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El harén de mi padre — Historia para adultos - EPÍLOGO

El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 3

 


La mañana se despertó temprano en la casa de Eber y Davinia. Los dos se movieron en sus habitaciones como engranajes de un mismo reloj, pero sin cruzarse. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire cuando Davinia salió disparada hacia la calle, el cabello rubio aún húmedo ondeando tras ella. Tenía el día cargado: muebles para el local, un recorrido por casas de decoración, y la mente hirviendo con ideas para la campaña de lanzamiento en redes. Eber, por su parte, recibió el llamado de su administrador antes de terminar el primer mate. Querían abrir dos remiserías más, expandir el negocio, y necesitaban reunirse con la contadora. El viejo Eber habría delegado. El nuevo Eber, el que había probado algo más que el éxito profesional, sintió una chispa de ambición renovada. Se puso una camisa y salió a conquistar el día. 


A mediodía, Davinia entró a la casa como un torbellino. Venía agotada, pero con los ojos brillándole, esa energía frenética que la poseía cuando estaba construyendo algo suyo. Se descalzó en la entrada, dejó las sandalias tiradas, y fue caminando hacia la cocina mientras se desabrochaba la blusa. Eber estaba frente a la hornalla, revolviendo algo en una sartén. El olor a carne y cebolla llenaba el ambiente. Ella se quitó la blusa, luego el pantalón, y se quedó en ropa interior: un conjunto color crema, simple, que contrastaba con la piel dorada de sus piernas torneadas. Se sentó a la mesa como si nada, apoyando los codos en la madera. 


— Qué día, papá —suspiró—. Conseguí todo. Muebles, lámparas, hasta un sillón divino para la sala de espera. Y ya lancé la primera publicidad en redes. En una hora tengo veinte consultas. 


Eber sirvió dos platos y se sentó frente a ella. La miró con orgullo, ese orgullo silencioso que nunca necesitó palabras. Pero ahora, además de orgullo, había algo nuevo en su mirada. Una complicidad distinta, como si se hubieran vuelto socios en algo más que la genética. 

— Me alegro, nena. Te lo mereces. Lo mío también va bien: el Gordo quiere abrir dos sucursales más. Me reuní con la contadora, los números dan. 


— ¿Viste? —Davinia pinchó un pedazo de carne—. Todo crece. —Masticó, lo miró con esos ojos verdes que no se perdían nada—. ¿Y Renata? ¿Qué pasó al final anoche? 


Eber dejó el tenedor sobre la mesa. Una sonrisa torcida le asomó en los labios. 

— No pasó lo que yo quería, pero pasó algo. 

— Contame. 


Él le relató el encuentro en el auto, el beso salvaje, la negativa de ella, y el final con la boca de Renata trabajándolo hasta el éxtasis. Davinia escuchó sin pestañear, como quien oye un informe de negocios. Al terminar, ella se recostó en la silla, los tirantes del corpiño marcándose bajo la luz. 

— Dale tiempo. Se peleó hace poco, pero es una chica que no sabe estar sola. En una semana te llama ella. 


Almorzaron entre charlas y proyectos. Davinia contó que a la tarde se juntaba con futuras clientas, chicas del ambiente que querían migrar de las pasarelas al mundo digital. Eber dijo que iría al gimnasio y después a tomar unos mates al negocio de Joaquín. Al escuchar el nombre de su amigo, Davinia le cerró un ojo, un gesto de complicidad pura. 

— ¿Y por qué no le escribís a Renata? ¿O a Felicity? Mejor aún: a las dos. 


Eber se pasó una mano por la nuca, ese gesto que hacía cuando algo lo incomodaba. 

— No tengo sus números. 


Davinia se llevó una mano al rostro, exagerando la desesperación. 

— Papá, eso es lo primero que tenés que conseguir. Después lo consigo yo, pero los números son tuyos. 


Se despidieron. Eber fue al gimnasio, pero a la salida, en lugar de enfilar hacia la constructora de Joaquín, dobló hacia el shopping. Algo le decía que necesitaba renovarse. Recorrió locales de ropa, probándose camisas que estiraban los límites de sus bíceps, pantalones que marcaban sus muslos trabajados. En uno de los probadores, notó a una empleada mirándolo. No era la primera vez que le pasaba en ese shopping, pero ahora él lo notaba. Antes caminaba por la vida sin ver las miradas. Ahora las veía. Comparó a la chica con Renata, con Felicity. No le pareció linda, aunque objetivamente lo era. Pero sus estándares se habían distorsionado. Las otras dos eran demasiado. Demasiado sensuales. Demasiado hermosas. 


Salió del shopping cargado de bolsas. Al llegar a su casa, el teléfono vibró. Un mensaje de Davinia. Dos números. Uno con el nombre "Felicity", otro con el nombre "Renata". Se sentó en el sillón, el corazón latiéndole con una fuerza adolescente. Los libros que le había regalado su hija le resonaban en la cabeza: "El hombre debe tomar el control. La iniciativa es deseo, y el deseo es poder". Abrió el chat de Felicity primero. Sus dedos, torpes pero decididos, escribieron: 

— Te fuiste sin despedirte, con lo bien que la pasamos. 


Luego abrió el de Renata: 

— No me puedo olvidar de lo bien que usás tu lengua. 


Envió los dos mensajes y soltó el aire, como si hubiera estado conteniéndolo. 


Del otro lado de la ciudad, en su departamento lleno de luz, Felicity sintió vibrar el teléfono. Estaba en el sofá, las piernas recogidas, un té de hierbas enfriándose sobre la mesa ratona. Leyó el mensaje y su estómago dio un vuelco. La vergüenza de la mañana anterior regresó, pero mezclada con algo nuevo: una corriente cálida que le bajaba por el vientre. Recordó las manos de Eber, su miembro enorme, la sensación de plenitud absoluta. Pero también recordó la diferencia de edad, la situación con Davinia, el qué dirán. "Es demasiado grande para mí", pensó. "Demasiado hombre." Se mordió el labio inferior, los rizos rojos cayéndole sobre el rostro. Dudó. Borró tres respuestas. Finalmente escribió: 

— Me dio vergüenza. Pero acepto un café. Nada de alcohol esta vez. 


En su loft de Palermo, Renata estaba frente al espejo, probándose un vestido plateado que acababa de comprar. Su cuerpo de un metro setenta se reflejaba como una escultura: piernas larguísimas, cintura mínima, pechos firmes que llenaban el escote con arrogancia natural. Leyó el mensaje de Eber y una sonrisa involuntaria se le escapó. Recordó el sabor salado en su boca, el tamaño que apenas podía abarcar, la mano firme en su nuca. Pero también recordó a su ex, el empresario que le había roto el corazón hacía apenas una semana. "No estoy lista", pensó. Pero sus dedos ya estaban escribiendo: 

— Me caés bien, Eber. Pero necesito tiempo. No te enojes. 


Eber leyó las dos respuestas. Con Renata tendría que esperar. Con Felicity, en cambio, había café. Y nada de alcohol. Sonrió. "El control", se dijo, repitiendo las enseñanzas de los libros. "Paciencia y control." Le escribió a Felicity, arreglaron encontrarse esa misma tarde en un bar céntrico, uno de esos lugares de luz tenue y sillones de cuero donde nadie juzgaba las diferencias de edad. 


Mientras Eber se preparaba para su cita, Joaquín "casualmente" se encontraba con Davinia en la puerta del edificio donde ella alquilaba su oficina. Llevaba un café en cada mano y la sonrisa de zorro que lo caracterizaba. 

— Justo pasaba por acá —mintió descaradamente. 

— Sí, claro. Pasabas —ella le siguió el juego. 


Lo invitó a subir. El local era un caos productivo: obreros colocando estanterías, cables sueltos, el aroma a pintura fresca. Pero la oficina de Davinia ya estaba lista. Un escritorio de vidrio, un sillón de terciopelo verde, plantas colgantes que suavizaban la frialdad del espacio. Joaquín se sentó en una silla auxiliar, cebó mates de un termo que apareció de la nada, y la observó trabajar. Davinia contestaba mensajes a una velocidad asombrosa, sus dedos volando sobre la pantalla. Las consultas no paraban de llegar. 

— Ya tengo dos clientas fijas —dijo ella, sin levantar la vista—. Y con esto, en un mes tengo diez. 


Joaquín la miraba. No solo como hombre, sino con admiración genuina. La piba tenía veinte años y ya construía su imperio. El silencio se estiró, y Joaquín, que nunca había sido bueno para morderse la lengua, largó la pregunta que le quemaba el pecho: 

— ¿Tengo alguna posibilidad de que me des bola? 


Davinia levantó la vista. Lo miró. Lo evaluó como evaluaba todo en su vida: con frialdad quirúrgica. 

— Si empezás el gimnasio y sos atento con algo más que palabras, sí. 


— Pero ahora te estoy cebando mates —protestó él, señalando el mate en su mano. 

— Eso no es desinteresado. Lo hacés para chamuyarme. 

— Entonces mañana empiezo el gimnasio —sentenció Joaquín, con una determinación que sorprendió incluso a él mismo. 


Davinia soltó una risa corta. No le creía. Pero algo en la insistencia de Joaquín le gustaba. No por él, no todavía, sino por lo que representaba: un hombre dispuesto a cambiar por ella. Ese era el tipo de devoción que andaba buscando. 


A las cinco de la tarde, Felicity entró al bar. Eber la vio desde una mesa junto a la ventana, y el mundo se detuvo por un instante. Ella llevaba un vestido verde oliva, sencillo, de esos que se ciñen al cuerpo sin pedir permiso. La tela marcaba la curva de sus caderas, la cintura de avispa, y sobre todo, contenía a duras penas sus pechos descomunales, que se mecían con cada paso. Los rizos pelirrojos caían sobre sus hombros como una cascada de fuego. Los labios carnosos estaban pintados de un rosa pálido. Eber sintió que la garganta se le secaba. No podía creer que esa mujer, esa diosa de veinte años, estuviera ahí para verlo a él. Al tipo de la cara fea y los brazos duros. 


Felicity se sentó, nerviosa. Sus manos jugaban con la servilleta, sus ojos verdes evitaban los de él. Era la primera vez que tenía una cita con alguien que le doblaba la edad. La situación le resultaba tan incómoda como excitante, una combinación que la mantenía en vilo. 


— Hola —dijo ella, apenas un susurro. 

— Hola —respondió él, y su voz, grave y pausada, llenó el espacio entre los dos. 


Pidieron café. Nada de alcohol. La charla arrancó con la lentitud de un motor frío, pero Eber, recordando sus lecturas, tomó las riendas. No fue agresivo, pero sí firme. Preguntó, escuchó, condujo la conversación como quien conduce un auto por una ruta conocida. Ella se fue soltando, los hombros bajaron, la sonrisa apareció. Le contó que al día siguiente viajaba a Mendoza por una semana, a hacer contenido para sus redes. 

— Es un viaje de trabajo. Fotos en bodegas, viñedos, ese tipo de cosas. 


— Es una lástima —dijo Eber, y su tono era genuino—. Me gustaría verte más seguido. 


Felicity sintió un calorcito en el pecho. La forma en que él lo decía, sin vueltas, sin jueguitos. Tan distinto a los pibes de su edad. 

— A mí también me gustaría —confesó, y al decirlo se dio cuenta de que era verdad. 


Salieron del bar. Afuera, el cielo empezaba a teñirse de naranja. Eber le abrió la puerta del auto, y ella subió con la sensación de estar entrando en territorio desconocido. Pero cuando Eber dobló en una calle que no era la de su casa, Felicity frunció el ceño. 

— ¿A dónde vamos? 


Él no respondió. Siguió conduciendo hasta que el cartel luminoso del motel apareció frente a ellos. Felicity sintió un vuelco en el estómago. Abrió la boca para protestar, pero Eber la interrumpió, su voz grave llenando el habitáculo: 

— Ya que no nos vemos por una semana, tenemos que despedirnos como corresponde. 


Ella se quedó callada. Pensó en negarse. De hecho, su mente le gritaba que se negara, que era una locura, que acababan de tomar un café sin alcohol, que esto no era lo pactado. Pero su cuerpo ya la había traicionado. La sola visión de las manos de Eber en el volante, esos dedos gruesos que recordaba sobre su piel, le había mojado la entrepierna. Recordó el tamaño de su miembro, la manera en que la había llenado. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Bajó la mirada y no dijo nada. Ese silencio fue su rendición. 


Entraron a la habitación. La puerta se cerró con un clic metálico. La luz era tenue, artificial, de un tono dorado que volvía todo irreal. Eber no perdió tiempo. Se acercó a ella con la determinación de un depredador, y antes de que Felicity pudiera procesarlo, sus manos ya estaban sobre su cuerpo. No fue un desnudarse, fue un arrancar. Los tirantes del vestido cedieron con un tirón seco. La tela bajó por su torso con un susurro áspero, dejando al descubierto el sostén que contenía sus pechos. Eber lo desabrochó con un solo movimiento, experto, y los pechos de Felicity saltaron libres, enormes, de pezones rosados que ya estaban duros. La empujó contra la pared. El frío del yeso le arrancó un jadeo, pero él ya estaba sobre ella, la boca en su cuello, los dedos pellizcando uno de esos pezones hasta que ella gimió de placer y dolor. 


La giró. Ahora su torso desnudo quedó aplastado contra la pared, los pechos comprimidos contra la superficie rugosa. Eber terminó de arrancarle el vestido, la ropa interior, todo. La desnudez de Felicity brillaba bajo la luz dorada: la espalda suave, la cintura estrechándose dramáticamente, las caderas anchas, los glúteos redondos y firmes. Eber se deshizo de su propia ropa con la misma urgencia. Y entonces ella lo sintió. El miembro de él, enorme, caliente, apoyándose en la entrada de su ano. 


— Hoy quiero este agujerito —murmuró Eber contra su oreja, la voz ronca, la respiración caliente. 


Felicity cerró los ojos con fuerza. Su mente era un torbellino. Tenía experiencia, mucha para sus veinte años. Había probado cosas, había explorado su cuerpo y el de otros. Pero el miembro de Eber era, por lejos, el más grande que había visto y sentido en su vida. La sola idea de tenerlo ahí, en ese lugar tan estrecho, le provocaba un pánico que se mezclaba con una excitación oscura, casi insoportable. 


— El tuyo es muy grande —susurró, la voz temblorosa. 

— Voy a ser cuidadoso —respondió él, y había ternura en su tono, una ternura que contrastaba con la firmeza de sus manos sujetándole las caderas. 

— Gracias —fue todo lo que ella pudo decir. 


Eber fue cuidadoso. Al principio. Escupió en su mano y lubricó la entrada, sus dedos grandes trabajando con una delicadeza que sorprendía en un hombre de su tamaño. Felicity sintió la presión de un dedo, luego dos, estirándola, preparándola. Su respiración se volvió entrecortada. Los dedos de Eber se movían con una paciencia que la desarmaba, abriéndola de a poco. Ella apoyó la frente en la pared fría y se abandonó a la sensación, a la humillación deliciosa de estar así, desnuda, expuesta, ofrecida. 


Cuando él retiró los dedos, ella supo lo que venía. Sintió la punta del miembro apoyarse en la entrada más íntima de su cuerpo, una presión caliente, insistente, demencial. Eber empujó. Solo la punta. Felicity ahogó un grito contra la pared. La presión era abrumadora, una invasión que dolía y gustaba en proporciones iguales. Él se quedó quieto, dejándola acostumbrarse, sus manos acariciándole las caderas, los pulgares dibujando círculos en su piel. El sudor empezaba a perlarla. 


— Ya está —murmuró ella, la voz rota—. Seguí. 


Eber obedeció. Empujó un poco más, y luego un poco más, y el miembro fue entrando en ese túnel estrecho con una lentitud exasperante. Felicity sintió que la partían en dos, pero no era un dolor insoportable, era una plenitud total, una ocupación absoluta. Cada centímetro que avanzaba le arrancaba un gemido distinto, más agudo, más quebrado. Las manos de Eber apretaban sus caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne. Cuando por fin estuvo completamente dentro, se quedaron quietos, los dos jadeando, los dos temblando, unidos de una manera tan obscena como perfecta. 


— Dios... —suspiró ella, y su cuerpo, que al principio se había tensado, empezó a relajarse, a aceptarlo, a recibirlo. 


Entonces Eber comenzó a moverse. Las primeras embestidas fueron lentas, profundas, cadenciosas. Salía casi por completo y volvía a entrar, y cada entrada arrancaba un quejido gutural de la garganta de Felicity. Su espalda se arqueaba, sus pechos se aplastaban contra la pared cada vez que él empujaba, y sus dedos se aferraban al yeso como si buscaran un asidero en medio de un terremoto. 


Eber la contemplaba desde atrás, viendo cómo su miembro desaparecía y aparecía en ese cuerpo perfecto. La visión era hipnótica: la cintura de avispa, los glúteos redondos que se contraían con cada envión, los rizos pelirrojos pegados al cuello sudoroso. Uso una mano y apretó uno de sus pechos, sintiendo el pezón durísimo contra su palma. Con la otra mano le sujetó la cadera y aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, el sonido de la piel chocando contra piel llenando la habitación como un tambor obsceno. 


Felicity ya no era una espectadora pasiva. Algo cambió en ella. El dolor inicial se había transformado en un placer tan intenso que le nublaba la razón. Empezó a mover las caderas hacia atrás, al encuentro de cada embestida. Un baile primitivo, una sincronización perfecta de cuerpos. Eber gruñó, aprobando el cambio, y respondió con más fuerza. La pared retumbaba. Los pechos de Felicity rebotaban sin control, sacudidos por el ritmo frenético. 


— Así, así —jadeó ella, las palabras rotas, la saliva escapándosele de los labios—. No pares. 


Él no paró. La tomó del cabello, un puñado de rizos rojos que usó como rienda, y tiró hacia atrás, obligándola a arquear la espalda aún más. Su otra mano la sujetaba de la cintura con la fuerza de una garra. El ángulo cambió, y el miembro de Eber rozó un punto que le arrancó un alarido gutural. 

— ¡Ahí! ¡Dios, ahí! 


Eber sonrió, una sonrisa de macho satisfecho, y martilló ese punto una y otra vez. El sudor le corría por el pecho, por los abdominales marcados, por los brazos tensos como cables de acero. La piel de ambos brillaba bajo la luz dorada, pegajosa, caliente. La habitación olía a sexo, a fluidos, a una intimidad que no dejaba espacio para el pudor. 


De repente, Eber la sacó de la pared. La giró, la tomó en brazos como si no pesara nada, y la llevó a la cama. La acostó boca arriba y se colocó sobre ella. Felicity lo recibió con las piernas abiertas, la mirada vidriosa, los labios hinchados de tanto morderse. Esta vez la penetró por culo nuevamente. El miembro, aún húmedo, se deslizó en su entrada natural con una facilidad que los hizo gemir al unísono. Pero ahora la urgencia era otra. Era un hambre más desesperada, más animal. Eber bombeó sobre ella con la cadencia de una máquina, cada envión arrancándole un grito. Los pechos de Felicity rebotaban al compás, hipnotizándolo, y él bajó la boca para devorarlos. Lamió, mordió, succionó los pezones rosados hasta que estuvieron hinchados, sensibles, casi dolorosos. 


Felicity enredó sus piernas alrededor de su cintura, los tobillos cruzándose en la base de su espalda. Ya no era sumisa. Respondía con un frenesí que nacía de las entrañas, moviendo las caderas hacia arriba para encontrarlo, arañándole la espalda con uñas pintadas de rojo. Sus gemidos se habían vuelto constantes, una letanía de súplicas y alabanzas. El sudor de ambos se mezclaba, sus cuerpos resbalaban uno contra el otro. 


Eber sintió que estaba cerca. La sacó de encima, la puso de costado, y se acomodó detrás de ella. Levantó su pierna, abriéndola, y la penetró de nuevo en esa posición lateral que permitía llegar hasta el fondo. Su mano libre se deslizó hacia adelante, hacia el clítoris de Felicity, y empezó a masajearlo con movimientos circulares mientras la penetraba. Ella enloqueció. Un orgasmo le estalló dentro, un espasmo que le contrajo todo el cuerpo y le arrancó un grito ronco, animal. Las paredes de su interior se cerraron alrededor de Eber, exprimiéndolo, y eso fue todo lo que él necesitó. Con un rugido, se vació dentro del culo de ella, sintiendo cómo su propia esencia se mezclaba con la de Felicity en un río caliente. Se quedó quieto, temblando, la cara hundida en sus rizos pelirrojos, oliendo su perfume mezclado con sexo. 


El silencio posterior fue el de dos cuerpos que se derrumban juntos. Eber se retiró con cuidado y se quedó a su lado, mirando el techo, el pecho agitado. Felicity respiraba con los ojos cerrados, una sonrisa rota en los labios. Algo había cambiado en ella. Ya no era la chica que huyó a la mañana siguiente. Ahora quería más. Y a la vez, le daba miedo. Un miedo dulce, adictivo. Él, por su parte, sentía que ese cuarto de motel barato era un palacio. No había culpa. Solo una satisfacción tan profunda que dolía. 


Luego de hacerlo una vez más se vistieron en silencio. Afuera, la noche ya era un manto sobre la ciudad. Eber la llevó en su auto hasta la puerta de su edificio. Antes de bajar, ella se inclinó hacia él y lo besó. Fue un beso distinto al de la despedida anterior. Un beso con promesa. 

— Hasta pronto, Eber —dijo, la voz aún ronca. 


Él la vio bajar. Felicity caminó hacia la entrada, y él notó algo que le hinchó el pecho de un orgullo primitivo: le costaba caminar. Sus piernas torneadas se movían con torpeza, las caderas balanceándose con una lentitud forzada. Subió los escalones despacio, aferrándose al pasamanos, y antes de desaparecer tras la puerta de vidrio, le dedicó una última mirada. 


Eber encendió el motor y se quedó un instante con las manos en el volante, los dedos aun oliendo a ella. La ciudad se desplegaba ante él, llena de luces y de posibilidades. Diez años de sequía, de soledad, de levantarse cada mañana sin esperar nada. Y ahora, en tres días, dos mujeres. Dos diosas. Y una hija que no solo lo empujaba al abismo, sino que le enseñaba a volar. 


— Mi nueva vida empezó —murmuró para sí mismo, y pisó el acelerador.

 


Continuara... 

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