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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 10

 


El mes pasó como un río que se desliza manso en la superficie pero esconde remolinos en lo profundo. Eber y Davinia se movían en sus respectivos mundos con la precisión de dos relojes suizos, cada uno absorbido por sus conquistas. Ella, en su oficina de Palermo, había construido un imperio. Cinco empleados. Cien clientas. Las modelos que al principio dudaban ahora hacían cola para que las representara, y todo porque las primeras chicas —Felicity, Antonella, Luciana— habían duplicado sus seguidores de una forma que rozaba lo inexplicable. Davinia era buena, muy buena, y el mundillo de la moda ya la respetaba como a una reina sin corona. 


Eber, por su parte, había cerrado la compra de la casa. La casa que Joaquín le había vendido a precio de costo, esa mansión de dos plantas con pileta climatizada, quincho con parrilla, cancha de fútbol y un garaje para más de diez autos. Más de veinte habitaciones, cada una con su baño privado. Un comedor que parecía sacado de una revista de arquitectura. Un living con ventanales que daban al jardín. Era el tipo de casa que el viejo Eber, el remisero, el abandonado, ni siquiera habría soñado. Pero el nuevo Eber, el hombre que había probado el poder y el deseo, la recorría como un rey que inspecciona su castillo. 


Ese sábado, Davinia y Eber estaban en el living, desembalando la última caja. Era la caja de los portarretratos, los mismos que habían sobrevivido a la tarde con Valentina y que ahora buscaban un lugar en las nuevas paredes. Davinia, fiel a su costumbre, estaba en ropa interior: un conjunto negro, mínimo, de encaje que apenas cubría sus pechos pequeños y se ceñía a sus caderas como una segunda piel. El cabello rubio con raíces oscuras le caía sobre los hombros, y sus pies descalzos pisaban el piso de madera recién lustrado. Tomó uno de los portarretratos, la foto de ella a los siete años sobre los hombros de Eber, y dijo: 


— Sin un padre fuerte como vos, nada de esto sería posible. 


Eber la miró. Sus ojos oscuros, esos que habían visto tanto, se suavizaron. 

— Sin una hija inteligente y fuerte como vos, yo jamás habría logrado lo que logré. 


Se abrazaron. Fue un abrazo largo, de esos que no necesitan palabras. El abrazo de dos personas que habían sobrevivido juntas, que se habían construido mutuamente, que se debían la vida. El abrazo de un padre y una hija que, a su manera, se amaban con una intensidad que rozaba lo salvaje. 


El momento se quebró con el sonido de la puerta. 


— ¡Qué linda imagen! —tronó la voz de Joaquín desde la entrada—. Lástima que en la foto salís vos, Eber. 


Eber se separó de Davinia y fue hacia su amigo. Chocaron las manos con ese saludo de hermanos que tenían desde la primaria. Joaquín venía de Europa, una semana comprando maquinaria nueva para su constructora, y se lo veía distinto. El gimnasio ya no era un hobby: los brazos le marcaban la camisa, la panza cervecera era apenas un recuerdo. Seguía teniendo ese rostro atractivo, de galán de telenovela, pero ahora el cuerpo le hacía juego. Davinia lo observó desde el living, sin moverse, sin cubrirse. La había visto así cientos de veces, en la casa vieja, pero esta vez era distinto. Esta vez había un beso entre ellos. Un beso que no habían repetido, que no habían hablado, que flotaba en el aire como una promesa sin cumplir. 


Joaquín la miró. No pudo evitarlo. Sus ojos recorrieron su cuerpo casi desnudo, la curva de sus pechos bajo el encaje, el talle fino, las piernas largas. Siempre le había parecido hermosa, desde que era una adolescente, pero ahora era una mujer. Y él, que nunca se tomaba nada en serio, se tomaba muy en serio a Davinia. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa chiquita, cómplice, y el aire entre los dos se cargó de electricidad. 


Eber lo notó. Vio la energía que crecía entre su hija y su mejor amigo como una corriente subterránea. Seis meses atrás le habría roto la cara a Joaquín sin pensarlo. Pero ya no era el mismo. Él salía con siete mujeres de la edad de su hija. ¿Con qué autoridad moral iba a prohibir nada? Además, si Davinia era feliz, si Joaquín era capaz de cambiar por ella, no iba a ser él quien se interpusiera. Con ese razonamiento, y con la excusa de hacer unas compras, dijo: 


— Me voy al super. ¿Por qué no hacés un asado para festejar la casa nueva? La parrilla del quincho es un sueño. 


— ¡Sí! —respondió Joaquín, casi antes de que Eber terminara la frase. 


La puerta se cerró. El silencio cayó sobre la casa como un manto. Davinia y Joaquín se quedaron mirándose a los ojos, separados por metros de living recién estrenado, pero unidos por algo que había estado creciendo durante semanas. Él dio el primer paso. 


— ¿Te llegaron mis regalos? 


— No te pareció mucho ¿un regalo todos los días? —preguntó ella, y su voz sonó más suave de lo que pretendía. 


— Para nada. 


Davinia había pensado mucho ese mes. Le gustaba Joaquín. Siempre le había gustado. Tenía un rostro hermoso a pesar de su edad, la hacía reír, la trataba como a una princesa. Pero lo conocía de toda la vida, y sabía que no le duraba una novia más de una semana, que nunca se había tomado nada en serio, que su fama de mujeriego era más que merecida. ¿Cómo saber si esto era amor o un simple capricho? La respuesta, se dijo, era simple: darle lo que él quería. Si después de tenerla se quedaba, era amor. Si se iba, habría sido un capricho. Y ella prefería saberlo ahora, antes de enamorarse de verdad. 


Se acercó. Caminó hacia él con la lentitud de una gata que se aproxima a su presa, los pies descalzos sobre la madera, el cuerpo casi desnudo brillando bajo la luz de la tarde. Cuando estuvo a centímetros, le tomó el rostro entre las manos y lo besó. Joaquín le devolvió el beso con un hambre contenida de semanas, de meses, de años. Sus bocas se encontraron como dos ríos que confluyen, las lenguas enredándose, las respiraciones acelerándose. Davinia le tomó la mano y, sin dejar de besarlo, lo llevó por el pasillo hasta su nueva habitación. 


El cuarto era amplio, con un ventanal que daba al jardín y una cama king size con sábanas blancas. Se detuvieron al pie de la cama. Davinia llevó las manos de Joaquín a su espalda, guiándolo para que le desabrochara el corpiño. Él lo hizo, con dedos que temblaban ligeramente, y la prenda cayó al suelo. Los pechos de ella quedaron al descubierto: pequeños, firmes, de pezones rosados que ya estaban duros. Joaquín bajó la cabeza y los besó, uno y luego el otro, sintiendo cómo se endurecían bajo su lengua. Davinia echó la cabeza hacia atrás, un suspiro escapándosele de los labios. 


Luego fue el turno de él. Ella le desabrochó la camisa, botón por botón, rozando su piel con las yemas de los dedos. La camisa cayó. Después el cinturón, el pantalón, el boxer. Quedaron los dos desnudos, frente a frente, midiéndose. El cuerpo de Joaquín era el de un hombre que había empezado a cuidarse tarde pero con disciplina: hombros anchos, brazos que ya marcaban forma, una cintura que empezaba a definirse. Su miembro, libre de la ropa, era mediano, ni grande ni chico, de una proporción armónica que no buscaba impresionar sino acompañar. Davinia lo miró y le sonrió. No necesitaba más. 


Lo empujó sobre la cama. Joaquín cayó boca arriba, las sábanas blancas arrugándose bajo su espalda. Ella se inclinó sobre él y le dio dos lengüetazos a su miembro, apenas dos, un contacto breve que lo hizo gemir. Luego se trepó sobre él, las rodillas a los costados de sus caderas, y se colocó encima. El miembro de Joaquín rozó su entrada húmeda, y ella, sin dejar de mirarlo a los ojos, empezó a bajar. 


La penetración fue lenta. Muy lenta. Ella lo fue tomando centímetro a centímetro, sus ojos verdes clavados en los de él, los dos sin pestañear. Era un acto que iba más allá del sexo: era una entrega, una rendición, una declaración. Joaquín sintió el calor que lo envolvía, la estrechez que lo apretaba, y ahogó un gemido. Davinia, cuando lo tuvo entero, se quedó quieta, las manos apoyadas en su pecho, los pechos rozando su piel. 


— Dios... —suspiró ella, y empezó a moverse. 


Cabalgó sobre él con un ritmo suave al principio, cadencioso, como una danza. Sus caderas se movían en círculos, sus pechos se balanceaban, sus manos recorrían el pecho de Joaquín. Él la miraba desde abajo, fascinado, las manos aferradas a sus muslos. Nunca había visto algo tan hermoso. Davinia echaba la cabeza hacia atrás, el cabello rubio rozando su propia espalda, y gemía sin pudor. Los testículos de Joaquín chocaban contra su cuerpo con cada vaivén, un ruido húmedo que llenaba la habitación. El sudor empezó a perlarlos a ambos, las gotas resbalando por la frente de él, por el valle entre los pechos de ella. Las sábanas se empapaban, los cuerpos se deslizaban uno contra el otro, y el mundo exterior había dejado de existir. 


— Más, más —pidió Joaquín, y ella aumentó el ritmo. Ahora las embestidas eran más profundas, más rápidas. Davinia se apoyó en sus hombros y empezó a moverse con una intensidad que arrancaba gemidos de los dos. Las palabras se volvieron innecesarias. Solo estaban sus miradas, sus jadeos, sus cuerpos que se encontraban una y otra vez. Él subió las manos por su cintura, por sus costillas, hasta sus pechos. Los apretó suavemente, sintiendo los pezones duros contra sus palmas. Ella gimió más fuerte. 


Entonces Joaquín se incorporó. La tomó de la cintura, la giró sin salir de ella, y la puso debajo suyo. Ahora era él quien dominaba. Le levantó las piernas, se las apoyó en los hombros, y la penetró de nuevo en esa posición que permitía llegar hasta el fondo. Las piernas de Davinia, largas y torneadas, quedaron elevadas contra el pecho de Joaquín, sus tobillos rozando sus orejas. Él empezó a bombear con una fuerza nueva, las embestidas profundas, rítmicas, demoledoras. Los pechos de ella rebotaban al compás, sus ojos verdes estaban vidriosos, sus labios entreabiertos dejaban escapar una letanía de gemidos. 


— Así, así, no pares —suplicó ella, y él no paró. 


El sudor corría por los cuerpos, por la espalda de él, por el cuello de ella. Los músculos de Joaquín se tensaban, sus abdominales se marcaban bajo la piel. Davinia arañaba las sábanas, los nudillos blancos, la boca abierta en un grito mudo. El orgasmo le llegó como una explosión, un espasmo que le contrajo todo el cuerpo y le arrancó un alarido. Un segundo después, Joaquín la siguió, vaciándose dentro de ella con un rugido. Se quedaron quietos, los dos temblando, los dos empapados, los dos mirándose a los ojos como si acabaran de descubrir algo que no sabían que estaban buscando. 


Mientras tanto, Eber había ido al shopping de verdad. No era solo una excusa. Recorrió locales hasta encontrar lo que buscaba: collares de cuero fino, con detalles de oro y un dije en forma de corazón. Siete. Una para cada una de sus mujeres. En la parte de atrás del dije, una inscripción diminuta: "Propiedad de Eber Rivas". Rivas. Ese era su apellido, el que nunca había usado para nada que no fuera firmar papeles. Ahora era una marca. Un sello de pertenencia. Envió las siete cajitas por correo a las casas de las chicas: Felicity, Renata, Morena, Valentina, Camila, Antonella, Luciana. Un collar para cada una. Un mensaje para todas. "Son mías." 


Cuando Eber llegó a la casa nueva, el sol ya empezaba a bajar. Entró por el garaje, dejó las bolsas del supermercado en la cocina, y fue hacia el patio. Lo que vio lo hizo detenerse. Davinia nadaba en la pileta climatizada, solo con la bombacha de la bikini, los pechos libres flotando en el agua turquesa. Su cuerpo se deslizaba bajo la superficie como un pez dorado, las piernas largas pateando suavemente, el cabello rubio esparciéndose como un abanico de seda. En el quincho, Joaquín estaba frente a la parrilla, dando vuelta unos chorizos con la concentración de un hombre que quiere impresionar. 


Eber supo. Lo supo por la forma en que Davinia se movía, por la tranquilidad con la que mostraba sus pechos, algo que solo hacía cuando no había nadie en la casa. Algo había pasado entre ellos. Algo importante. Pero no dijo nada. No preguntó. Simplemente fue hacia el quincho, le palmeó la espalda a Joaquín, y se sentó a esperar el asado. 


Comieron los tres juntos. Carne, chorizo, morcilla, cerveza fría y Fernet con cola. Se rieron, recordaron anécdotas viejas, planearon el futuro. Davinia, que ya se había puesto una remera, estaba radiante. Joaquín, que no podía dejar de mirarla, tenía la sonrisa de un hombre que ha ganado la lotería. Y Eber, el padre, el amigo, el patriarca, los observaba a los dos y sentía que la vida, por primera vez en mucho tiempo, le devolvía todo lo que le había quitado. Sus vidas habían cambiado. Pero el vínculo que los unía no se había roto. Se había fortalecido.

 


Continuara... 

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