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El harén de mi padre — Historia para adultos - Parte 11
El lunes amaneció con un sol tibio que se colaba por los ventanales de la casa nueva, pero Eber ya estaba en la calle desde temprano. Su administrador, un tipo eficiente de lentes y corbata que parecía vivir para los números, le había preparado un proyecto para abrir tres remiserías más: una cerca del aeropuerto de Ezeiza, para captar el flujo constante de pasajeros y turistas; otras dos junto a universidades muy concurridas, donde los estudiantes y profesores necesitaban viajes rápidos y baratos. Eber escuchaba, asentía, hacía preguntas. Su mente estaba dividida: una parte en los números, en la expansión, en el imperio que crecía sin pausa; la otra, en las siete cajitas que había enviado y que, a esa misma hora, estaban llegando a destino.
Felicity estaba en su departamento, sentada en el sofá con las piernas recogidas, cuando el timbre sonó. Acababa de volver de una sesión de fotos matutina, y todavía llevaba puesto un vestido suelto de algodón, sin corpiño, sus pechos enormes meciéndose libres bajo la tela. Abrió la puerta, recibió la cajita del correo, y la abrió ahí mismo, de pie en el umbral. El collar de cuero fino brilló bajo la luz del pasillo, el dije de oro con el corazón diminuto reflejando su rostro. Lo giró. Leyó la inscripción: "Propiedad de Eber Rivas".
Un escalofrío le recorrió la espalda. No de miedo, no de bronca. De excitación. Cerró la puerta, se apoyó contra la pared, y sintió cómo la humedad empezaba a acumularse entre sus piernas. Había entregado cada parte de su cuerpo a ese hombre: la boca, el sexo, el ano. Le había costado aceptar la diferencia de edad, los prejuicios, las miradas ajenas. Pero ahora ya no le importaba nada. Se puso el collar, fue al espejo del baño, y se miró. El cuero fino rodeaba su cuello pálido, el dije caía justo sobre el nacimiento de sus pechos. Se sacó una foto, la subió a sus redes sociales —aunque la inscripción no se veía—, y le escribió a Eber: "Llegó. Es hermoso. Gracias."
Renata estaba en su loft de Palermo, descalza, con un short de jean y una remera vieja, cuando el cartero llamó a su puerta. Abrió la cajita con desgano, pensando que era otro envío de maquillaje o ropa de alguna marca. Cuando vio el collar, primero sonrió. El cuero, el oro, el corazón. Era lindo. Pero después lo giró y leyó la inscripción. La sonrisa se le borró de golpe. Dejó caer el collar sobre la mesa de vidrio, como si quemara.
— ¿Qué le pasa a este viejo? —murmuró, la voz mezcla de indignación y algo más que no sabía nombrar—. Solo se la chupé una vez. Una.
Tomó el celular y le escribió a Eber, los dedos temblorosos sobre la pantalla:
— ¿Qué significa esto?
La respuesta llegó casi al instante:
— Sabés bien lo que significa. Me cansé de que me boludees, de que me escribas y nada más.
Ella respondió:
— Yo sé que te ves con otras mujeres.
Y él, sin piedad:
— Sí, lo hago. Y lo voy a seguir haciendo, te entregues a mí o no.
Renata se quedó mirando la pantalla. Después miró el collar, que brillaba sobre la mesa como una joya maldita. No entendía por qué no lo tiraba a la basura. Sus dedos se acercaron al dije, lo acariciaron. "Propiedad de Eber Rivas". ¿Propiedad? Ella, que había huido de un ex que la trataba como un objeto, ¿iba a aceptar ser propiedad de alguien? Pero tampoco lo tiraba. Lo dejó ahí, sobre la mesa, y se fue a la habitación sin responder. La decisión quedó flotando en el aire, como una moneda que todavía no termina de caer.
Antonella estaba en la cocina de su pequeño departamento, el altar a Ganesha iluminado por una vela, cuando abrió la cajita. Sacó el collar con la delicadeza de quien sostiene una reliquia. Leyó la inscripción y sus ojos negros, esos que siempre esperaban el abandono, se llenaron de lágrimas. Pero no de tristeza. De alivio. Para ella, ese collar no era una cadena. Era un anillo de compromiso. Un pacto. Una promesa de que Eber no la iba a abandonar como todos los demás. Se lo puso al instante, el cuero ajustándose a su cuello trigueño, el dije cayendo sobre sus pechos generosos. Se sacó una foto, se la envió a Eber, y escribió:
— Toda tuya.
Él respondió:
— Te ves más hermosa que nunca, mi putita.
Antonella sonrió. Por primera vez en meses, no sintió miedo.
Valentina estaba en el parque, su parque, el de los domingos, cuando el mensajero la encontró. Abrió la cajita sentada en un banco, bajo la sombra del tilo donde solía caminar. Leyó la inscripción y se llevó una mano al cuello, acariciándose la piel desnuda. Una sonrisa le creció desde adentro, lenta, plena. Ese hombre la quería solo para él. Nadie la había querido así antes. Ni su padre, que nunca estaba. Ni sus novios, que solo buscaban su cuerpo. Eber la quería entera, con sus complejos, con su pasado, con su necesidad de validación. Se puso el collar, sintió el cuero contra su piel, y le escribió:
— Papi, te amo.
Camila estaba en el gimnasio, terminando una rutina de barras, cuando le entregaron la cajita. La abrió en el vestuario, rodeada de chicas que se cambiaban, y cuando leyó la inscripción sintió que el calor le subía por el cuello, le teñía los pómulos, le bajaba por el vientre. Se puso el collar sin dudar, el cuero apretando su garganta como una mano invisible. Fue a uno de los cubículos privados, se desnudó frente al espejo, y se puso de rodillas. Con el celular grabó un video corto, apenas unos segundos, donde se la veía desnuda, arrodillada, con el collar brillando en su cuello y los ojos azules mirando a cámara con sumisión absoluta:
— Mi dueño, podés hacer lo que desees conmigo.
Eber miró el video en la oficina de su administrador. Una sonrisa torcida le estiró los labios. Respondió:
— Naciste para obedecer, putita.
Morena estaba en su departamento, preparando un batido de proteínas, cuando el correo llegó. Abrió la cajita con una mezcla de ilusión y ansiedad. Leyó la inscripción y no lo dudó. Se puso el collar y se miró en el reflejo de la ventana. Había mejorado. No estaba curada, no del todo, pero ya no era la chica esquelética que se desmayaba en las pasarelas. Por consejo de Eber, había empezado a hacer ejercicios suaves para fortalecer sus músculos debilitados, y aunque seguía siendo muy flaca, ahora tenía un brillo distinto en los ojos. Él la guiaba. Él le decía qué comer, cómo entrenar, qué fotos subir. Era su guía, su protector, su hombre. Le escribió:
— Pensé que ya era tuya. No necesitaba un collar. Pero lo voy a usar con orgullo.
Luciana estaba en la cama, desnuda, con el pelo castaño cobrizo desparramado sobre la almohada y el cuerpo todavía dolorido de una noche de exploración con un chico que había conocido en un bar. Cuando el cartero tocó el timbre, maldijo, se puso una bata de seda, y fue a abrir. Abrió la cajita de mala gana. Vio el collar. Lo giró. Leyó la inscripción.
El grito que pegó se escuchó hasta la calle:
— ¡La puta que te parió! ¡¿Propiedad?! ¡¿De quién?! ¡¿De vos?!
Agarró el celular y le escribió a Eber con los dedos temblando de furia:
— ¡Yo me escapé de mi familia para no ser esclava de nadie y vos me querés esclavizar! ¡La puta que te parió, Eber! ¡No quiero saber nada más de vos! ¡Nada! ¡Ni un mensaje, ni una llamada, ni un "hola cómo estás"! ¡Borrame de tu vida!
Después, sin darle tiempo a arrepentirse, fue a la cocina, encendió una hornalla, y puso el collar sobre el fuego. El cuero se retorció, el dije de oro se ennegreció, el humo llenó el departamento. Lo quemó hasta que no quedó nada más que cenizas.
Eber leyó el mensaje mientras volvía a casa. No respondió. No se enojó. Sabía que Luciana era un ave libre, una exploradora que había escapado de las jaulas y no pensaba meterse en otra. Pero él buscaba otra cosa. Y si ella no estaba dispuesta, mejor saberlo ahora. "Una me mandó a la mierda", pensó, estacionando el auto en el garaje de la casa nueva. "Otra está en duda. Cinco se entregaron." Una sonrisa amplia le cruzó el rostro. "Buen promedio."
Se sentó en el quincho, cebó unos mates, y se quedó mirando la pileta mientras el sol de la tarde le calentaba la cara. La vida le sonreía. Y él, por primera vez en mucho tiempo, se sentía dueño de su destino.
En la oficina de Palermo, Davinia estaba sentada frente a su computadora, los dedos volando sobre el teclado. Llevaba un vestido blanco de corte ejecutivo, ceñido al cuerpo como un guante, con un escote en V que insinuaba sus pechos sin mostrarlos del todo. El cabello rubio con raíces oscuras estaba recogido en un rodete despeinado, y los ojos verdes, delineados con un trazo felino, revisaban las métricas de sus clientas. Estaba concentrada, pero algo la distrajo. Un ruido en la puerta. Levantó la vista y lo vio.
Joaquín entró con una sonrisa de galán y un ramo de rosas rojas en la mano.
— Para la mujer más hermosa del mundo —dijo, dejando las flores sobre el escritorio.
— ¿Y qué querés a cambio? —preguntó ella, una ceja arqueada, la voz cargada de ironía.
— Nada. Solo verte sonreír.
Davinia sonrió. No pudo evitarlo. El tipo era un chamuyero de primera, pero tenía algo. Algo que la hacía reír, que la hacía sentirse deseada, que la hacía olvidarse del trabajo por un rato. Se puso de pie, fue hacia él, y le dio un beso corto en los labios, apenas un roce.
— Hoy tengo ganas de tu lechita —dijo, y su voz sonó como un ronroneo.
Se acercó más. Bajó la mano por el pecho de Joaquín, por su abdomen, hasta el cinturón. Le desabrochó el pantalón, le bajó el cierre, y liberó su miembro. Lo tomó entre sus dedos, sintiendo el calor que emanaba, y se lo llevó a la boca.
Primero fue un beso. Apenas un roce de sus labios en la punta, un contacto breve que le arrancó un gemido a Joaquín. Él se apoyó contra el escritorio, las manos aferradas al borde de madera, los nudillos blancos. Davinia repitió el beso, más lento, dejando que sus labios se abrieran apenas para que la punta rozara la suavidad húmeda del interior. Luego vino la lengua. Una lamida larga, desde la base hasta la corona, trazando el camino de una vena que latía al compás de la excitación de Joaquín. El sabor salado, el olor a hombre, la sensación de poder que le daba tenerlo así, duro y tembloroso entre sus manos, le encendió la piel.
Lo tomó entero. Abrió la boca, relajó la garganta, y dejó que el miembro se deslizara hasta el fondo. Joaquín gimió, un sonido ronco que le salió del pecho, y sus caderas se movieron involuntariamente hacia adelante. Davinia lo recibió, lo aceptó, y empezó a moverse. Subía y bajaba, la boca sellada alrededor del tronco, las mejillas hundiéndose con cada succión. Sus manos no se quedaban quietas: una recorría los testículos de Joaquín, los apretaba suavemente, los masajeaba; la otra se deslizaba por su propio cuerpo, por su cuello, por sus pechos, pellizcando sus pezones por encima del vestido blanco.
La oficina se llenó de sonidos húmedos, de jadeos entrecortados. Joaquín le tomó la cabeza con las dos manos, los dedos enredándose en su rodete despeinado, y empezó a guiarla. No la empujó, no la forzó. La guió, marcando un ritmo que ella siguió sin dudar. Los tacones de Davinia se clavaban en la alfombra, sus rodillas se apoyaban en el piso, y su boca trabajaba con una devoción que nacía del deseo y no de la obediencia. Un hilo de saliva se deslizó por la comisura de sus labios y cayó sobre el vestido blanco, manchándolo. A ella no le importó. Siguió, succionando, lamiendo, devorando.
El sudor perlaba la frente de Joaquín. Sus abdominales, ahora marcados por el gimnasio, se tensaban bajo la camisa. Sus piernas temblaban. Davinia lo sintió, y aumentó el ritmo. Movía la cabeza más rápido, las manos apretando sus testículos, la garganta abriéndose para recibirlo entero. Los ojos verdes, esos que nunca mentían, se alzaron hacia él, y Joaquín vio en ellos una mezcla de placer, de poder y de algo más. Algo que se parecía al amor.
— Davinia... —gimió él, la voz rota—. Voy a...
Ella asintió con la cabeza, sin dejar de moverse. Y entonces él estalló. Un chorro caliente le llenó la boca, la garganta, y ella lo tragó todo. Lo saboreó, paladeó el sabor salado de su hombre, y cuando Joaquín dejó de temblar, se apartó lentamente, limpiándose los labios con el dorso de la mano. El rimel se le había corrido un poco, el rodete estaba deshecho, el vestido blanco manchado de saliva. Pero sonreía. Una sonrisa de satisfacción plena, de gata que se ha tomado toda la leche.
Se puso de pie, se acomodó el vestido, y volvió a su escritorio como si nada. Joaquín, todavía temblando, se subió el pantalón y se dejó caer en una silla. Se quedaron en silencio un rato, él cebando mates, ella trabajando, como si el mundo no hubiera cambiado. Pero Joaquín no podía dejar de mirarla, y Davinia, mientras tipeaba en la computadora, se hacía una pregunta que le rondaba la cabeza, desde que se había entregado a él en su nueva habitación, desde que había sentido su cuerpo dentro del suyo por primera vez.
"¿Me dejará en una semana, como a todas, o me ama de verdad?"
Continuara...
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