuero, a transgresión. Se quedaron así, enredados, jadeando, durante largos minutos. Felicity, con los ojos cerrados, dibujaba círculos con los dedos sobre la espalda de él. Tenía el cuerpo adolorido, las muñecas irritadas, las nalgas ardidas, los pechos sensibles. Pero en sus labios se dibujaba una sonrisa tan grande que parecía imposible de borrar. 


Salieron del motel cuando ya había caído la noche. Felicity caminaba despacio, las piernas temblorosas, una mano apoyada en el brazo de Eber para no trastabillar. Estaba destruida. Estaba feliz. Él la llevó hasta su departamento, y antes de que ella bajara, le tomó la cara entre las manos y la besó. Un beso de despedida, pero también de promesa. 


— Hasta pronto —dijo ella, la voz todavía ronca. 


Eran las nueve de la noche. Eber podría haber vuelto a su casa, tirarse en el sillón, dormir catorce horas seguidas. Pero en su cabeza resonaban las palabras de Davinia, y ahora también el mapa de debilidades que su hija le había dibujado con precisión quirúrgica. Camila. La ex gimnasta rubia que buscaba disciplina. Según los datos de inteligencia de Davinia, esa noche estaría en una competencia de gimnasia artística, como espectadora aficionada. Un evento en un club de Núñez. 


Condujo hasta allá, el cuerpo cansado pero la mente despierta, encendida. El club era un galpón enorme con gradas de madera y un aroma a magnesio y sudor que flotaba en el aire. Sobre el tatami, chicas jovencísimas volaban por los aires, giraban, caían. En las gradas, padres orgullosos, entrenadores con cara de pocos amigos, y aficionados como Camila. 


Él la vio desde la entrada. Estaba sentada en la tercera fila, sola, los codos apoyados en las rodillas, la mirada fija en una chica que ejecutaba un ejercicio de suelo. Era difícil no verla. Camila era un espécimen distinto a todas las demás. Su pelo era de un rubio tan claro que rozaba lo platino, casi blanco bajo las luces del gimnasio, cortado en un bob asimétrico que le rozaba la mandíbula. Los ojos, de un azul eléctrico, estaban delineados con un trazo fino. El rostro era anguloso, de pómulos filosos y una mandíbula firme. Pero era su cuerpo lo que robaba el aliento. Un cuerpo de ex gimnasta, fibroso y curvilíneo al mismo tiempo. Los hombros marcados, los brazos definidos pero sin perder feminidad. Los pechos, medianos y firmes, tensaban la remera blanca que llevaba. La cintura era mínima, un talle de avispa que se estrechaba antes de explotar en unas caderas poderosas. Las piernas, enfundadas en un jean ajustado, eran una maravilla de músculos largos y torneados, con unos muslos que se adivinaban duros como el acero y unas pantorrillas cinceladas. Las nalgas, redondas y altas, tensaban la tela del jean de una manera casi obscena. Todo su cuerpo era una máquina de precisión envuelta en piel bronceada. 


Eber se acercó por el pasillo lateral y la saludó de lejos, una mano en alto. Camila lo vio, y en sus ojos azules hubo un segundo de confusión, luego sorpresa, y finalmente una chispa de curiosidad. Le devolvió el saludo con un gesto de la mano. Él se sentó a su lado, invadiendo su espacio con la naturalidad de quien tiene derecho. 


— ¿Qué hacés acá? —preguntó ella, una ceja arqueada. 

— Me gustan los eventos de cualquier disciplina deportiva —mintió él, con una sonrisa que intentaba ser relajada—. Y me acordé que Davinia me dijo que vos solías competir. 


Camila asintió, volviendo la vista al tatami. Había algo en su postura, en su forma de sentarse con la espalda recta y los hombros atrás, que delataba años de entrenamiento y disciplina férrea. Eber la observó de reojo, estudiándola, y entonces recordó la debilidad que Davinia le había susurrado al oído en la fiesta: "Se derrite con hombres que la manden. Trátala como un entrenador." 


— Suéltate el cabello —dijo él, sin preámbulos. Fue una orden, no una sugerencia. La voz grave, la mirada firme. 


Camila se giró hacia él, los ojos azules abiertos de par en par. Iba a decir algo, una protesta, una pregunta. Pero la intensidad de Eber la atravesó como un látigo. Sus dedos subieron lentamente hasta la nuca, encontraron el elástico que sujetaba el bob platino, y lo soltaron. El cabello rubio claro cayó sobre sus hombros, enmarcándole el rostro anguloso con una suavidad que antes no tenía. Eber asintió, una aprobación silenciosa, y volvió a mirar hacia adelante. 


— Así te queda más lindo —dijo, como quien comenta el clima. 


Camila no respondió. Pero un rubor leve, casi imperceptible, le tiñó los pómulos. Y en sus labios se dibujó una sonrisa minúscula, de esas que una guarda para sí misma. "Es autoritario", pensó, y el pensamiento, lejos de molestarla, le provocó un cosquilleo en la boca del estómago. Siguieron viendo la competencia en silencio, pero el aire entre ellos había cambiado. Era más denso. Más cargado. Eber hacía algún comentario sobre las rutinas, y ella respondía con monosílabos, todavía procesando lo que acababa de pasar. 


Al terminar el evento, cuando las gradas empezaron a vaciarse, Eber se puso de pie y le tendió una mano. 

— ¿Te llevo a tu casa? 


— Vine en mi auto —respondió ella, pero su voz ya no era tan firme como antes. 

— Entonces dame tu número. 


No era una pregunta. Otra vez una orden. Camila lo miró a los ojos, esos ojos oscuros que no pestañeaban, y sintió que algo dentro suyo cedía. Le dio el celular, y él mismo se agregó a sus contactos. Se lo devolvió con un roce de dedos que duró medio segundo más de lo necesario. 


— Te escribo —dijo Eber, y se fue caminando hacia la salida con la espalda ancha recortándose contra las luces del gimnasio. 


Camila se quedó sentada un minuto más. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos. Hacía años que nadie le hablaba así. Años que nadie se atrevía. Su ex, los chicos de su edad, todos le pedían permiso hasta para respirar. Y este tipo, este desconocido de cuarenta y cinco años con cara de pocos amigos, le acababa de dar una orden como si fuera lo más natural del mundo. Y a ella le había gustado. Más que gustado. La había excitado de una manera profunda, casi intelectual, como si hubiera encontrado una pieza faltante en el rompecabezas de su deseo. 


Eber llegó a su casa pasada la medianoche. La adrenalina de la cacería todavía le corría por las venas, mezclada con el agotamiento muscular del polvo con Felicity. Se quitó la ropa, se tiró en la cama, y el sueño lo venció antes de que pudiera hacer un balance del día. Tres mujeres. La pelirroja del parque, la pelirroja del motel, la rubia del gimnasio. Todas jóvenes, todas hermosas, todas cayendo una tras otra como piezas de dominó. 


Mientras dormía, en algún rincón del universo digital, el grupo de WhatsApp "Reinas de la Pasarela" seguía hirviendo. Renata había hablado de más, sí. Pero ahora era otra la que escribía, una chica que acababa de ver algo, o de escuchar algo, o de imaginarse algo. El nombre de Eber circulaba con la persistencia de un rumor bien plantado. Y el destino, ese arquitecto silencioso, ya estaba preparando las próximas sorpresas.

 


Continuara... 

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