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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 2

 


La luz de la mañana se coló por las persianas como una culpa que no se puede esconder. Felicity abrió los ojos de a poco, y el mundo le llegó en fragmentos hostiles: un techo ajeno, sábanas revueltas, un dolor de cabeza que le taladraba las sienes y la ausencia total de ropa sobre su piel. Giró la cabeza y ahí estaba él. Eber. El padre de Davinia. Dormía boca abajo, la respiración profunda, los músculos de la espalda relajados bajo la luz pálida. Los recuerdos de la noche anterior la golpearon de golpe: el vino, el baile, sus propias manos aferrándose a ese cuerpo duro, y esa sensación de plenitud que todavía le palpitaba entre las piernas. 


"¿Qué he hecho?" 


El pensamiento fue un latigazo. Se llevó una mano a la boca, como si pudiera contener el pánico. No era solo la vergüenza de haberse descontrolado, de haberse entregado así. Era Davinia. La chica que le había tendido una mano, que había duplicado sus seguidores, que confiaba en ella. Y ella, como una idiota, se había acostado con su padre. Se imaginó la conversación, el enojo, la humillación de que la echara de su vida profesional y personal. El miedo le endureció el estómago más que el alcohol. 


Se movió con la lentitud de un ladrón en su propia vergüenza. Apartó las sábanas y buscó su ropa con la mirada, desparramada por el suelo como testigos mudos del desastre. El vestido estaba arrugado, tirado cerca de la puerta. El encaje de su ropa interior, casi un susurro de tela, yacía a los pies de la cama. Se inclinó para recogerlo, sintiendo la desnudez como una condena, y se vistió con movimientos torpes y silenciosos, conteniendo la respiración cada vez que un resorte de la cama crujía. No podía despertarlo. No podía enfrentarlo. No ahora. Cuando logró enganchar el vestido sobre sus hombros, se miró en el espejo de la cómoda: el rimel corrido, los rizos aplastados, la marca de una boca en el cuello. Un desastre hermoso y lamentable. 


Salió de la habitación de puntillas, atravesó el pasillo como una exiliada y no respiró hasta que la puerta de entrada se cerró a sus espaldas. En el ascensor del edificio, apoyó la nuca contra la pared fría y se maldijo en silencio. "Siempre me pasa lo mismo cuando tomo. Siempre." Pero esta vez era diferente. "Nunca con un hombre tan grande... tan..." La mente le trajo la imagen de Eber sobre ella, los abdominales duros, las manos enormes, y se prohibió seguir pensando. Sacó el teléfono con dedos temblorosos y escribió: 

— Perdón, perdón, perdón. 

Y lo envió antes de arrepentirse. 


Una hora después, Davinia se desperezó en su cama con la parsimonia de una gata satisfecha. Leyó el mensaje y una sonrisa curvó sus labios. La desesperación de Felicity era genuina, casi conmovedora. Respondió con la misma naturalidad con la que respiraba: 

— No pasa nada. Una mujer bella y un hombre fuerte hacen linda pareja. 


Del otro lado, Felicity leyó el mensaje una, dos, tres veces. No entendía. ¿Linda pareja? Su ceño se frunció en una mezcla de alivio y confusión. Pero no había enojo en esas palabras, y eso, por ahora, era suficiente. Contestó con un emoji de corazón y dejó caer el teléfono sobre la cama, agotada. 


Davinia se dio un baño rápido, apenas lo necesario para despertar los sentidos. Salió de la ducha con el cabello húmedo goteando sobre los hombros, y se enfundó en un short corto que apenas cubría la curva de sus glúteos y un corpiño de encaje que sostenía sus pechos pequeños con la precisión de un escultor. Así, con la naturalidad de quien camina por su propio reino, fue a la cocina a preparar el mate. 


A los pocos minutos, la puerta del cuarto de Eber se abrió. Él salió al pasillo y su sola presencia modificó la atmósfera. Había algo distinto en su porte, una energía nueva, un resplandor que no estaba en su rostro, pero sí en la manera en que sus músculos se movían bajo la ropa, como si se hubiera sacado diez años de encima. Davinia lo observó de reojo y una chispa de orgullo le iluminó los ojos. 


— Buenos días, papá —dijo, cebando el primer mate con la precisión de un ritual—. ¿Querés un mate o preferís desayunarte una pendeja de veinte años llamada Felicity? 


La bomba explotó en el aire de la cocina. Eber soltó una carcajada corta, una risa que le salió del pecho y lo sorprendió a él mismo. Se pasó una mano por la nuca, negando con la cabeza. Sabía que su hija le había tendido una trampa perfecta, y también sabía que a él le había hecho bien. Mucho más que bien. Pero no iba a reconocerlo con palabras. No era su estilo. 

— Buenos días, amor —respondió, esquivando el misil—. Pero tu amiga es una nena para mí. 


Davinia arqueó una ceja, la sonrisa bailándole en los labios carnosos. 

— Anoche te olvidaste de su edad. 


— Eso fue el vino —murmuró Eber, y fue hasta ella para darle un beso en la mejilla. Se sentó a su lado, el cuerpo grande ocupando la silla, y aceptó el mate que ella le ofrecía. El ritual del desayuno los envolvió en una calma engañosa, la yerba, el agua caliente, el silencio cómplice. 


Cuando estaban terminando, Davinia soltó, como quien comenta el clima: 

— Tengo muchas más amigas que presentarte. 


Eber se quedó con el mate a medio camino. La miró. En los ojos verdes de su hija no había broma, sino esa determinación inquebrantable que le conocía desde que era una nena. Las imágenes se le agolparon: Felicity, su piel blanca, sus pechos desbordantes. Y ahora más. Amigas de su hija. Chicas jóvenes, de veinte, veintidós años. Modelos, influencers, bellezas inalcanzables. Y él, un tipo de cuarenta y cinco con la cara tallada a hachazos. Pero en el fondo, una idea comenzaba a germinar. Una idea peligrosa. 

— Lo hablamos después —dijo, esquivando otra vez—. Ahora me voy a trabajar. 


Davinia lo observó levantarse y escapar hacia la puerta. Lo conocía. Sabía que iba a su remisería a mirar el techo, a controlar lo que ya funcionaba solo. Mientras él huía, ella anunció con voz cantarina: 

— Yo también me tengo que ir. Pero te voy a dejar dos libros de regalo. 


Eber volvió a la casa una hora después. Su remisería era un reloj suizo; su administrador, un tipo eficiente que no lo necesitaba para nada. Al entrar a su habitación, encontró los dos libros sobre la cama, como dos bombas de tiempo con lomo de tapa dura. Leyó los títulos: "La Brecha de las Generaciones" y "Más Allá de la Monogamia". Una obra sobre relaciones entre adultos de distintas edades y un ensayo sobre la historia de las relaciones polígamas. Eber soltó una risa ronca, negando con la cabeza. "Esta chica está loca", pensó. Pero se sentó en el sillón del living, abrió el primero, y el tiempo empezó a correr de otra manera. 


Mientras tanto, Davinia recorría un local vacío en una zona exclusiva de Palermo. Vestía un conjunto que rozaba lo indecente con elegancia: un pantalón de vestir blanco de tiro alto que se ceñía a su cintura fina y una blusa de seda negra, semi transparente, que dejaba adivinar el corpiño de encaje debajo. Tacones finos. El cabello rubio con raíces oscuras caía en ondas sueltas sobre sus hombros. Parecía una modelo observando el espacio, pero ella era la compradora, la empresaria, la arquitecta de su propio imperio. El local era perfecto: una oficina amplia para ella, otras salas para sesiones de fotos, una sala de reuniones con paredes de vidrio. Caro, pero ella se tenía fe. Una fe ciega y absoluta. 


Al salir de la inmobiliaria, una bocina le taladró los oídos. No se dio vuelta. Estaba acostumbrada. Pero una voz familiar gritó desde el auto: 

— ¡Hermosas piernas! 


Esa voz. Joaquín. Se giró con una media sonrisa y lo vio asomado por la ventanilla de su auto importado, la sonrisa de galán empedernido iluminándole el rostro atractivo. 

— Joaquín —dijo, acercándose—. ¿Siempre tan obvio? 

— Siempre tan hermosa —respondió él, bajando la mirada por sus piernas sin un ápice de vergüenza—. ¿A dónde vas, preciosura? Te llevo. 

— A casa. Y no me digas preciosura. 

— Es lo que sos. Subí. 


Ella subió. El interior del auto olía a cuero y a un perfume caro que no podía disimular la esencia de tipo canchero que Joaquín destilaba. Arrancó y la conversación fue un ping-pong de chistes, recuerdos y confianzas añejas. Joaquín la conocía desde la cuna, y aun así, no podía evitar mirarla de reojo, el borde de la blusa, la rodilla que asomaba. 

— Soy la hija de tu mejor amigo —le recordó ella, leyéndole el pensamiento. 

— Mejor —respondió él sin pestañear—. ¿Quién mejor que yo para cuidarte? 

— Sos un chamuyero. 

— Y vos una diosa inalcanzable. Pero soñar es gratis. 


Ella rio. Una risa auténtica, cristalina. Cuando estacionaron frente a la casa, Joaquín se quedó mirándola bajar, la cadera que se balanceaba, las piernas torneadas que se alejaban. Un calor incómodo le subió por el vientre. Su miembro se puso duro dentro del pantalón. "Esta nena me va a matar", murmuró para sí antes de arrancar y perderse en el tránsito. 


Davinia entró a la casa y se deshizo de la ropa como quien se saca una armadura. Primero la blusa, que cayó sobre el respaldo del sillón. Luego el pantalón, que se deslizó por sus piernas hasta quedar en el suelo. Avanzó hacia el living en ropa interior, un conjunto negro que era apenas un hilo de promesas, y se dejó caer en el sillón frente a su padre. Eber levantó la vista del libro, la vio, y su expresión no cambió. Estaba acostumbrado. Pero algo en sus pupilas se dilataba ahora cuando la miraba, como si los conceptos de los libros empezaran a hacer mella en su percepción. 


— Conseguí el local —anunció ella, tomando el mate que él le ofrecía. 

— Te felicito, nena —la voz de Eber era genuina, cálida—. Lo merecés. 

— ¿Leíste los libros? 

— Los dos. Son de fácil lectura —hizo una pausa, buscando las palabras—. Interesantes. 


Davinia se acomodó, cruzando las piernas. El gesto era inocente y provocador al mismo tiempo, un reflejo de su naturaleza dual. 

— ¿Y qué te parecieron? 


Eber resopló. Se pasó una mano por la mandíbula. 

— No sé. Es raro. Toda la vida me enseñaron otra cosa. 

— ¿Qué cosa? 

— Que un hombre tiene que estar con una sola mujer. Que la diferencia de edad es un problema. Que está mal. 


Davinia se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas, los ojos verdes fijos en los de su padre como dos faros. 

— Eso son prejuicios, papá. Construcciones sociales. En otras culturas, un hombre fuerte como vos tiene un harén. Y las mujeres son felices, porque un solo hombre poderoso las protege a todas. ¿Qué tiene de malo? 


Eber la miró. Había una lógica retorcida en sus palabras, una lógica que los libros habían sembrado y que ahora su hija regaba con una convicción perturbadora. Él no respondió. Pero algo en su mente, una puerta que había estado cerrada durante cuarenta y cinco años, empezó a abrirse. Un susurro, apenas. "¿Por qué no disfrutar de las mujeres? ¿Por qué negarse lo que la vida te ofrece?" 


Davinia captó el cambio. La pequeña fisura en la armadura de su padre. Sonrió y cambió de tema con la delicadeza de una cirujana: 

— Hace mucho que no salimos a cenar afuera. 

— Es verdad —admitió él, casi aliviado por la tregua. 

— Entonces hoy salimos. Vos y yo. 


Y salieron. Un restaurante elegante, luz de velas, una mesa junto a la ventana. Davinia con un vestido rojo que era una llamarada, Eber con una camisa negra que estiraba los límites de sus bíceps. Él se sentía torpe, fuera de lugar, pero la presencia de su hija lo anclaba. Los mozos lo miraban con envidia, los comensales con curiosidad. La mayoría pensaba que era su novia. Un tipo mayor, con esa cara, y una diosa de veinte años. El mundo era predecible. 


Después de la cena, Davinia lo arrastró a un bar. No era un bar cualquiera: era un santuario de la élite. Luces bajas, sillones de terciopelo, arte abstracto en las paredes, una barra de mármol negro donde los bartenders preparaban cócteles como si fueran rituales alquímicos. El lugar estaba lleno de empresarios canosos, modelos de rasgos imposibles, y esa electricidad silenciosa del poder y la belleza midiéndose. Eber se sintió una piedra en un escaparate de diamantes. 


Pero Davinia era pez en esas aguas. Saludaba a diestra y siniestra, repartía besos al aire, sonrisas calculadas. Era su mundo, el que estaba conquistando sin pasarelas. De repente, una figura se desprendió del paisaje y se acercó: una rubia de 1,70 de altura, piernas kilométricas enfundadas en un vestido dorado, cintura de avispa, pechos firmes que desafiaban la gravedad. Veintiún años, ojos celestes como el cielo de la Patagonia, labios dibujados con precisión quirúrgica. Su nombre era Renata. 


— ¡Davinia! —exclamó la rubia, y se dieron un beso en la mejilla. 

— Renata, tanto tiempo —respondió Davinia, midiéndola con la mirada. 

— Necesito hablar con vos —la voz de Renata era un susurro urgente, sus ojos se humedecieron—. Mi representante... se quedó con todo. Firmé exclusividad y ahora no puedo desfilar más. Estoy atrapada. Pero me interesa esto de las redes sociales, las publicidades... ¿Podrías ser mi community manager? 


Davinia escuchó el drama con la frialdad de quien oye el mismo cuento una y otra vez. Las modelos, las representantes, los contratos basura. Todo predecible. Pero Renata era un producto premium, y su desesperación la volvía maleable. 

— Claro —dijo, y su sonrisa fue un anzuelo—. Escribime mañana y lo hablamos. 


Renata suspiró aliviada. Luego sus ojos celestes se desviaron hacia Eber, que observaba la escena en silencio, su mole quieta contrastando con la frivolidad del ambiente. 

— ¿Es un empresario? —preguntó Renata, bajando la voz—. Es muy raro verte con alguien. 

— Es un empresario —confirmó Davinia—. Pero también es mi padre. 


Renata se llevó una mano a la boca, horrorizada. 

— ¡Perdón! No quise... 

— No pasa nada —la interrumpió Davinia, restándole importancia con un gesto—. Ven, te lo presento. 


Los llevó hasta la barra. Eber se puso de pie. 

— Papá, ella es Renata. Renata, él es Eber, mi padre. 


Eber le tendió la mano y Renata la tomó, sintiendo la aspereza de su piel, la firmeza de su agarre. Los ojos de él la recorrieron sin disimulo: las piernas infinitas, la cintura quebradiza, los pechos firmes. Ella le sostuvo la mirada, evaluándolo, intrigada por esa rudeza que no encajaba en el paisaje de espejos y champagne. Se sentaron los tres. Eber pidió un vino, Davinia agua mineral, y Renata aceptó la copa de champagne que él le convidó. 


La conversación fluyó liviana. Modelos, desfiles, el negocio de las redes. En un momento, Davinia se inclinó hacia su padre, los labios rozándole la oreja, el aliento cálido como un secreto: 

— Ella se peleó con el novio hace una semana. Un empresario de tu edad. Está despechada. Aprovecha. 


Eber sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Iba a decir algo, pero las palabras murieron antes de nacer. Ahí estaban los libros, la noche con Felicity, la piel de Renata brillando bajo las luces del bar. Todo lo empujaba al mismo abismo. "¿Por qué no?", le susurró esa voz nueva en su interior. Y se dejó llevar. 


Empezó con una sonrisa, una pregunta sobre su entrenamiento. 

— ¿Vas al gimnasio? —preguntó ella, mirándole los brazos. 

— Toda la vida —respondió él, y flexionó el bíceps casi sin darse cuenta. 

Renata se rio. Una risa nerviosa, coqueta. Poco después, una canción lenta inundó el bar y Eber, impulsado por el alcohol y esa hambre nueva, la invitó a bailar. Bailaron pegados, el cuerpo duro de él contra la suavidad de ella, la mano de Eber en la cintura fina, los dedos presionando apenas. Renata apoyó la cabeza en su pecho, oliendo su colonia, sintiendo el tambor de su corazón. 


Al rato, Davinia anunció su retirada. 

— Estoy cansada. Me voy en un taxi —dijo, con una sonrisa de suficiencia—. Papá, vos lleva a Renata a su casa. 


Eber asintió. La despedida fue rápida. Afuera, el auto de Eber los esperaba como un confesionario. El viaje fue en un silencio cargado. Cuando estacionó frente al edificio de Renata, ella se giró hacia él, los ojos celestes brillando en la penumbra. 

— Sos una buena compañía, Eber —susurró. 


Él no respondió con palabras. Algo primitivo, animal, se apoderó de su cuerpo. La tomó de la nuca con una mano y la besó. Pero no fue un beso tierno. Fue una devoración. Su boca cubrió la de ella con una urgencia que no dejaba espacio para la ternura. La lengua de Eber invadió, exploró, dominó. Renata se tensó al principio, sorprendida por la brusquedad, por ese hambre que no conocía. Su ex, el empresario, era de caricias medidas y protocolos. Esto era otra cosa. Algo salvaje. Y le gustó. 


La mano de Eber subió por su cuello, los dedos rodeando la garganta con una presión firme, controlada pero amenazante. Los ojos de Renata se abrieron de par en par, pero no se retiró. Un gemido escapó de su garganta. Ella, a su vez, llevó la mano a la entrepierna de Eber, palpando el bulto enorme que tensaba la tela del pantalón. La sorpresa la atravesó como un rayo. Era demasiado grande. Demasiado. El corazón le latió en la garganta. Pero en lugar de miedo, sintió una excitación que le mojó el centro. Se besaron con furia, las manos recorriendo cuerpos, la ropa estorbando. 


De repente, ella se apartó. Jadeaba. Sus ojos tenían una súplica contradictoria. 

— No estoy lista —dijo, la voz quebrada—. Me peleé hace poco... no puedo. 


Eber se recostó en el asiento, la respiración agitada, el miembro doliéndole dentro del pantalón. La frustración le apretó el pecho. Iba a decir algo, pero ella lo interrumpió, sus ojos fijos en la erección que dibujaba una montaña en la tela. 

— Pero no te puedo dejar así —murmuró, y sus dedos finos se deslizaron hasta el cinturón, desabrochándolo con una lentitud que era pura tortura. 


Bajó el cierre. El sonido fue un trueno en el silencio del auto. Con un movimiento experto, liberó el miembro de Eber. La penumbra no alcanzaba a esconderlo: era grueso, venoso, de un tamaño que desafiaba la lógica de su mano pequeña. Renata se humedeció los labios, la respiración entrecortada. Lo miró como se mira un abismo antes de saltar. Luego, con una sumisión que nacía del deseo y no de la obediencia, inclinó la cabeza sobre el regazo de él. 


Primero fue un beso. Apenas un roce de sus labios carnosos en la punta hinchada y húmeda. Eber exhaló un quejido ronco. Ella repitió el beso, más lento, dejando que sus labios se abrieran apenas para que la punta rozara la suavidad húmeda del interior. Luego vino la lengua. Una lamida larga, desde la base hasta la corona, trazando el camino de una vena hinchada que latía al compás de su propia excitación. El sabor salado, el olor a hombre limpio y almizcle la marearon. 


Eber, dominando la situación incluso rendido, le llevó la mano a la nuca. No la empujó, la guio. Sus dedos se enredaron en el cabello rubio, apretando apenas, marcando un ritmo que ella entendió sin palabras. Renata abrió la boca y lo tomó. Primero fue la punta, un bulto cálido que le llenó el paladar. Luego, centímetro a centímetro, dejó que se deslizara hacia el fondo de su garganta. La mandíbula le dolía, la respiración se le cortó, pero siguió. Subía y bajaba, la boca sellada alrededor del tronco, las mejillas hundiéndose con cada succión. 


El auto se llenó de sonidos húmedos, de jadeos entrecortados. La mano de Eber apretó más su nuca, guiándola en un vaivén más rápido. Los pechos de Renata se mecían dentro del vestido dorado, sus pezones rozando la tela hasta endurecerse. Un hilo de saliva se deslizó por la comisura de sus labios y cayó sobre la piel tensa del miembro, lubricando la fricción. Ella lo sintió y, sin dejar de succionar, lo lamió, limpiándolo con la misma devoción obscena con la que lo ensuciaba. 


Las caderas de Eber empezaron a moverse, empujando hacia arriba, buscando el fondo de esa garganta cálida y dispuesta. Renata gimió, el sonido vibrando alrededor del miembro, y el placer le estalló a él en la base de la columna. El sudor perlaba su frente. Los músculos de sus abdominales se tensaban bajo la camisa. De repente, la mano que la guiaba se volvió más imperiosa. Le sujetó la cabeza con firmeza y empujó una, dos, tres veces, buscando el clímax. Los ojos de Renata se llenaron de lágrimas, su garganta se abrió, y entonces él estalló. 


Un rugido gutural escapó de su pecho. El semen caliente llenó la boca de ella en oleadas. Renata tragó, una y otra vez, sintiendo el líquido viscoso deslizarse por su garganta, el sabor salado invadiéndola. Cuando por fin él la soltó, ella se apartó jadeando. Se pasó el dorso de la mano por los labios hinchados, húmedos, brillantes de una mezcla de saliva y placer ajeno. El rímel se le había corrido un poco, los ojos celestes enrojecidos. Pero en su expresión no había arrepentimiento, sino una mezcla de asombro y satisfacción animal. Se arregló el cabello con dedos temblorosos y le dirigió una sonrisa torcida, sucia, cómplice. 


Eber la observó, aún inmerso en el sopor del orgasmo, mientras ella abría la puerta del auto. La vio caminar hacia la entrada de su edificio, el vestido dorado ondeando en sus caderas, las piernas infinitas devorando la distancia. La puerta se cerró tras ella. Él se quedó solo, el miembro todavía expuesto, latiendo, manchado. 


— Quiero más de esta rubia putita —murmuró para sí mismo, la voz pastosa, mientras se subía el cierre y el cinturón con movimientos lentos y torpes. 


Arrancó el auto. Las calles de Buenos Aires se deslizaban bajo las ruedas como un río oscuro. Su mente era un torbellino. Un pete en un auto. A él. El tipo de la cara fea y la vida de mierda. Diez años de sequía, y ahora, en dos noches, dos mujeres. Jóvenes. Hermosas. Inalcanzables. Y todo gracias a ella. A Davinia. "¿Cuántas más me presentará?", se preguntó, y la pregunta no le trajo culpa, sino una anticipación voraz, una gula nueva que le quemaba el estómago. El motor ronroneaba, y en el silencio del auto, Eber sonrió por primera vez en años. Una sonrisa de lobo viejo que acababa de probar la sangre joven.

 


Continuara... 

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